Fotograma de "En la ciudad blanca" de Alain Tanner

La poesía es muy suya, pensó, y siguió caminando tras la barra, porque sí.
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Sólo hace falta un poco de continuidad para que sea música el acento más extraño.
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Quién no se pone triste cuando ve cómo se apagan las luces de una casa.
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Bajar a tomar un café y antes de haberse sentado a la mesa decirse: La gente que habla a voces en el bar.
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Estaba contemplando la montaña y el cielo tras ellas, intentando asociar toda aquella frondosidad con los coches que pasaban por la autopista y le fue imposible relacionar a aquel que estaba allí, en el Alsa con destino a Oviedo un viernes por la tarde, con todos los que habían estado antes en su lugar, y en cualquier otro sitio.
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Las cosas y él. Título.
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El frío es la distancia interiorizada.
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Preferiría darle el nombre de gesto a lo que algunos llaman estilo: un equilibrio no consensuado entre nuestra manera de ver el mundo y la manera en que el mundo nos ve.
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El desánimo es también una alarma que advierte de la ausencia de un peligro y a su vez de la ausencia de una compensación que, en caso de materializarse ese peligro que falta, diese por buena la amenaza o, en el mejor de los casos, la resistencia.
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“Todos nos fuimos desintegrando a nuestra manera.” Scott Walker.
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De tanto escribir y tan poco hablar, ya no se corresponden las palabras con sus fines y durante la ocasional y obligada conversación el escritor termina quedando siempre en evidencia.
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Es muy concreto lo que necesita sentir de nuevo a la hora de escribir: la alegría de la comida que sacia y es un goce, es decir, la alegría llegada por igual del manjar y del sustento.
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Ningún consejo mejor que este / en cuanto puedas desaparece. Banda sonora.
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La guerra: la emoción ajena al compás del argumento propio o el argumento propio necesitado de la emoción ajena, el ensimismamiento experimentado como algo exterior, como una conexión total: más que la fusión con lo que a uno le rodea, la consciencia absoluta de todo ello. La locura: un razonamiento desbordante, singular, búsqueda que se adelanta a la falta de lo que se busca. La muerte: un hecho más, algo que merece ser nombrado como lo merece un tenedor, un tendal puesto a prueba por el peso de una toalla mojada o el tumulto nervioso que tiene lugar en el interior de una caja en la que un cachorro, a través de su agitación, de su incesante envite, continúa, o lo pretende, sin que por ello tenga la menor necesidad de avanzar. Recuerda el escritor a la gente como se recuerda una corriente de aire que adquiere la forma de aquello que altera o por un instante se lleva consigo, estas hojas sin ir más lejos, remolino que por describir el propio vagar es círculo violento, y recuerda, por último, la destrucción o la manera que tienen los hombres de reaccionar a la evidencia, gradual o súbita, de que las cosas, de las más grandes a las más pequeñas, solo pueden servirles de ayuda mientras están siendo hechas por ellos. De ahí la guerra: interminable proceso, continua promesa por formularse; de ahí la muerte, algo con lo que se puede contar, casi tangible en su derecho a ser considerado lo único digno de ser dado por supuesto, una parte más de una misma cosa, común. Al leer, le conmovieron, como a muchos, los vencidos, pues en la derrota, en lugar del limitado alcance del empeño acostumbra a apreciar el ilimitado alcance de la esperanza. Pero la lógica no le acerca a la piedad. Un hombre que no sabe qué hacer es un hombre que sabe todo cuanto puede saber acerca de sí mismo. Si alguien se arroja desde una azotea no es porque haya perdido la esperanza sino porque la esperanza se ha vuelto insoportable. Construimos máquinas para que hagan lo que podría hacer la propia mano; para que se vuelva la herramienta, distancia. El hilo que cose la carne es negro. Las cifras también. A propósito de Los libros negros de Gonçalo M. Tavares.
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Poesía: el destello que se genera mediante el encuentro afortunado que es siempre el montaje o aquello con lo que por un instante se logra entrar en contacto tras haber abierto fugazmente una brecha.
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Supo que había dejado definitivamente de ser joven el día que no quiso ya seguir siéndolo, a partir de entonces dos cosas que ferozmente se había empeñado en mantener separadas se unieron por sí solas, con la naturalidad más discreta, y fue todo más fácil, quizá no mejor, o ni siquiera igual, pero sí más fácil, mucho más fácil, sólo los desgraciados valoran la dificultad y él no quería sentirse nunca más un desgraciado.
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“Una puerta cerrada es una puerta feliz. Nunca abrimos cuando llaman.” The It Crowd.
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Si el vagabundo recibe a menudo el interior auxilio de cantos y leyendas durante su paseo se debe a que carece de formas reconocibles que le devuelvan un reflejo, superficies familiares en las que apoyarse. Quizá por eso ame los rodeos, por eso y por la contraria sintonía que se produce entre el que avanza, o al menos va hacia delante, por muy indeterminado que pueda ser ese adelante, y las cosas que va dejando atrás. Como si ese momento, el momento en que las cosas parecen retroceder, fuese el momento inmediatamente anterior a la desaparición, y uno mediante su caminar, se viese obligado a despedirse de todas las cosas con las que se cruza y a cambio de esto, en una especie de compensación esencial, se sintiese liberado de la obligación de ver cómo ninguna de esas cosas desaparece. Vive para lo previo, por eso camina.
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Pasó también el domingo, y al menos dejó tras de sí algo interesante: el momento en que el cuchillo con el que suele cortar los limones se le cayó y se quedó clavado en el suelo de madera. No es poco eso, caer, y en el impacto aunar la integración y el equilibrio.
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Chus Fernández es escritor