Hay un supermercado en obras donde antes había unos cines con tres salas. Y hay una mujer rubia que era mi amiga donde estaba la taquilla y ahora hay un obrero de ojos verdes fumando un cigarrillo rápido mientras sus compañeros sacan escombros y estanterías con la pintura machacada. La mujer rubia que era mi amiga pide dos entradas para la sala 3, la de las butacas rojas y películas en versión original, y es en ese momento cuando me gustaría preguntarle al obrero de ojos verdes si en vez de reformar el supermercado que sustituyó a los cines de tres salas van a construir de nuevo aquellos cines cuya desaparición se llevó una de las mejores partes de nuestra juventud, antes de que la muerte se llevase casi de un día para otro a mi amiga, la rubia que pedía dos entradas para la sala 3 con una amabilidad de la que carecía la taquillera, una mujer menuda y siempre con cara de malas pulgas y un cigarrillo mentolado entre unos dedos temblorosos que pasaban ruidosamente las páginas del periódico del día anterior. Hay gente así, a la que le gusta leer los periódicos del día anterior. Nunca lo entendí muy bien, pero no importa demasiado: los años me han demostrado que hay cosas mucho más importantes que tampoco llego a entender demasiado bien. Quizá la culpa es mía y sea yo el que está equivocado.

A veces, con todo, me pregunto qué habrá sido de ella, de la taquillera. Si también se habrá muerto o si habrá regresado a una de esas películas de Robert Altman donde aparecen muchos personajes, hombres y mujeres a la deriva, prisioneros de sus destinos, que era el lugar donde yo siempre la situaba a ella, la taquillera, con sus malas pulgas, sus cigarrillos mentolados, sus dedos temblorosos y su periódico del día anterior.

Pero no le pregunto nada al obrero de ojos verdes porque ya sé la respuesta y porque en ese momento pasa por delante del supermercado en obras aquel chico al que nunca besé. Camina despacio, con las manos en los bolsillos de unos vaqueros desgastados, y la mirada triste. Parece un anciano, como si estuviese recuperándose de una grave enfermedad o algo similar, pero enseguida le reconozco. Y él me reconoce a mí, y me sonríe, y dice hola y dice mi nombre. Y al hacerlo, descubro que le faltan dos dientes. Y le digo adiós, y también digo su nombre, casi en un susurro, recordando aquellas noches de la iguana en las que uno se imaginaba que Ava Gardner bailaba a nuestro lado, siempre descalza. Y pienso que pronto se cumplirá un año de la muerte de Sam Shepard. Y en lo bien que le quedaban los sombreros.

No a todo el mundo le sienta bien el sombrero ni le gusta el sabor de la mermelada de naranja amarga. En eso pienso, según me voy alejando de allí y el obrero de ojos verdes, después de dar la última calada a su cigarrillo y apagarlo contra el suelo con su pesada bota, regresa al trabajo, al supermercado en obras que nunca volverá a ser aquel cine donde mi amiga la rubia y yo pasábamos las tardes (dos para la tres, sin numerar, ¿verdad?), esperando el porvenir, como diría Martín Gaite, o puede que una especie de señal, signifique eso lo que signifique.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades