Fotograma de "Nueve vidas", de Rodrigo García

Sé lo que no tengo pero no lo que me falta. Carlos. La casa Rohmer.
*
éramos bruscos
porque estábamos rotos
y no podíamos ofrecernos
sin ofrecer a su vez nuestra arista

una fractura es una plegaria
quisimos creer
pero nadie puede aceptar la armonía
que garantiza el espacio
donde ninguna de las partes se toca

algo parecido siente el escritor
que ansía decir y no tiene
ya una historia
quizá sea este
el momento de hablar
en nombre
de todas las cosas
*
Quien va en busca de algo que ni siquiera sabe si existe lo inventa con cada paso que da. Sin rumbo pero con un objetivo. Un día eso fue vivir.
*
Qué solo está uno en el dolor, involuntariamente arrodillado.
*
Vio a través del cristal cómo ondeaban las aguas y supo que aquello era la música.
*
Creía que era todo una broma. Título (y argumento).
*
Si no respetásemos a nuestros rivales, no disfrutaríamos verdaderamente de la victoria ni seríamos capaces de soportar la derrota.
*
La mujer que el escritor vio cerca de la estación: blusa blanca y falda blanca y gafas de sol y rubia, caminando a buen ritmo, casi corriendo, por pudor y no por prisa le pareció, inclinada, como si se tambaleara. Pero al mismo tiempo tanto su belleza como la amabilidad de sus ropas hacían de aquel tambalearse suyo un bamboleo interrumpido y no retomado, suspendido. La extrañeza ante el sonido que acompañaba a los pasos de la mujer: una cierta estridencia, el tintineo de sus pulseras en movimiento, piedras pequeñas chocando entre sí y contra la carne, ¿y por qué, en realidad, pese a la discordancia entre la imagen y el ruido, apreciaba él una poderosa consonancia?, ¿se debía quizá a que eso es por encima de todo el ritmo: movimientos opuestos que mutuamente se tienen en cuenta, un equilibrio, costoso, que responde al anticipado golpe, a la caída ya interiorizada?
*
“Amigo mío, la felicidad no es alegre.” El placer. Max Ophuls.
*
Tiene que ver también con eso la memoria, con una toalla mojada y retorcida por alguien, y el escritor ya no sabe si él mismo al recordar es la toalla, las manos, el agua que cae o el agua que por un tiempo permanece en la tela.
*
si tú eres el cauce / yo soy el río / para mí siempre es viernes / para ti domingo // si tú eres el viento / yo soy la raíz / tú tienes miedo / yo te tengo a ti. Banda sonora.
*
Aquella noche, la noche del atasco, Carlos pasó más frío del que nunca había pasado hasta entonces. Algunas carreteras habían sido cortadas debido al temporal y se había quedado atrapado en medio del puente. La caravana crecía detrás de él. No podía avanzar, pero tampoco podía volver por donde había ido. Se imaginó aquello visto desde lo alto: una larga hilera blanca, regularmente interrumpida: los faros encendidos de todos aquellos coches que apenas se movían. Había montañas a ambos lados. Desde dentro de la furgoneta, a través de la luna delantera, se veían las luces de la ciudad.
Llamó a Ruth, a quien llevaba algo más de cuatro meses sin ver. Desde un domingo por la tarde, cuando, después de haber quedado para tomar algo, se habían acabado besando y abrazando en la cafetería de la estación. Hacía algo más de cuatro meses que no la veía y tres que no hablaba con ella. La última vez había sido el día de su cumpleaños, el de Carlos, por la mañana, cuando ella le llamó para felicitarle. Cogió el teléfono sin mirar la pantalla siquiera y en cuanto lo hizo, reconociendo su voz al momento, le dijo: Creí que no me ibas a volver a llamar.
Es que no lo iba a hacer, pero no me parecía justo. Es tu cumpleaños. Ya me conoces, si no te llamo es por algo. Y no empieces otra vez, que te veo venir; cuando las cosas salieron mal esperaba algo de ti y no se dio. Si yo estaba bien te apoyabas en mí, pero ¿qué pasó cuando me vine abajo?, que no supiste qué hacer. Y yo no pude apoyarme en nadie.
Carlos asentía y de alguna manera, antes de que ella hubiese acabado de hablar, ya sabía lo que le iba a decir: Pero yo no quiero a alguien que tome decisiones que me afecten y no me lo diga, que me obligue a interpretarlas porque “ya la conozco”.
