Imposibilidad, hasta ahora, de lo nuevo. O de seguir encontrando recompensa donde una vez la encontró.
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Fíjate en las redes, pensó, lo que podía haber sido la comunicación más plena se convirtió en el triunfo de la propaganda, la exclusión definitiva del otro, su instrumentalización.
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Cada vez que le falta alguien dice algo, cada vez que se pierde se queda sin nada que decir.
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Debido al frío que tenía, la página, en el instante inmediatamente anterior a que el escritor la pasara, le llevaba a distinguir una clase de confusión de otra, de resistencia, como si de una manera poco menos que romántica esa página, la enmarcada voz de alguien, se opusiera a ser dejada atrás.
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levantamos muros para protegernos del exterior / o eso afirmamos / pero en realidad lo hacemos / para que lo de dentro nos envuelva / y nos haga saber que lo florecido en la crecida no perdura / un ave se instala entre tus pulmones y despliega ahí sus alas / ¿no estás harto ya de vivir / en el lomo del escorpión / en este constante no pises está húmedo todavía?
Menos.
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Es hermoso, eso, que combinación signifique también contraseña. Epifanía.
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Hablamos, le dice Isaac a Clara antes de colgar y al momento se siente estúpido, allí, quieto, a la entrada del palacio, sentado en el capó todavía templado de su Audi rojo, con su mochila gris, que en realidad es de Clara, a su espalda, con esas palabras que se dice a sí mismo retorciéndose en su interior como todo lo que está a punto de ser un nudo pero todavía no es un nudo: Por supuesto que hablaremos, ¿qué otra cosa podríamos hacer si vamos a estar separados?

Frente a la puerta del palacio Isaac toma aire, discretamente.

Ven a alguien moverse tras la ventana del palacio. Son dos las ventanas iluminadas pero sólo una de ellas les sugiere, mediante el revoloteo breve de las cortinas, la presencia de Ruth, su amiga y anfitriona. La otra se oscurece de repente y tanto Sergio como Cristina se preguntan si esa negrura tan brusca se debe a la llegada temprana de los demás invitados, a un problema con la luz o a la posible aparición de algún desconocido.

Sergio ha acabado por hacer suya la costumbre de Cristina de mirar hacia arriba cada vez que se detiene. Ya sea frente a un semáforo, frente a una manifestación o frente a la puerta cerrada de un portal, Cristina mira hacia arriba, siempre y cuando esté en la calle y delante de ella, ni muy cerca ni muy lejos, haya un edificio, o una casa, algo alto y con ventanas, sin embargo, esta noche, la anterior a la noche de la luna roja, la del eclipse, Sergio, quien no hace mucho se ha descubierto mirando hacia arriba al mediodía, en la misma dirección que Cristina sin saber qué estaba mirando exactamente, lo que ahora mismo está haciendo en lugar de mirar hacia arriba es mirarla a ella, diciéndose: Si tiene razón el médico y el cerebro tarda dos meses como mucho en crear un hábito, ¿cuánto tardamos tú y yo en acostumbrarnos el uno al otro?, ¿es peor que mire hacia arriba sabiendo que arriba no hay nada o que mire sólo porque tú estás mirando?, ¿qué haces sólo porque yo lo hago y antes no hacías? Cuando Ruth abre la puerta y los ve así, Cristina mirando hacia arriba y Sergio mirándola a ella, siente que acaba de interrumpir algo, y seguramente lo haya hecho. 

Ruth, sin dejar de pensar en una conversación vuelta por sorpresa del pasado, coloca una botella de vodka y tres vasos con sus correspondientes tres piedras de hielo y otras tantas rodajas de limón junto a las tres latas de tónica que ya estaban en la bandeja aunque a su parecer Isaac ha bebido bastante o tal vez le haya sentado peor de lo que debería haberle sentado. Se acerca primero hasta el sofá en el que están Sergio y Cristina, luego hasta la ventana, a través de la cual lleva un rato mirando Isaac. Reparte las copas, sólo sus manos se quedan vacías. Cristina le pregunta si no bebe. Ruth niega con la cabeza, varias veces, sonriendo. Cristina le dice que se sirva una copa, Ruth niega con la cabeza, otra vez. Cristina insiste, Sergio le dice que no van a beber sin ella. No me apetece, de verdad que no me apetece, dice Ruth. Isaac se va del salón. Camina por el jardín con la copa en la mano. Busca primero las zonas iluminadas, luego busca las otras. 

Ruth mira a través de la ventana y ve a Isaac caminando de un lado a otro del jardín, muy despacio. Sergio y Cristina también miran a través de la ventana y también ven a Isaac caminando muy despacio de un lado a otro del jardín. Ruth se dice: Dónde estás, tienes cosas aquí. 

