"The Master", Paul Thomas Anderson

Somos nuestra propia trama y el final es lo primero que escribimos.
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Su agotamiento, su sensación de estar siendo reclamado por la tierra, había derivado en dolor, en una invitación al abandono, en una justificación para la renuncia a lo largo de la mañana, y en un pretexto durante la noche.
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Es una historia muy común / le habrá pasado a cualquiera / se enamoraron de una idea / y ni siquiera era buena.
Banda sonora.
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Se sabe uno más de tantos así, seres que agonizan cuyas heridas fueron puntos suspensivos. Y sin embargo en lo común se está solo. Cierra los ojos. Da por buena la vida.
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Quizá lo contrario a la risa sea, antes que el llanto, el frío: en ambos casos te contraes aunque lo hagas por razones opuestas.
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Necesito escribir, y leer, se dijo, si no, no sé hablar.
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Para que haya en los dedos cenizas ha de haber en el corazón un incendio.
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La luz rara de lo que empieza. Ensombrecida por lo que ya no, y todavía.
Lo fantasmal.
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Retrocedo y me alejo del mostrador. Intento darle las gracias a la chica pero sólo soy capaz de asentir una y otra vez, como si comprendiera. Necesito coger ese avión, ir donde habíamos dado por supuesto que iríamos cuando la circunstancia estuviese de nuestra parte; necesito pasear nuestra ruina entre las ruinas y ofrecer un reflejo a cambio de otra sombra junto a la mía, abandonarme en las escaleras mecánicas y los semáforos, ser empujado por los que caminan, acompañar con gestos exagerados cada una de mis peticiones en el restaurante y después, agotado, caer sobre la cama. Una rubia come un bocadillo del que sólo se ve la servilleta y un poco más allá, un tipo lee un libro, inclinado hacia delante y apoyado en su maleta; una mujer asiente mientras habla por teléfono y un chico, tapado con una toalla, duerme con la cabeza sobre las piernas de su novia, quien, echada hacia atrás y con los ojos cerrados, le pasa la mano por el pelo. Me asalta una angustia repentina, un espasmo que se da hacia dentro, una especie de asfixia, el rechazo inmediato a algo apenas perceptible, una sensación parecida a lo que te domina cuando, al caminar, rompes con la cara una tela de araña. Debo irme. Ya. Ahora.

Me acerco hasta la cafetería y me detengo ante el gran ventanal invadido de repente por una sensación que sólo había tenido cerca del mar, una sensación que es también una voz: si estiras los brazos no tocarás ninguna pared y aun así estarás protegido. Recuerdo la habitación del hotel cuyo nombre subrayé, hace mucho ya, en el folleto de una agencia, a la que había ido para darte una sorpresa por nuestro tercer aniversario, una sorpresa que al final nunca te di, una tierra que nunca llegamos a pisar. Me imagino hablando con el tipo de esa misma agencia, preguntándole por ese mismo hotel y escuchando cómo me dice que no puede ser, que lo van a tirar, pero que tienen otros en esa misma zona, más nuevos, que también me podrían gustar. Recuerdo que el tipo me dijo que suerte que éramos dos porque si no entraba también el suplemento individual, que salía muy caro viajar solo. Miro al suelo como quien hace por segunda vez una pregunta y pienso en el hotel al que no llegamos a ir. Me imagino allí, rodeándolo, caminando bajo los árboles. Veo una valla y me veo a mí mismo mirando a través de ella: la hierba crecida, el óxido en los peldaños, la pintura levantada, las escamas, el margen blanco de las paredes azules, las líneas negras, el fondo azulejado y perfecto de la piscina. El silencio me hace pensar en un circo vacío.

Quiero sentarme pero las pocas mesas que van quedando libres están lejos de la ventana. Doy un par de pasos y miro. Tras el cristal: autocares, furgonetas, una especie de tren rojo, como los que recorren la ciudad durante las fiestas, en los que sólo se ven las piernas cortas de los niños y, a veces, rodeándoles, los brazos largos de sus padres; y también y sobre todo: aviones: blancos, azules, plateados; en todas direcciones, a ras de tierra: algunos rebotan, suavemente desde la distancia, levantando una pequeña polvareda; otros aceleran, ganando velocidad hasta desaparecer tras los márgenes de la ventana. Aviones que acaban de aterrizar o aviones que están a punto de despegar. Es todo lo que alcanzo a ver. Nunca ascender ni descender. Sólo cruzarse, taparse, acelerar y rebotar, juntarse, separarse, aparecer y desaparecer, girar, dar vueltas y vueltas.

A mi izquierda, un niño sentado en el suelo, con el anorak al cuello como si fuese una bufanda y unos cuantos tipos pegados al cristal. Mirando también.

