Fotograma de "Oslo, 31 de agosto" de Joachim Trier

Cercano ya el mediodía cayó en la cuenta, o más bien supo, que llevaba cerca de siete años sin escribir una historia, ya fuera un relato o una novela, algo recorrido por una energía que se desplazase en un único movimiento, lo que le hizo creer que tal vez había llegado la hora de mirar atrás y recuperar esos años, los que le trajeron hasta aquí, el mismo sitio del que partió hace ya casi una década. Se propuso entonces contarse a sí mismo la historia de un escritor que no escribió una sola historia en siete años, qué pasó para que así fuera, qué hizo durante el tiempo que no hizo lo que se supone que debería haber hecho.

Dando por segura la fiabilidad de las fechas, establecer un punto “a” y un punto “b” y mostrarse abierto para lo que pretenda ocupar el espacio que separa un punto de otro. Contar: poner en orden los interrogantes de manera que cada uno pueda ser la respuesta al anterior, eso es todo.

También supo que el futuro sería aquello que ya era, una insoportable coda. Esa certeza hizo todavía más apremiante el impulso de mirar atrás, es comprensible. Seguramente fuera demasiado pedir, era consciente, pero ¿no es siempre eso recordar?, ¿para qué se escribe si no es para crear un reflejo que supere y corrija al original?, ¿y qué puede encarnar mejor el fracaso inevitable de un propósito como ese que un proyecto que con semejante expectativa acepta solamente los errores?

