Fotograma de "El desierto rojo" (1964) de Michelangelo Antonioni

El escritor quisiera desenvolverse con la contundencia acompasada e indiferente de los limpiaparabrisas.
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Media vida de un lado para otro sin que jamás uno de los lados dejara de ser la constante: aquel del que se partía era el mismo al que más pronto o más tarde se terminaba volviendo, qué pereza enumerar ahora las casas si en verdad sólo tuvo una, por qué no hablar de todos esos lugares que nunca fueron para él un frío olvidado, cuatro paredes y un techo pueden ser una casa, pero no tienen por qué ser un cobijo, el cobijo está relacionado con algo siempre por llegar que te convierte en una mitad extraña, en un imán a la espera.
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Echo de menos el ruido de la sala de máquinas. Título.
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Que para imaginar bastaba con pensar desde el interior del otro, se dijo, ponerme en su lugar, y a continuación: No, ponerme en su lugar, no, dejar que el personaje sea mi lugar y convertirme yo en el suyo, en fin, alas de pájaro, palmas blancas exhibidas en la ignorancia.
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“Tema. Un hombre al que no le funciona el teléfono. Espera inútilmente una llamada. Pasa el día esperando.” Ricardo Piglia. Taller.
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Se rinde, hoy, acaba de rendirse, ahora mismo, aunque no de repente. Se rinde, sí, se ha rendido, pero en su renuncia no reniega del esfuerzo sino de la expectativa.
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El mar y su rumor: esa voz que sin palabras nos dice que no tiene fin lo que se acaba.
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“Por eso lo hago. Me da miedo no poder hacerlo más, si no sigo haciéndolo, quizá ya no pueda.” Jerry Seinfeld.
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Es la imaginación en sí misma lo que se ha de inventar, la veta. Al principio esperaba que apareciesen los momentos importantes, que se dieran, y cuando lo hacían no servían porque esos momentos les importaban a todos de antemano. Con el tiempo comprendió que un momento importante es cualquiera que le lleve a escribir, a hablar, a algo, que en la palabra encarne una acción, una forma cualquiera de la voluntad.
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Ruth: ¿Morirías por mí?
Carlos: No sé, no, supongo que no.
Ruth: ¿Y por qué no?
Carlos: Porque si lo hiciese, no podría estar contigo.
Carlos y Ruth.
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“…en esta película he buscado instintivamente soluciones narrativas distintas a las que son habituales en mí. Es cierto, el esquema de fondo puede ser familiar, pero, mientras rodaba, cada vez que sentía que me movía en un terreno ya conocido, procuraba cambiar de camino, desviarme, resolver de otro modo algunos momentos de la historia. Incluso la forma en la que me daba cuenta resulta curiosa. Notaba una especie de súbito desinterés por lo que estaba haciendo y esa era la señal de que tenía que cambiar de dirección. Hablamos de un terreno sembrado de dudas, de angustias, de iluminaciones imprevistas. Sin duda, se trataba también de mi necesidad de reducir al mínimo el suspense, un suspense que, aún así, debía permanecer, pero como un elemento indirecto, mediado. Hubiera sido muy fácil hacer una película de suspense. Teníamos perseguidores y perseguidos, no me faltaba ningún ingrediente, pero habría caído en la banalidad, no era eso lo que me interesaba. Ahora bien, no sé si he logrado crear realmente un relato cinematográfico que transmita la emoción que he sentido. Pero siempre que se acaba una película, de lo que menos seguro se está es de esa misma película.” Michelangelo Antonioni, a propósito de El reportero.
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¿Por qué se encontró el escritor de repente al borde del llanto, desbordado, un viernes por la mañana al ver en el periódico la foto del cuerpo sin vida de una ballena que no había podido ser retirado de la arena?, ¿y por qué le sucedió exactamente lo mismo ese viernes ya de noche, en el bar, cuando sonó una canción de los Ramones?
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Es como volar, dijo, cuando comprendes que es imposible hacerlo, entonces ni corres.
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tendrás la noche y otra cosa / idéntica / a la que llamarás la mañana.
Menos.
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Me gustaba lo que hacía. De repente empezaron a pagarme por ello. Supongo que eso debería haberlo convertido en un trabajo pero no estoy muy seguro. Unas veces las cosas no salen bien y otras veces no salen como esperabas, lo que no es lo mismo, pero viene a ser lo mismo. El año pasado salieron mal, muy mal, una detrás de otra. Y entonces las historias que contaban mis muñecos se volvieron amargas. La gente dejó de aplaudir y no volvieron a llamarme. A todo el mundo le gusta escuchar una historia triste, pero sólo cuando sale de los labios de un hombre, no de un muñeco: de lo que carece de vida no puede uno compadecerse. Cuando alguien se sienta delante de un muñeco que habla lo que quiere es reírse, reírse hasta que no pueda más, reírse muy alto y durante el mayor tiempo posible y luego volver a casa. Lo peor es que mis historias, además de tristes se volvieron aburridas, planas. Me estaba repitiendo, me daba cuenta, lo sabía, y no podía hacer nada para evitarlo: es fácil hablar de otra manera pero no de otras cosas. Al final guardé mis muñecos en una maleta y la metí debajo de la cama. ¿De qué sirven todas mis voces si sólo puedo contar una misma historia? Tengo un agujero dentro. Un agujero tan grande. Me siento igual que el tambor vacío de una lavadora. El tambor vacío de una lavadora que sigue dando vueltas. Cuando ya sólo actuaba con uno de mis muñecos, el primero, lo llevaba en una funda de violín que compré en Amazon. Donde tenía que haber música hubo una voz y después ya no hubo nada. Sólo un agujero como este. A veces me pongo delante del espejo y cierro los ojos y cuando los abro espero que sea mi reflejo quien me diga algo, quien me hable, escucharme de nuevo en el otro.
Viñetas.
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Lo que cualquiera que se dedique a la música, a la escritura, al cine o demás disciplinas en las que el talento es el camino único hacia algo pero no más que un camino espera que alguien diga al referirse a él no es que es bueno, sino que es otra cosa. La casa Rohmer.
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El humor es una brecha que algo o alguien hace en ti y que tú quisieras abrir aún más.
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se lo dije antes de irme: / si quieres que se quede / dáselo todo / menos lo que te pide. Banda sonora.
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Es hermosa la noria pero no tanto como la noria detenida.
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Chus Fernández es escritor