Todas las personas guapas se parecen y Ruth y Cristina son muy parecidas. La de Ruth siempre fue la belleza de unas alas plegadas; la de Cristina, la de aquello que vincula a alguien con cada cosa que hace. Ruth tiene una complexión leve y Cristina también, sin embargo Cristina da la impresión de estar rodeada de algo que la aleja, al menos ante sí misma, de la levedad. Sergio es muy delgado, su altura es la de cualquiera que no destaque por su altura y, a simple vista, lo que más llama la atención en él es la tranquilidad que transmite, nunca llega a perder la compostura pero tampoco da la sensación de ser alguien capaz de ir más allá si en un momento dado tuviera que ir más allá para salvar su vida. Le basta con lo que tiene, sobre todo cuando no lo tiene, en eso es igual que los demás. Isaac es bastante alto, reservado, él mismo parece una fuerza de la que es siempre consciente, como si se gestionase, como si se supiera la flecha que une al hombre con el centro de la diana y prefiriese permanecer por siempre en el aire, mantener una bondadosa distancia entre la realidad y los sueños. Se corta el pelo al uno y suele llevar un sombrero gris, a veces da una palmada, fuerte, sin venir a cuento, y sus amigos al verle saben que está a punto de hacer algo o que en ese momento desea más que nunca que algo suceda. 

Ruth se fija en el viejo sombrero de Isaac y también se fija en sus manos, sin ver nada especial en ellas pero sintiendo que sí que lo hay, que ciertos movimientos de sus dedos sugieren no estar dotadas para el dibujo o el trazo pero sí estar hechas para sujetar cosas aunque no para soltarlas. Se prepara para el momento en que Isaac empiece a hablar, lo anticipa, visualizándolo, dando por supuesto su papel de héroe en la historia que seguramente está a punto de contarle, sólo por el hecho de tener a alguien frente a él y cuyo comienzo sugerirá que también la suya es la prolongación de otra historia anterior en la que el héroe es excluido o incluido y que el resto no importa. Ruth se siente inquieta, necesitada de la inmediata interrupción de algo que ni siquiera se está dando. Acepta lo que estaba a punto de suceder, acepta la vida del otro a punto de ser arrojada sobre la suya y que, en lugar de reemplazarla, la volverá más vívida que nunca, más necesitada de atención, de su propia ligereza, pero lo que le está resultando difícil aceptar, no ya permitir, sino imaginarse que va a pasar sin que por ello deba dejar de ser la misma, es verse obligada a decir algo de vez en cuando aunque sólo sea como una forma de correspondencia que le haga sentir al otro que está siendo acogido sin que ese otro, mientras les cuenta su historia, se quite el sombrero. Ruth le mira, muy quieta y a la vez en calma, como si esperase algo que ya ha sucedido. No, cuéntame tú, le dice a Isaac y ahora es él quien la mira, sorprendido, y, arrancado de pronto de algún sitio, asiente. Le habla de su nuevo trabajo, el que debería ser el último, sin extenderse, está seguro de que si a él le aburre hablar de su nuevo trabajo todavía le aburrirá más a Ruth verse obligada a escucharle. Le pregunta qué tal les va a ellos, si aguantan. Ruth dice que nunca llegaron a estar bien y por eso no les había afectado demasiado la crisis, que el gran cambio había sido la venta por internet y la creciente demanda de bolsas, tazas, camisetas y todo lo que estaba relacionado con la música pero no era música y que tanto a ella como a David les vale ese cambio si les permite tener en la tienda algunos discos, los que más les importan, aunque no se vendan. Y ahora un silencio, muy concreto: hay algo que Ruth le contó solamente a Isaac minutos atrás y de lo que deben hablar y el que no estén hablando de ello hace de este silencio una forma extraña, casi física, que se interpone entre los dos, uniéndoles en su compartida necesidad, y al mismo tiempo refugiándoles, por separado.

La mesa es muy larga, blanca. La anfitriona y sus tres invitados desayunan sentados en torno a uno de sus extremos y cuando miran al otro, el que está lejos y sin nada, es tanto en lo que piensan. Se van pasando entre ellos los periódicos y cada vez que alguien le ofrece uno a Isaac este niega con la cabeza cortésmente, como se rechaza todo aquello que te ofrecen por tu bien y que tú sabes que sólo puede sentarte mal. Debido a la evidente extrañeza de sus amigos cada vez que niega con la cabeza cuando le ofrecen un periódico Isaac se siente impulsado a explicarles que desde que en su ciudad, o mejor dicho, en la ciudad donde ha vivido siempre, los nuevos dirigentes parecen más preocupados por los nombres de las cosas que por las cosas en sí, ha optado por un definitivo distanciamiento de los medios y redes, como si no saber de esa política de la venganza y el resarcimiento pudiera de alguna forma convertirla en otra cuyo fin fuera ella misma, es decir, los demás. Pero en lugar de eso, en lugar de justificar su comportamiento ante sus amigos, sonríe: ha aprendido a sonreír Isaac, como quien se baja del coche y deja el motor encendido. 