No hay queja. No hay amargura. Bastante recibió a cambio de una promesa.
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Exhausto. Título.
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Qué tiempo más desagradable.
Sí, no acaba de llegar el verano, bueno, el verano no, la primavera.
Que llegue algo, lo que sea, pero que llegue algo.
Diálogo.
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No puedo concentrarme en nada, todo me aburre, todo me invita a la dispersión. Como contrapartida, me intereso en multitud de cosas pero en ninguna hasta el final, salvo quizás en el aburrimiento…” E. M. Cioran. El tedio. Cita.
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Tantos años, tanto sufrimiento, tantas ilusiones para esto: dieciséis obras, cuatro paredes, una ventana: mi vida, aquí encerrada, separada de todo y de todos, al alcance de cualquiera. Al menos los cuadros no son del mismo tamaño que las paredes; esas líneas blancas, ese fondo vacío que los rodea y que se funde con el techo y el suelo son lo que une a unos con otros y lo que me une a mí con los que por aquí han pasado y con los que aún están por llegar. Vínculo y tijera, no hay más arte que este: la oposición y su reflejo: la mancha variable que somos frente a la constante blanca del tiempo y todo eso. Una tristeza incomparable acompaña al acto de desmontar la exposición, recogerlo todo, con cuidado y sin prestar atención, dejar paso. La acogida ha sido buena: la crítica ha destacado el carácter epifánico de las obras, el despojamiento, el temblor espiritual que provoca la firmeza del trazo, la luz agria, la brillante perspectiva de un visionario de pronto cegado que metafóricamente ve cómo todo lo que está a su alrededor, lo propio y lo ajeno, lo cercano y lo lejano, no es más que una bruma, una realidad borrosa, que cambia y se retira, antes de ser reemplazada por la negrura total. Palabrería, cierto, pero palabrería que tanto al crítico como a mí nos deja conformes, más que nada, con nosotros mismos. Necesidad es una mentira que todo el mundo dice de la manera más sincera. Sueño con, y esto es algo que siento primero como una posibilidad y al momento como una certeza, una especie de deber único que no admite otra alternativa: que esta serie de la que hablo se reduzca a unas cuantas luces actuando directamente sobre lienzos negros y blancos. Si la pintura tiene como ideal proyectar la luz que recoge, ser en sí misma la luz, ¿sería entonces ese el único paso más allá posible?, ¿lograr que la luz, en una derrota redentora, se convirtiese ella misma en pintura?
Berlín.
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¿Hay alguien más de lejos?, preguntó el músico.
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En la finca de sus suegros el padre no podía ver la tele. Bueno, en realidad sí podía, pero le resultaba difícil. La tele era muy pequeña y estaba en el salón, encima del tocador. En torno a ella, había seis sillones de cuero, o algo parecido: dos rojos, dos azules, uno amarillo y otro marrón. Los azules eran los de los abuelos, los rojos los de la madre y de Teresa, el amarillo el de Carlos y el marrón el suyo. Carlos siempre quería sentarse en el rojo, al lado de su madre. A Teresa no le importaba, pero, por alguna razón, a la vieja aquello le molestaba muchísimo. Decía: El tuyo es el amarillo. El amarillo. Uno debe saber siempre cuál es su sitio. Y cuál el de los demás. Carlos comprendió entonces que era mejor desconfiar de todas las cosas dichas dos veces, pero no comprendió nada más, así que protestaba y cuando protestaba la abuela casi siempre le decía: ¿Te apetece un chocolate? Si te portas bien, te dejo que remuevas con la cuchara. Entonces Carlos se olvidaba del sillón rojo y del amarillo y caminaba deprisa detrás de ella. La alfombra era una espiral, un pequeño remolino. El padre, que nunca había visto una lámpara junto a la tele, miraba los sillones vacíos. El de Carlos, el amarillo, era el que más lejos estaba del radiador. También miraba el cuadro en la pared: una carretera dividía en dos la montaña. La carretera era del mismo color que el agua. Si la seguías, entrabas en el mar. El mar separaba una montaña de otra. O puede que las uniese. Nunca lo supo. Un domingo por la tarde, Carlos rio en la cocina. Y luego, al momento, empezó a llorar. La madre se levantó de un salto mientras el padre volvía a mirar el cuadro, preguntándose qué habría tras aquella curva, al final del camino.
Los padres de Carlos.
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“Intentad llevar la voz adelante.” Santiago Auserón.
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No tengo tierra hoy, dijo en el mercado la vendedora de plantas.
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El testamento de un escritor no son sus libros publicados sino sus cuadernos, sus esbozos, sus tanteos, lo ya escrito y no terminado a lo que se vuelve, la vida retenida a la espera de ser organizada en este caso por el otro, los suyos, todos, los verdaderamente suyos y los lectores, porque un testamento es algo permanentemente abierto salvo para quien lo firma, ya sólo ausencia, última y única palabra.
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si te sigues acercando / nos vamos a hacer daño. Banda sonora.
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Para seguir necesitaba volver. Y para volver debía marcharse. ¿Y qué fue lo que le llevó a concluir algo así? Eso es lo que necesito saber, lo que pretendo averiguar. Comienzo.
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El escritor: Qué diferente es decir casa de decir hogar. Es lo que me lleva pasando todo este tiempo, que encuentro muchas casas, pero ningún hogar.
La escritora: Es que el hogar no se encuentra, se hace. Y no lo haces tú, se va haciendo alrededor de ti, sin que te des cuenta.
Conversaciones.
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Algo que tenga crema, le dijo la mujer al camarero después de pedirle un café con leche y un vaso de agua.
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Si no hubiese viento no hablaría el trigo.
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Detalles que no tengan que ver con la trama ni con la intención última de la obra, que lo llenen todo de vida sin hacer nunca referencia al protagonista.
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Esa sensación / sentado / frente a la mesa del médico, / o a la del empleado del banco, / confirma / que la vulnerabilidad / es en realidad una consciencia / física / de la inferioridad / la fragilidad la fuerza propia / ejercida constantemente hacia dentro // encontraste en los libros / lo que no pudiste darle a la vida / y ahora absorto / en el acto de estar / siendo / destruido sólo te queda ya hacerte / dos ultimas preguntas / ¿hay alguien / sin quien realmente no podrías vivir? / y ¿por qué / seguir viviendo? / aunque te das cuenta / tal vez la respuesta a la primera pregunta / sirva también para la otra. Menos.
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Chus Fernández es escritor