Ella dijo que, aunque se estuviesen dando un tiempo, quería saber qué tal estaba, cómo le iba. No pensabas llamarme, dijo él, tú misma acabas de decirlo. Si los cumpliese, no sé, en abril, por ejemplo, tardaría medio año en saber algo de ti. Así que si no estás prefiero no volver a hablar contigo. Lo peor, se dio cuenta más tarde, es que uno de los dos colgó diciendo “adiós” y el otro “hasta mañana”. Al principio, antes de irse a vivir juntos, hablaban todas las noches por teléfono. Horas y horas. Ella, al colgar le decía: Buenas noches. Y él le decía: Hasta mañana. Y así siempre. En realidad, no se despidió de Carlos el día de su cumpleaños, sino que lo hizo la tarde que se vieron en la cafetería de la estación. Fue verla y dar un paso hacia ella. Todo su cuerpo dijo su nombre. Cuando todavía estaba sentándose a la mesa y preguntándole a Carlos por los suyos, él ya la había cogido de la mano y la había sacado de allí. Al principio se resistió; luego no. Y sin embargo, también lo comprendió luego, fueron aquellos besos en el andén y aquel abrazo en las escaleras mecánicas los que acabaron de apartarla de él, pues de repente, se echó hacia atrás y le dijo: Ahora es distinto, ¿no te das cuenta? Carlos pensaba que era la situación lo que era distinto y no, no era la situación, sino ella la que había cambiado; y al cambiar se había convertido en la misma que había sido durante los últimos años. Volver a tenerse significaba que podrían volver a perderse el uno al otro. Y, si eso volvía a pasar, ninguno de los dos lo resistiría. No podrían. Ya no. No les quedaban fuerzas. Ella se dio cuenta y por eso se fue. Y por esa misma razón, aquella tarde, después de decirle que no quería ir a su casa, la de los dos, ni a un hotel, ni al baño de la estación, que tenía que irse porque debía cuidar de su abuela, no le dejó acompañarla al tren, porque, según ella, no quería decirle adiós.
Ese mismo día, el de su cumpleaños, Carlos tomó una cerveza en uno de los dos bares del pueblo en la profundidad misma de la montaña donde llevaba una temporada viviendo. Cuando la camarera le devolvió el cambio, se quedó allí, de pie, mirándola, esperando a que le felicitase, le cantara una canción o le diese un regalo. Algo así, algo que aunque supiera que no iba a suceder no por ello iba a dejar de necesitarlo. Fue a dar una vuelta. Cuando se puso a llover entró en el otro bar. Volvió a casa, la última, la de entonces. Una vez allí, encendió la luz, y la estufa, y se tumbó en el sofá y se puso a leer algunas de las notas que ella le había escrito durante el tiempo que habían vivido juntos y que, pese a haberlas guardado en un cajón de la mesa de la cocina junto con las fotos, algunos medicamentos y los billetes de tren usados en su segunda noche bajo aquellos techos había acabado sacando del cajón y las había puesto a los pies del sofá, junto a la estufa: “Eres lo mejor de mi vida”. “No te bebas toda el agua, que hoy la van a volver a cortar”. “Sólo contigo soy como soy”. “Acuérdate de devolver la película”. “Te estuve esperando toda la noche despierta”. “Hortensias (así, escrito: a ti te gustan las palabras y a mí me gustan las flores)”. “Esta noche viene mi hermano a cenar”. “Llamaron de la mueblería, el viernes traen la mesa de la cocina”. “Lo siento, de verdad que lo siento”. “Mira debajo de la almohada”. “Ya verás cuando me veas”. “Recoge la ropa del tendal, dan lluvia para esta tarde”. “Volvieron a llamar del banco”. “Vuelvo pronto”. Tenían esa costumbre. Solían cruzarse por culpa de sus horarios y por eso se dejaban esas notas en la puerta de la nevera, pegadas con imanes que compraban en algún todo a cien o venían de regalo con las galletas o con cualquier otra cosa salida del supermercado. Las guardaban en uno de los cajones de la cocina. Cuando se separaron se las repartieron. Él se quedó con las que le había escrito ella y ella se quedó con las que le había escrito él. Tenía carné, pero no tenía coche. Menos mal que los demás le pasaron la furgoneta cuando se separaron, la furgoneta en la que durmió esa noche, la del atasco, y tantas otras por aquel entonces. Siempre le gustó conducir y siempre le gustaron las furgonetas. Una casa que puedas llevar siempre contigo, una furgoneta en la que puedas ponerte de pie: si cabes en ella, en ella cabe tu vida, así lo veía él. Todavía hoy, cuando cierra los ojos, suele imaginarse una carretera. Sin principio ni fin. Algo derramado, que no deja de derramarse. Cuando se quedó solo leer se convirtió en su manera de escribir. Para los demás miembros de la banda Carlos era el escritor porque tenía un libro publicado, pero a él lo que le justificaba era lo que le sucedía al leer o escribir, la posibilidad que sólo entonces se le brindaba de darle un sentido a la emoción y encontrar en la emoción un sentido; no una forma de vida sino una vida a través de la forma. Con la música le pasaba lo mismo, la verdad es que siempre había afrontado ambas cosas de idéntica manera. Aunque también lo es que para él escribir significaba recogerse y tocar significaba soltarse. Un amigo suyo, cuando hablaba de su condición de escritor, se refería a sí mismo como “un lector con lápiz”. A Carlos aquella le parecía una buena definición. Y todavía hoy se lo parece.
