Fotograma de "El sabor de las cerezas", de Abbas Kiarostami

Es sencillo, perdió la fe. En su capacidad para contar una historia. Y en lo que el hecho de contar una historia podría hacer por él. Apartó la vista de la pared y vio que en el vaso ya casi vacío sobre la mesa los hielos al fundirse crujían y se movían. La vida regresaba así, con un rugido y una caída. Cómo no iba a asustarse.
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Melancolía: estoy tranquilo en mi dolor.
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El diario de una voz.
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me quedé sin nada y no se lo llevó nadie. Menos. Comienzo.
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Sólo nos parece hermosa la canción cuando nos hace daño por la misma razón que un hombre llama a la muerte cuando más desea vivir.
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Hay una literatura que está ahí para que la leamos y una escritura que está en nosotros para que la escribamos. Y no tiene por qué ser la misma.
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Ya no quiero seguir expuesto ante un público que aguarda mi triunfo o mi fracaso. Quiero dimitir, abdicar, renunciar. Me gusta la “metáfora de Rocky”: este mundo será siempre más grande y poderoso que tú, pero tienes que bregar con él. La vida es una lucha constante. Como dice Rocky: “sé que no puedo vencer a ese tío, sólo quiero llegar hasta el final, aguantar de pie hasta que acabe el combate; eso es todo”. Esta es la única victoria que podemos esperar. Tenemos que idear un sistema para mantenernos en forma y en guardia, para resistir a pie firme.” Robert Crumb.
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El escritor quisiera desde hoy caminar por su ciudad como si acabase de pisarla por primera voz o como si acabase de volver a ella después de mucho tiempo, y no como ahora que lo hace sólo para dejarla atrás, para atravesarla camino de algún sitio.
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Tristeza es cualquier dolor que se repita
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Leyendo a Robert Walser descubrió la relación, hasta entonces insospechada y desde ese momento incuestionable, entre sensibilidad y entusiasmo. Solamente lo minúsculo aspira con legitimidad al infinito.
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El ensayo tiene algo de exploración continua, de forma necesitada de un oyente que la complete o con su mera atención le ayude al menos a continuar, a sostener lo hallado, como si de una caja desfondada se tratase el pensamiento, contra el pecho en pos de una conclusión desdibujada; la narración, no, la narración es una forma cerrada que únicamente necesita como interlocutor al autor mismo, que en su interior reverbera.
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El tipo que hablaba por teléfono en el tren y dijo: Pero, ¿era necesario hacer esto?, ¿era necesario hacerlo?
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Por lo escrito ser invocado.
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Dormías / y al respirar parecías arrastrar algo muy grande / y muy pesado / por un sitio demasiado estrecho / entonces lo supe: / quien duerme no descansa / porque se abre paso. Menos.
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El problema, dijo a propósito del tiempo, no es que ya no haya vuelta atrás sino que tampoco hay ya la posibilidad de seguir adelante.
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Arrojarse. O dejarse caer. Es decir, apostar. Por el apunte o por la fábula. Pero ya. Y para siempre.
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si quisiéramos luchar / no iríamos armados / si pudiéramos volver / no seguiríamos avanzando. Banda sonora.
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Qué triste le parece al escritor que cuando aseguramos que lo único que pedimos al entrar en un sitio es que nos traten bien en realidad estamos diciendo que lo único que pedimos es que no nos traten mal, como si todo el mundo tuviera por tanto un poder sobre nosotros que, pese a no tenerlo, habitualmente ejerce. Quizá en parte porque se lo permitimos. Pero sólo en parte.
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“Lo primordial ahora es jugar un partido y comprobar cómo me siento.” Stan Wawrinka.
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Las máquinas también cansan, contestó el chico que esperaba a que le entregasen una copia de su vida laboral cuando la empleada de la Seguridad Social le dijo que no sabía qué le pasaba al ordenador que había al lado del que estaban usando, por qué no funcionaba. Las máquinas también cansan, repitió, sin que nadie respondiera.
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Frente a la ventana, en el momento en que empezaba a anochecer, el escritor tuvo el impulso de tirar del cielo hacia abajo. Si no quería escuchar ya ninguna historia, ¿cómo podría tener una historia que contar?, y lo que es más importante: ¿por qué habría de hacerlo?
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Chus Fernández es escritor