Fotograma de "El silencio de un hombre" de Jean-Pierre Melville

¿Cómo escribes desde los muertos cuando todavía estás vivo?
Sam Shepard

Empezaba perdiendo pero la estadística jugaba a su favor. O eso quiso creer. Y es normal que así lo hiciera. Nadie se sitúa en lo improbable cuando lo que está en juego es su propia vida.
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En esta clase de enfermedad el dolor lo pones tú, es un añadido del pensamiento. Sea cual sea la conclusión a la que se llegue, supone siempre una quiebra la comprensión, y esa brecha, mínima la mayoría de las veces, le condena a vivir entre las repentinas dos mitades de la cosa única que antes era. Tengo esto, se decía de tanto en tanto y cada vez que caía en la cuenta, caía por primera vez.
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“Algún día terminará la guerra.” Apocalypse Now. Francis Ford Coppola. Título.
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Qué solo está uno en el dolor; pese a saberse en pie, arrodillado.
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No debería importarnos el pasado, sino cómo el pasado sigue actuando sobre nosotros. Pero nos importa. Porque en el pasado permanece lo que perdimos y lo que creímos que tendríamos y no llegamos a tener. En el pasado somos el otro, y en el pensamiento el otro siempre parece el mejor de los dos.
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¿El verano acaba hoy? Título.
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¿Por qué te preocupa lo que es ya un hecho?
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Todo lo nota en exceso e inmediatamente: la energía al acabar de comer, el agotamiento después de haber dado unos pocos pasos o de haber hecho una tarea cualquiera.
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La belleza de algunas mujeres que a la entrada del otoño combinan los restos del verano todavía en su piel con las elegantes ropas propias de la estación que aún no se ha terminado de asentar.
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Inconmovible y firme como una reja su voz afirma que el paladeo impide las transiciones, que pisa las huellas de otros quien anhela un sitio al que llegar y no la llegada, lo que muchos llamaron meta. No sabe aún si agradecer o maldecir la facilidad y cualquier amapola es bienvenida ahora que el dolor es real y constante como una mano, o el pensamiento.
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Difícil ya desde tan pronto.
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Su boca entreabierta como un relámpago, anota, tumbado en el suelo del salón y con la vista puesta en la lámpara del techo, a propósito del pájaro que agonizaba a la entrada del hospital. Marta, desde la terraza, dice algo acerca del naranjo y la cochinilla. Una brisa leve se posa en el escritor como una bendición mientras abajo, en la calle, los coches pasan sin que él se atreva a asegurar si eso que oye es un frenazo o un animal que sufre. Las canciones se suceden y hasta hace un momento leía a Carver, su poesía. La tarde asoma. Sigue preguntándose cuál debe ser su próximo paso, por qué ha de empezar un nuevo proyecto cuando la historia que se hartó de leer es la misma que se empeña en escribir, cómo puede prescindir del contexto y conservar puro el instante, cuál es la importancia de la luz sin las cosas que ilumina. Si el cuerpo se contrae, el corazón pide espacio. Por eso se rompe el escritor. Es todo cuanto sabe.
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Estamos aquí para dejar constancia de nuestro vacío, ¿acaso existir no es un acto que fortalece aquello contra lo que uno lucha, su destino?, ¿acaso no es lo mismo crear?
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Si esto es el invierno, por qué nunca llegó el ciclo a completarse. No hay infección sin anhelo de pureza ni tribu que no desee olvidar uno por uno sus cantos. El escritor está aquí una vez más frente a las vías y no se ha abierto aún la mañana. Para que aparezca la veta debe sufrir el lomo, igualmente en el árbol sólo se vuelve otra cosa el fruto en respuesta al apetito de quien mira hacia arriba, así, como un mercurio que desconociera la razón de las distancias, la voz se ofrece a un dolor de antes capaz de la extensión y del repliegue: la perfecta línea que puede ser una pantera en el cielo suspendida, la súplica del cuerpo durante el castigo, su huida insuficiente. Ahí la tenemos, ahí está de nuevo, ya sólo atenta a la sucesión de signos que siempre fue la felicidad.
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Actuamos en favor propio y pensamos en nuestra contra.
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¿Quién mira una piscina por la noche?, ¿y quién la echa en falta por la mañana? Entramos desnudos en el agua porque así le mostramos nuestro respeto, porque en realidad a lo que todos aspiramos es a la más íntima unión.
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Por hacerse a una idea, se dijo en lugar de por hacerse una idea. Y le sentó bien su error, como si hubiera encontrado algo superior a lo que buscaba, un hallazgo debe de ser eso, qué podría ser si no.
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Vuelve a leer después de algún tiempo lo escrito. Identifica en ello razones que hoy no comprende, leyes indescifrables, balbuceos lejanos de un idioma que nunca llegó a hablar correctamente.
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Necesitamos héroes que nos guíen, por supuesto que los necesitamos, cómo si no íbamos a llegar al final del camino por nosotros mismos. Un faro es determinante. Pero no tanto como la noche a su alrededor.
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Camino de Hipercor pasó por el parque y se quedó viendo a los viejos bailar allí, frente al quiosco, un jueves más. Contempló cómo bailaban, agarrados, y por primera vez desde el diagnóstico se le cayó todo por dentro. Hasta entonces se había limitado a ir repasando hitos anteriores en su vida y su vida, así, dividida en un puñado de momentos difuminados, no le había parecido gran cosa.
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Antes, hace ya mucho, las lecturas entraban solas en el escritor; ahora, ha de ser él quien, con gran esfuerzo y durante apenas un instante, se adentre en ellas.
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Se lavó los dientes con el cepillo simplemente mojado sin fuerza ni espíritu para estrujar aún más el tubo. Se miró al espejo y, perplejo, se dijo: Tener esto dentro.
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Acudía continuamente a sus maestros. ¿Para que le dijeran cómo? No. Para que le dijeran: Así también.
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Temía que una vez pasado el inicial desbordamiento que había supuesto el diagnóstico, la hora de la verdad le abrumase y le impidiera seguir siendo permeable. O le llevase a un estado continuo de alerta. No se puede estar siempre alerta. De estarlo, el tiempo dejaría de sucederse y nosotros rebosaríamos.
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Cuando conseguía por fin descansar sentía que alguien le estaba devolviendo algo.
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Nunca supo si disolverse era pasar a formar parte de todo o que todo pasara a formar parte de ti.
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El dolor era siempre una interferencia que en el reposo, en el descanso que él mismo imponía, se intensificaba.
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Si no escribes sobre esto, sobre qué vas a escribir; si no escribes ahora, cuándo piensas hacerlo.
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Eran todo señales: a la farola que la noche anterior parpadeaba incesantemente oscureciendo e iluminando la acera por la que el escritor caminaba le siguió al día siguiente, festivo, el maniquí del escaparate de Esfera, horizontal y a los pies del otro, del que estaba de pie, como tenía que estar.
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Frasea como si dijeras: Ahora. Frasea como si dijeras: Basta. Pensando en M.D.
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Por lo menos no llueve. Título.
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“Esa persona solitaria que pasaba por allí.” Alguien, en la radio, a propósito de Handke.
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Puedo ir más allá: debo hacerlo mejor.
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¿Te rindes?
No. No me rindo. Lo que pasa es que no quiero seguir luchando.
Diálogos.
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Chus Fernández es escritor