Se separaron y, después de ir de un sofá a otro, durante un periplo que despertó en él una gratitud tan grande como grande lo fue su humillación, se mudó a aquella casa que un cliente le había ofrecido a cambio de que la mantuviese en orden y aireada. Es bueno que viva alguien, que haya alguien ahí, le dijo la noche que pasó por el bar y le dio las llaves. Un trabajo y una casa. Pero ya no escribía. Ni componía. Tocaba las canciones de otros. Y así no se sentía solo. Aunque estaba más solo que nunca.
Tenían sueños, quién no los tiene. Pero si los tenían era porque una vez los habían tenido. Sin darse cuenta y sin saber cómo, habían entrado en esa fase en la que los sueños son algo que se recuerda y no algo que se persigue; algo sobre uno, a punto de desplomarse, y no algo ante uno, hacia lo que dirigirse. Fue ella quien lo dijo en una ocasión: Juntos muy bien, pero el resto del tiempo qué; no basta con quererse. Tú tienes tus ilusiones y yo tengo las mías. Y no tienen nada que ver unas con otras.
No avanzaban. La caravana seguía creciendo detrás de él y, después de más de tres horas allí quietos, no se habían movido ni un solo centímetro. Llamó a Ruth. Primero marcó el número de casa y como no contestaba, marcó después el suyo. Le preguntó por qué no lo había cogido y ella le dijo que no le había dado tiempo. Cuando le preguntó si había estado corriendo, pues se notaba que le costaba trabajo respirar, después de un breve silencio le contestó que sí, que acababa de volver. Parecía sorprendida, no contenta ni enfadada ni nada por el estilo, simplemente sorprendida. Su voz, aunque respirase ya con normalidad, a Carlos le seguía resultando muy extraña, más débil, más borrosa, si es que puede resultar borrosa una voz, como si hablase muy bajo o desde muy lejos. De modo que insistió: ¿Y esa voz?, ¿te encuentras bien?, ¿tienes catarro?
No. Estuve cantando.
¿Cantando?
El sábado. Por ahí.
¿Sola?
¿Cuántos hacen falta para cantar?
Por lo menos dos. Uno que cante y otro que escuche.
No siempre. A veces uno canta solo. Para sí mismo. También bailé.
Hace mucho frío.
Sí. Menudo otoño estamos teniendo. Y este viento. Se despeina una toda. Casi no te oigo.
Iba para allá, le dijo él, alzando la voz. Pero cortaron la carretera. Hay un atasco y estoy atrapado en medio del puente. Los de protección civil vinieron coche por coche. Dijeron que hasta que no llegasen los quitanieves, no podrían hacer nada. Que iban a tardar mucho, porque no daban abasto. Enfrió muchísimo últimamente.
Ya ves qué tiempo. Si ya se lo dije yo a mi madre esta tarde: No tiene estrellas, ni trae nada. ¿Dónde estás?
Lejos todavía, pero camino de casa.
No, me refiero a dónde estás, dónde vives.
En la montaña. Frente al pantano. Cerca del camino que lleva al bosque. La casa nueva es toda de piedra. Es una casa muy guapa, fría, pero muy guapa. Ya la verás. Seguro que te gusta. Una ventana no cierra bien. Pero voy a dejarla como está. ¿Para qué voy a meter dinero en una casa que no es mía? Podemos comprar la nuestra y arreglarla. Seguro que Rober nos hace precio con los materiales.
Esta aguantará una temporada, dijo Ruth, después ya me pondré con ella. Ya tengo pensadas las reformas. Voy a tirar algunas paredes. Hacerla más grande.
Sola no podrás.
No dijo nada. Así que Carlos siguió hablando: Hoy supe que tenía que volver. A nuestra casa. Contigo. Que había llegado el momento. Lo vi claro. Tengo un hambre de la hostia. Esperaba que todavía no hubieses cenado y pudiésemos hacerlo juntos en cuanto llegase. Pero cortaron la carretera y por eso te llamo ahora. Desde la furgoneta. Esta nieve, de repente. ¿De dónde sale toda esta nieve?
No sé. Del cielo, supongo.
¿Qué llevas puesto?
Nada.
Perfecto. Pero si no llevas nada, pasarás frío.
No.
Claro. Habrás puesto la calefacción. Haces bien. Déjala todo el día. Aunque salga más caro. Por lo menos hasta que pase el temporal. Tengo tantas ganas de verte. ¿Quién es?, le preguntó, sorprendido, porque aunque sabía de quién podía ser la voz que acababa de oír detrás de la de Ruth, al fondo, no se esperaba que estuviese allí con ella.
Mi hermano, dijo ella. Vino a verme.
¿Él solo?
Sí.
¿Y los críos?
En casa, con su madre.
Pásamelo. Dile que se ponga. Quiero saludarlo.
No, da igual, para qué. Dime lo que quieras. Dime lo que tengas que decirme y dímelo ya.