Entro en el baño y me contemplo sin prisa en el espejo mientras a mi lado un viejo con sombrero se cepilla los dientes. Me echo el pelo hacia atrás, vuelvo a salir. Dejo la mochila en el suelo, junto al banco y me siento al lado de una mujer morena que aparenta mi misma edad y bebe un zumo de pera sin dejar de apretar una bola de papel de aluminio con la otra mano. La miro y luego miro al suelo y después al frente: algunos tiran de sus maletas, otros las apilan en un carrito y empujan: un tipo lleva en la cesta del suyo una botella de agua, dos naranjas y una manzana. Me fijo en las azafatas, de un lado para otro, con su aire extraño y su belleza cansada que resplandece como una esperanza o cualquier cosa que resista dentro de sus uniformes azules o rojos, fuera de los aviones. Comprendo de pronto que nunca había visto tantas mujeres hermosas en un mismo sitio y en un espacio tan breve de tiempo. Unos metros más allá, junto a los paneles, una chica durmiendo, con su abrigo verde como almohada y a sus pies un bolso también verde y sobre el bolso, desde lo alto del asiento hasta el suelo, un gusano de colores, un enorme revoltijo. Otro tipo empuja un carrito en el que van tres niños subidos: una, la más pequeña, arriba, sentada en la cesta; otro, el mediano, de pie, apoyado contra lo mismo a lo que se sujeta y abajo, en el extremo, el mayor, arrastrando los pies por el suelo. A la vez que acelera, no demasiado, la verdad; debido al peso o quizá a la prudencia, el padre dice: Viva el tren. Y después imita su sonido, mientras la niña y uno de los niños, el mediano, el que va de pie, corean esas mismas palabras, más alto, y de otra manera.

Más tarde, entre unos y otros, una niña rubia con una pequeña maleta de metal camina entre sus padres. El padre: Y ahora buscamos la puerta de al lado. Y la madre, adelantándose: Por ahí. Un tipo con una diana bajo el brazo, o al menos la caja, tiene que sostener el teléfono entre el hombro y la oreja para colgarse la bolsa que se le empezaba a escurrir. La mujer que estaba a mi lado, la morena, la que bebía un zumo de pera mientras apretaba una bola de papel de aluminio con la otra mano, se levanta y se marcha. La sigo con la vista y luego miro a mi derecha, al lugar donde hasta entonces había estado sentada y me alcanza de repente la pérdida: no un calambre ni una vibración sino una repentina caída de la luz, un extraño sabor de boca. Últimamente llevabas el pelo más corto, la memoria se cuelga de lo poco que le queda. Cuando empezamos a salir te pasabas las noches fuera y las tardes en la cama. Y eso cuando te daba por volver. Un día, mientras paseábamos por el parque, tú, mirando al columpio que, aunque aún se movía acababa de quedarse vacío, me dijiste: Desde que dejé de beber, los domingos tienen una tristeza distinta. A ver si libras algún fin de semana. No se puede estar sola un domingo. No se puede. Me acerco de nuevo hasta la cafetería. Las mesas junto a los ventanales están todas ocupadas y los aviones siguen dando vueltas. Carlos y Ruth.
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La nada es algo, lo único cuando se afirma la negación de todo lo demás.
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Sólo mientras lee disfruta de la sensación de aprovechamiento. ¿Del tiempo? No, de la vida. ¿Pero no eran lo mismo? Lo eran.
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Alguien, a la vuelta de un funeral, en el andén de un pueblo cualquiera, sentado, mirando las vías. Piensa en los que esperaba encontrarse en la iglesia y a los que no ha visto allí y se pregunta por ellos, ¿qué habrá sido de…?, ¿y de…?, ¿y de…?
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“En la obra de arte ha de haber una idea clara, precisa.” Anton Chèjov. Taller.
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tal vez lo nuevo sea / lo mismo y otra forma / confía no puedes recuerda entonces / la tarde con Marta en el Sephora la dependienta enumeraba las ventajas de las cremas más caras y tu comprendías / que también la luz y la firmeza / deben trabajarse
Menos.

No cuestionamos algo negándolo sino enfrentándolo a sí mismo, a aquello que sin sacrificio ni riesgo afirma.
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Con cada canción que no llega hasta el final se cae una manzana del árbol.
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Se tiene consciencia de la propia vida así, en general, los detalles son cosa de la ficción.
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Sentimiento es cualquier cosa que incluya el nombre de otro. Como una muerte: un cierre perfecto que deja abiertas el resto de las cosas. Completas aún sin quienes faltan.
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David Lynch: ¿Cómo te definirías a ti mismo?
Harry Dean Stanton: Como nada, no existe un “tú mismo”.
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Yo estuve de camino, y eso ha de ser suficiente, piensas, es ver en tu memoria la carretera como simple superficie extendida por todas partes en torno a ti y darte cuenta: la experiencia del desierto no está ligada al vacío sino al tránsito, sin referencias.
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“Ese gran cansancio”. Nietzsche. Título.
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Escribir algún día un libro que como lector quisieras siempre ahí, contigo, un libro que resistiera a las mudanzas.
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“Echo de menos la música. Puede que haya perdido destreza pero no puedo evitar echarla de menos.” Tender Mercies.
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En la compasión no nos movemos hacia el otro, nos movemos con el otro, parte ya nuestra.
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A Sergio le gusta correr, mantener un ritmo. Intuye que muchas de las cosas con las que se cruza al correr, pese al revuelo interior que provocan en él, no son presentimientos sino anuncios, claridades ya presentes, refugios a su medida que van apareciendo no sé si a su encuentro, pero sí a su alcance, insisto: le gusta correr, siente al hacerlo que se va repartiendo poco a poco, sin tragedia y sin honra, y además, le parece, como es lógico, que un paso es siempre la extensión de uno mismo, y él quiere estar en todas partes a la vez, salvo en aquellas que va dejando atrás, si no fuéramos paradoja ningún hilo o cordel conocería la razón del nudo, su fin. La casa Rohmer. Sergio.
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Chus Fernández es escritor