Las sillas, blancas, son seis; el jardín es un jardín. Las sillas forman un círculo, una línea en torno a algo, un hueco, un espacio donde no hay nada que no sean sus propios límites. Cristina está sentada al lado de Sergio, frente a ellos Ruth e Isaac, una silla vacía a la derecha de él, una silla vacía a la izquierda de ella, los cuatro llevan gafas de sol. 

Cristina: Me refería al grupo. Pero, bueno, ¿tú crees que al final vendrá? 

No lo sé, la verdad es que ya no lo sé, en cuanto al grupo, la tienda empezó a ir peor por aquel entonces y no lo noté tanto, fue como pasar de estar pendiente de que no se cayera una cosa a estar pendiente de que no se cayera otra. 

¿Te vas a volver a matricular? 

No. 

¿Ya no te importa dejarla a medias? 

No. 

(…)

Ruth: Pues yo la entrada en los cuarenta no la viví así, ese bajón vino más tarde, a los cuarenta y uno, me acordaba de cosas y pensaba: Madre mía, cómo pueden haber pasado ya veinte años, cuando hayan pasado otros veinte ya tendré sesenta, todo el mundo vive su edad como un drama, pero, joder, qué mal lo pasé.

Cristina: Ya, sé a lo que te refieres, las rutinas, como si el día se dividiera en franjas, la franja del trabajo, la franja de la casa, la franja del sueño, ¿no te parece que ahora la gente duerme menos que antes?, ¿no lo ves en el Facebook, hasta qué hora están conectados?, ¿conectados a qué?, por Dios, a saber qué faltará en sus casas que tienen que estar tan tarde mirando afuera.

Sergio: La gente no quiere dormir, la gente quiere descansar.

Ruth: Estáis igual pero más borrosos, es como si en vez de veros os recordase.

Cristina: También tú, Ruth, también tú.

Ruth: Ya, imagino.

Isaac: ¿Qué más queda por hacer?, me niego a ser uno de esos que siguen ejerciendo de sí mismos, y me niego también a ser uno de esos que rechazan su papel de siempre, su pasado, como si hubiera sido un delito o un error, será todo un continuo, los cambios serán otra cosa, pero no una ruptura.

Cristina: Lo que no puede ser es seguir con una vida justificada exclusivamente a través del ocio.

Ruth: Antes no era ocio.

Cristina: Ya, pero ahora sí. Tiempo o dinero, siempre te falta una de esas cosas, y cuando tienes las dos, sientes que no eres nada.

Isaac: Nos hicimos viejos antes de habernos hecho mayores. No sé, se complica uno porque quiere. Yo al trabajo le exijo el beneficio y a la música la recompensa.

Ruth: Ese fue el problema de Carlos, que no supo separar.

Sergio: Es difícil, cuesta asimilarlo, sueñas durante años con algo y el sueño sólo tarda un instante en cumplirse, ¿y luego?

Ruth: Luego esto.

Sergio: ¿El qué?

Ruth: Mirar hacia arriba, a la oscuridad, y ver cómo lo que estaba ahí deja de estar, sin más, o es reemplazado por algo.

La casa Rohmer.
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Todo a la vez y sin tiempo, así quería Fellini que se viera su Satiricon.
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Confundió los restos con los cimientos y menos mal, porque eso fue lo que le permitió seguir aunque al seguir no dejara de repetirse que estaba comenzando de nuevo.
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Yo te enseño a decir adiós / y tú me enseñas a vivir sin ti. Banda sonora.
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Las series, al contrario que las películas, no basan su relación con el espectador en lo que le dan sino en lo que le prometen.
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No toda la luz entra en su habitación cuando sube la persiana. Las tarjetas en las que ha escrito los recordatorios se llevan buena parte de la claridad.
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Lo que una vez, hace mucho, le dijo la escritora: Cómo no me va a importar mi vida, si es lo único que tengo.
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El dolor es una explosión silenciosa, más cercana al resplandor que al estallido. Gritar sabiendo que no hay nadie que pueda oírte significa que estás siendo definitivamente derrotado.
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Si cualquier cosa es un espejo ¿quiere eso decir que entonces para nosotros el mundo no es más que una continua variación de nuestro reflejo y, lo que es peor, que estamos inevitablemente solos en el mundo?
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“Lo igual siempre.” Walter Benjamin. Título.
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No sé, no me acuerdo muy bien, apenas conservamos nada, y esto es así porque vivimos igual que leemos: deseando terminar. Lo fantasmal.
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Chus Fernández es escritor