Antes de que Carlos pudiese decir nada, ella siguió hablando: ¿Y todo lo que querías hacer? El disco en solitario en el que no dejabas de pensar al final y que ibas a titular Banda sonora, una historia sobre los últimos días de Nick Drake, ¿te acuerdas de lo que me dijiste la última vez que me llamaste? No, claro que no. Cómo te ibas a acordar. Me dijiste que habías empezado a tomar notas para un cuento sobre alguien que se despierta después de siete años en coma y lo primero que hace es pedir que llamen a su mujer y a sus hijos y en cuanto llegan se pasa catorce horas hablando con ellos hasta que se vuelve a dormir. Que lo habías leído en el periódico. Que tenías que escribirlo. Que necesitabas escribir esa historia. ¿La escribiste? No me lo digas. Seguro que no. También querías escribir lo nuestro en el margen de todas las polaroids que nos fuimos haciendo. ¿Tampoco te acuerdas? Yo sí que me acuerdo. Cómo te brillaban los ojos cuando me lo contabas. Era lo tuyo. ¿No puedes tener un trabajo normal? Madrugar, meterte en un sitio, hacer algo durante ocho horas, volver y cobrar a primeros de mes. Y al día siguiente lo mismo, como hago yo, como hace todo el mundo. ¿Qué es lo que buscas?
A ti.
A mí ya me tenías.
¿Y ya no te tengo?
No, me parece que no.
Pienso mucho en ti. Pienso tanto en ti, que a veces no pienso en ti. Estoy tan perdido que a veces sé perfectamente dónde estoy. Es como si estuviera, no sé, exiliado, desterrado. Pero de un tiempo, y no de un sitio. No sé si me explico. Pienso mucho en ti y siempre llego a la conclusión de que la época que pasé contigo, en el grupo, fue la única en la que fui feliz en toda mi vida. Esa y el segundo año de infantiles, cuando salía con Silvia y quedamos campeones de grupo. Quedé segundo máximo goleador. Marqué veintitrés goles. Pero quedé segundo. Me ganó Dani. No era muy técnico pero era muy alto. Bastante más que yo. Muy regular. Muy tranquilo. Con mucha sangre fría. Iba muy bien de cabeza y protegía como nadie la pelota. No había quien se la quitase. No la perdía nunca. Y si la perdía, no tardaba nada en recuperarla. Sólo quería decirte que contigo fui muy feliz.
Menos mal que por lo menos uno de los dos lo fue.
Tú también. No digas que no.
Sí, probablemente, sí; al principio, pero luego dejé de serlo. De hecho, fui más infeliz de lo que había sido en toda mi vida. Por eso ahora vuelvo a ser como era antes de conocerte, es más cómodo, más fácil.
Antes de conocerme estabas con él. Esta tarde os vi en su coche. No sé a qué hora exactamente, se acababa de poner a nevar y justo después empezó a oscurecer. Llevabas un anorak blanco, igual que el que yo te regalé rojo, pero blanco; y él conducía un coche negro, que intentaba aparcar frente al portal de tus padres. Tú, con la cabeza sacada por la ventanilla, mirabas hacia atrás. Para llegar al pueblo tengo que pasar por allí, no hay otro camino. Siempre quise encontrarme contigo, pero a la vez tenía miedo de ver algo como lo que vi.
Ruth, después de un largo silencio: Por eso vuelves.
Vuelvo por ti, no sólo por eso.
Vuelves por mí y por ti, pero no por nosotros. En el fondo, es como si volvieras sólo por eso.
¿Por qué no me lo dijiste? Nunca me prometiste que volverías. Tampoco prometiste esperarme. No podría enfadarme contigo ni culparte de nada, pero tenías que habérmelo dicho. Hubiera preferido que me lo dijeses, enterarme de otra manera.
¿Y qué querías que te dijese?, oye, mira, que me caso.
Fue escucharla y notar un golpe en el estómago, un golpe terrible, una sacudida, por dentro, parecida a la que se siente de vez en cuando en los ascensores, seguida de un temblor en todo el cuerpo y una extraña rigidez en la lengua. Pero, a pesar de todo, Carlos consiguió decir: ¿Y ya sabes cuándo?
En verano.
Carlos colgó. Apoyó su frente sobre el volante. La ventisca había empeorado y el granizo o la nieve o lo que fuese aquello golpeaba con fuerza contra los cristales. El ruido aumentaba y las luces de la ciudad habían desaparecido tras la capa de hielo que cubría la luna del coche. Subió la calefacción. La volvió a llamar, pero esta vez directamente a su móvil. ¿Le quieres?
Sí.
Más que a mí?
De otra manera. A lo mejor no se trata de cuánto quieres a alguien ni de cuánto te quieren sino de cuánto sufres, lo mal que lo pasas. No salir perdiendo. Que te baste con eso. No pedir más. Estar tranquila. Nosotros lo tuvimos todo. Pero lo tuvimos dentro de la habitación. Fuera, a solas, nos rompimos. Y después rompimos al otro. Porque no podía repararnos.
Tenías que habérmelo dicho.
¿Para qué?
Para que lo supiese. Tenía derecho a saberlo.
¿Derecho? No vayas por ahí. Por ahí no. Por ahí no vayas. No me hables de derechos. No me hagas hablar. Vuelves por eso. Sólo por eso. Te fuiste. Me llamaste desde el hostal de aquel pueblo al que fuiste porque según tú necesitabas empezar de cero y por eso querías volver al sitio donde te dieron la primera moneda por una de tus canciones, me llamaste desde allí para que te acompañase y fui, me llamaste desde un montón de sitios distintos y hablaste de Roma, de París, de Londres, de Estados Unidos. Incluso de Alaska y sus noches tan largas. No sabía dónde estabas. Durante todo este tiempo, no supe dónde estabas. Ni con quién.
Esta tarde, en cuanto se puso a nevar, empezamos a ir todos más despacio, le dijo él, lo más lento posible. Nadie corría. No estaba seguro de lo que había que hacer con aquel viento tan fuerte, si tenía que acelerar o ir más despacio. Pero sí que sabía lo que debía hacer si se ponía a nevar. No correr. Ir poco a poco. Si vas despacio y coges alguna placa, la aplastas con el peso del coche, pero, si vas deprisa, sales despedido. Hay que ir despacio y por lo marcado, por lo seguro, por lo ya pisado. ¿Estás ahí? No te oigo. Te pierdo, te pierdo.
Ruth no dijo nada. O al menos nada que él pudiese oír. De modo que siguió hablando: Cuando se acercó el de protección civil, bajé la ventanilla, pero entre la ventisca, la radio y los limpiaparabrisas apenas me enteraba de lo que me decía. Así que me bajé de la furgoneta. El frío apretaba tanto que en cuanto lo hice crucé los brazos sobre mi pecho y todo mi cuerpo se contrajo. Empecé a temblar. Mientras me hablaba, yo, temblando y asintiendo, miré de reojo la furgoneta y tuve una sensación muy extraña al verla allí, sin nadie dentro, con los limpiaparabrisas funcionando. De un lado para otro. Una y otra vez. El ruido que hacían. Si vieras toda esta nieve. Crucé un par de túneles antes de llegar hasta aquí. Uno de ellos era muy largo. Nunca vi moverse así las aspas de los ventiladores. ¿Me oyes?
Se la imaginó afirmando con la cabeza, pues escuchó ese sonido breve y por dos veces repetido que nace en la garganta y siguió hablando: El lunes, mientras miraba el calendario para ver qué día era, vi que ese mismo día era tu santo. Ya ves, me entero ahora, estando tan lejos. ¿Lo celebraste?
Sí. Un poco.
Antes nunca lo celebrabas. El cumpleaños, sí. Pero no el santo.
Antes era antes. Y yo ya no soy la de antes. Soy la de ahora. Estoy donde estoy ahora. Y ya no hago las cosas que hacía. Unas veces hago otras nuevas. Y otras no hago las de antes, las que hacía contigo. Si quieres nos vemos y te doy todas las explicaciones que te hagan falta. Tú le pides a la vida que vuelva a empezar. ¿Y sabes qué le pido yo? Que siga, que no se termine. Eres uno de esos discos que de repente saltan y se quedan en una canción, diciendo lo mismo a todas horas.
Hasta que alguien lo quita. Lo guarda en la caja. Y lo cambia por otro.
Pero tienes que intentarlo. Sigue intentándolo. A veces, después de un rato, pasan a la siguiente y siguen sonando.
Sí, pero normalmente dejan de sonar. O vuelven al principio, a la primera canción. Jugaste a dos bandas. Desde siempre. Primero fuimos cuatro, luego tres y cuando yo creí que por fin éramos sólo dos resulta que seguíamos siendo tres. Todo esto lo confirma. Él te esperó porque sabía que tú no le habías echado definitivamente. Ni siquiera tuviste que abrirle la puerta. De hecho, entró por la puerta que nunca le cerraste.
Te prometo que no fue así, o por lo menos yo no lo veía así. No era esa mi intención. De verdad. Te lo juro. Pero qué importa ya. Y si no volvías, ¿qué?, dime, ¿qué hacía yo si no volvías?
Estar sola, supongo. Hasta que encontrases a alguien. Pero alguien que te pudiese ofrecer algo nuevo. Y no lo mismo que ya te habían dado y no te había parecido suficiente. No puedes estar sola. Te come. Dejaste que él anduviese todo el día por ahí, alrededor nuestro porque, según tú, era muy buena persona y no querías hacerle daño. Y te lo dije, cuántas veces te lo habré dicho: Que el daño que le evitabas era el daño que me hacías. Te llamó el día de la presentación de mi libro y ya no hablamos en toda la noche. Te llamó el día que nos fuimos a Lisboa a pasar el fin de año y ya no hablamos durante todo el viaje. Si me enfadaba, te enfadabas más todavía. Aguantaba porque me decías que aquello no significaba nada. Y te creí. Y si te creí fue porque te quería. O porque no soportaba la idea de perderte. Qué más da ya. Después no sé qué pudo pasarte, pero algo te pasó. Todo lo mío te asustaba. Y cuanto más feliz parecías, más asustada se te veía. Te echaron de allí y esa misma tarde desapareciste. Estabas, pero no estabas. Dejaste de escribirme notas.
Cuando me di cuenta estaba hundida, todos tenemos nuestros malos momentos y el peor de los míos fue aquel. Nunca me habían echado de ningún sitio. A ti te daba igual que te echasen que no y por eso también tenía que darme igual a mí. Qué me decías: No pasa nada. Es sólo un trabajo. Ya aparecerá algo. ¿Y cuánto tardó en aparecer?, ¿eh?, ¿cuánto? Aguantamos gracias al bar y a algún bolo, porque la gente nos quería, nos apreciaba. Empecé a preocuparme. A preocuparme de verdad. Siempre había tenido planes, ilusiones. No es lo mismo, ya lo sé, pero yo para poder tener ilusiones tenía que tener planes. Nunca lo entendiste. Tú tenías muchas ilusiones, pero no tenías ningún plan. Te movías por impulsos. Yo sí que había tenido planes. Desde siempre. Y había ido recta hacia ellos. A mi ritmo. Paso a paso. Sin detenerme. Hasta que te conocí. Sólo era un trabajo, decías. Y tenías razón, pero cuánto dependía de un trabajo. Todo. Todo lo demás. Todo cuanto no éramos tú y yo, todo cuanto nos hacía falta a nuestro alrededor. Esperaba que reaccionases, hasta que me di cuenta de que nunca reaccionarías; ¿y sabes por qué? Porque aquél era tu ritmo. Y entonces seguí esperando. Viendo mis ilusiones alejarse más y más. Cuando estaba contigo me olvidaba de todo. Igual que tú. Estar juntos es estar siempre en la playa, dentro del agua que somos, eso decías en una de nuestras letras, y así era, pero cuando me quedaba sola soplaba la brisa y tenía frío y se me venía todo encima. Fue muy duro. Te necesitaba. Necesitaba apoyarme en ti. Más que nunca. Pero te habías quedado en tu mundo: tu escritura y nuestra música y que todo siguiese como al principio entre nosotros. Si escribías no estabas y si no escribías no eras. Subías y bajabas y yo subía y bajaba contigo. Pero ¿hasta dónde puedes bajar cuando ya no puedes bajar más? Me decías que estaba muy rara y te enfadabas porque no te seguía dando lo mismo de antes y luego te hundías también. Discutíamos tanto. No sabías cómo ayudarme. O quizá fuese yo la que no me dejaba. También puede ser. El caso es que la realidad nos superaba, no sé qué puede ser la realidad pero sé que nos estaba superando, eso fue lo que nos pasó. Y precisamente por eso llevo ahora este anillo. Porque hace falta aliarse además de unirse. Tener los mismos planes o por lo menos enfrentarse juntos a los mismos problemas. Cuando todo iba bien me sentía igual que si me llevases en brazos a todas partes, pero en cuanto yo estaba mal o aparecían las dificultades, ni siquiera podías llevarte a ti mismo. No sabías cómo ayudarme. Lo intentabas. Pero sólo a veces. ¿Cómo no iba a tener miedo? Dejamos de escribirnos notas, es verdad. Pero es que al final ya sólo nos quedaban los imanes. Los imanes y ninguna nota. ¿Qué tal estás?
Mejor, ahora estoy mejor.
Has cambiado, dijo ella, es eso lo que me intentas decir, ¿no? Pues muy bien, me parece muy bien, pero yo también te voy a decir algo: ¿sabes qué es lo que más me asusta de eso?, ¿sabes qué es lo malo de que hayas cambiado?, que con el tiempo, más tarde o más pronto, volverás a cambiar. Y entonces volverás a desaparecer. Yo también he cambiado. No me vuelvas a llamar. Déjame en paz, déjame tranquila de una vez. No te duermas. Dicen que es peligroso. Baja todos los seguros. Enciende la radio.
Luego. Cuando cuelgue. No te preocupes. La tengo en punto muerto, ¿no oyes el motor?, le dijo, mientras separaba el teléfono de su oreja y lo acercaba al salpicadero.
Un poco, pero muy suave, muy despacio. No te duermas, por favor. Intenta no dormirte.
No deja de nevar.
Empezó de repente. Cuándo parará.
¿Quién es? Preguntó la voz que se escuchaba por detrás de la de Ruth.
Ella: Nadie. Déjame hablar.
Durante unos segundos Carlos no escuchó nada, como si el teléfono estuviese apagado o lo hubiesen tapado con la mano. Luego, después de oír cómo una puerta se cerraba, volvió a escuchar a Ruth diciéndole: Venga, acaba.
¿Cómo puedes volver con él? Dijiste que no le querías.
Pero la vida da muchas vueltas.
¿En unos meses?, ¿tantas vueltas da en unos meses?
Sí, ya ves. Ya no me conozco. A veces me acuerdo de cómo era y pienso: Madre mía, quién soy ahora. Lo nuestro se acabó. Fue lo mejor del mundo. Pero se acabó. Nos hicimos mucho daño. Y el daño, con el tiempo, se ve de otra manera. El dolor se olvida, pero no el daño. Elegimos vidas distintas. Esto es lo que quiero ahora. Y esto es lo que elijo. Ya le conocía, sabía cómo era, pero esta vez se superó. La gente te demuestra cosas, te hace sentir cosas. Supongo que eso es de lo que se trata. Pero tú no querrás escuchar todo esto y yo no tengo por qué contártelo. Lo nuestro fue lo mejor del mundo. Lo mejor. Hasta que se acabó. Te repito que esto es lo que elijo. Es una decisión muy meditada.
Pero lo eliges con la cabeza.
Cuando elegí con lo otro ya ves cómo me fue.
Dijimos siempre.
Sí, pero siempre ya pasó.
Espero que algún día me dé las gracias, dijo él, apretando el puño, notando cómo se clavaban las uñas en la palma de su mano, la mano con la que no cogía el teléfono. Seguro que está disfrutando contigo como nunca lo había hecho. Y todo gracias a mí. A lo que yo te enseñé. Tú me lo dijiste un día, al principio, mientras te estirabas por encima de mí para coger el móvil que tenías en la mesita. ¿O no te acuerdas ya?, ¿no te acuerdas de que me dijiste: Si ahora volviese con él sería distinto, con todo lo que aprendí?
Te estás pasando. Además eso es sólo una parte, lo demás también cuenta.
Sí, cuenta, pero no basta. Todo lo demás no basta. Por eso le habías dejado, ¿o no? Por eso le habías dejado y habías empezado conmigo. Aunque bueno, empezaste conmigo antes de dejarle. A lo mejor es así como haces siempre las cosas. Por qué ahora ibas a hacerlas de otra manera. ¿Estás enamorada?, le preguntó, y como no le contestaba, se lo volvió a preguntar otras dos veces. A la tercera, dijo: Sí. No me quites eso, dijo Carlos, eso no me lo quites. No me intentes convencer de que te casas con él porque sientes lo mismo que sientes por mí. Es imposible. Y lo sabes. No construyas tu casa encima de un cementerio. No lo hagas.
Ella, con la voz temblorosa y sin embargo, ganando claridad a la vez que parecía quebrarse, le dijo: Escucha, voy a decirte algo: Cuando hablé con mi hermano y con Cristina, les dije: Sé que eso que sólo se siente una vez en la vida, eso tan grande, tan grande, sólo fue con él. Y sólo será con él. Pero ahora tengo que elegir esto. Eso es lo que querías oír, ¿no? Pues ya te lo dije. Ahí lo tienes. Te quiero mucho, no lo voy a negar. Y sé que tú me quieres a mí. Nunca pude imaginar que no me fuese a casar contigo, que tuviese todo esto con otro. Antes te dije que si querías quedábamos y te lo explicaba todo, pero prefiero no verte porque tengo miedo. Algún día nos encontraremos, somos mayores ya, no nos vamos a esconder. Espero que tengas mucha suerte. Sólo puedo darte las gracias, por todo, de verdad. Últimamente, cada vez que hablo contigo acabo llorando, ¿no lo ves? Me conoces mejor que nadie. Sabías que esto iba a pasar. Lo sabías. Los dos lo sabíamos. Cuenta conmigo, me tienes para lo que necesites. Para ti estaré siempre. Pero ahora es tarde. Muy tarde. Mira a qué hora llamas. Tengo que dejarte.
No. Espera, dijo él; el otro día, desde la furgoneta, me fijé en un banco, un solo banco, vacío, frente al pantano, junto al camino que lleva hasta el bosque. Como si lo hubiesen puesto allí para hacerle una foto, como si no estuviera bien sujeto, como si alguien lo hubiera dejado allí porque no quería seguir cargando con él. Cuando le pregunté a una camarera, me dijo que no sabía de qué banco le hablaba, pero que los venados estaban en celo por esta época y a veces bajaban hasta el área de recreo, que por aquella zona se podía escuchar cómo berreaban. Escúchame. No cuelgues. Por favor. No cuelgues. Deja que te cuente.
Ruth colgó. Carlos se quedó quieto. Inmóvil. Como si todo se hubiese detenido dentro de él, pero también a su alrededor. Golpeó el teléfono contra el volante. Luego, mientras la volvía a llamar, se dio cuenta de que en la pantalla, resquebrajada, no se podía ver su número. Y cuando, después de varios pitidos, Ruth terminó contestando, él escuchó la misma voz que había escuchado detrás de la suya. Tras la sorpresa inicial, le dijo: Mira, podrás darle más de lo que le di, pero dudo que puedas hacerle tanto daño como le hice. Tienen que quererte mucho para que puedas hacerles tanto daño. Mucho.
(…)
No te quiere, dije yo, bueno sí, como a un hermano, me lo dijo, un montón de veces, que te quería como a un hermano.
Volvió a golpear el teléfono contra el volante. Con todo lo que tenía. Luego intentó llamarla otra vez, pero no daba señal. Encendió la luz del retrovisor y vio que la pantalla se había roto ya por completo. No se veía nada. Volvió a apagar la luz y en cuanto lo hizo, rezó para que las cosas le fueran mejor a partir de aquella noche, si se puede llamar rezar a decir: Dios mío, haz que sea feliz aunque no sea conmigo. Eso hizo. Rezar. Pero no estaba seguro de haberlo hecho de corazón, es decir, no sabía si realmente quería que eso pasara, no sabía si quería que fuese feliz aunque no fuese con él, porque si así era, si ella era feliz con otro, ¿cómo podría volver a hacerle feliz? La llamó. Marcó su número sin saber qué podría decirle. Si lo volvía a coger él, le diría que se pusiese ella, sin más, sin pedírselo ni exigírselo, simplemente diciéndoselo: así: “Dile que se ponga”, sin darle importancia, pues esa sería su única posibilidad de dejarle sin opciones. Pero seguía sin dar señal. Dejó caer el teléfono sobre el asiento del acompañante y subió al máximo la calefacción. Puso la radio. La quitó. Faltaban menos de tres meses para su cumpleaños. Y no sabía si debería llamarla. Tendría que dejarla en paz, como ella misma le había pedido. Me estoy volviendo loco, se dijo, que haga su vida, pero que yo no me entere. La verdad es que no se acordaba de la fecha exacta de su cumpleaños: había nacido tres minutos después de las doce de la noche y Carlos nunca sabía si era el ocho o el nueve de enero, porque a ella le gustaba que la felicitase en el momento justo de su nacimiento: la vez que la llamó cinco minutos más tarde no le habló durante todo el día siguiente. Qué más darían cinco minutos arriba o abajo, se dijo él infinidad de veces; encima, el otro le mandó veintiocho mensajes seguidos. Veintiocho veces el mismo mensaje. Carlos nunca supo por qué Ruth se había enfadado tanto con él. Si lo había hecho por su retraso o por la puntualidad del otro. Ni qué le dolía tanto aquella noche, la del atasco, que ella hubiese rehecho su vida o que hubieran deshecho definitivamente la suya, la de los dos, que ella hubiese izado su vela, como había oído esa misma semana en una serie, o que el viento no soplase ya para él. Le hubiera gustado decirle que “lo nuestro”, como ella lo había llamado, ya llevaba algún tiempo escrito en el margen de las polaroids y que pensaba dárselo el día que fuese allí con él o él volviese con ella, igual que se enseña un justificante después de haber faltado a clase, se muestra la invitación a la entrada de una fiesta o se esconde el rostro detrás de un ramo de rosas. Pero no se lo dijo. Quizá le mandase esas fotos por correo. “Lo nuestro”. Ese podría ser un buen regalo de cumpleaños. Incluso de boda.
No se veía nada. La calefacción había empañado los cristales. Enfundó su mano en la manga de su parka y limpió como pudo la luna delantera. Entonces volvió a ver las luces de la ciudad. Entre todas aquellas luces estaba la luz de su casa, la de los dos, la casa de Carlos y Ruth. Y alguna de todas aquellas ventanas era la ventana de su habitación. Se quedé mirando las luces durante un rato. Un rato muy largo. Después intentó subir la calefacción sin darse cuenta de que ya estaba puesta al máximo. Limpió la ventanilla de la puerta, esta vez con el codo, y vio, iluminada por los focos de los coches y las farolas que había a lo largo del puente, una de esas redes que se clavan en las montañas para evitar los desprendimientos. Le pareció que era de color rojo, pero tampoco podía estar seguro. Sólo asomaban pequeños pedazos, aquí y allá, cubierta como estaba. Se preguntó si a aquella red le afectaría la nieve, durante cuánto tiempo podría soportar un peso como aquél. Y después se imaginó un gran lago helado y sobre el lago pudo ver a una pareja, de la mano, patinando; no sabía quién llevaba a quién, pero tampoco le importó. Nunca recordaría con certeza cuánto tiempo se pasó mirándolos, allí, patinando, hasta que se detuvieron y se abrazaron, sosteniéndose. Luego ella se soltó y se fue en otra dirección mientras él seguía dando vueltas y vueltas. Miró el reloj del salpicadero y cogió con fuerza el volante y cerró los ojos. Después lo soltó y con los ojos todavía cerrados apoyó la cabeza contra el respaldo. Durante el resto de la noche no dejó de escuchar el sonido cada vez más lejano de las cuchillas ni dejó de ver aquellos círculos grabados unos dentro de otros que desaparecían donde el hielo se iba volviendo más fino. Carlos y Ruth.
*
La estructura no es el esqueleto sino el corazón de la novela.
*
“Dejar de hablar es una derrota.” Andreu Buenafuente.
*
El equilibrio debe de ser eso que se siente un día de pronto, que lo que se movía ha dejado de moverse. Pretender que esas cosas que de repente parecen fijas, asentadas, encuentren acomodo de forma natural y encajen entre sí es pretender demasiado.
*
Cualquier empeño no es de uno sino por uno, y se lleva a cabo en nombre de la carencia.
*
No cantes a lo que se perdió, canta a lo que se está perdiendo.
*

Chus Fernández es escritor