Acabo de ver ‘Un otoño sin Berlín’, la interesante película de Lara Izagirre por la que Irene Escolar se llevó el Goya a la mejor actriz revelación hace unas semanas. Toda la película gira en torno a su personaje. La cámara no la abandona en ningún momento: registra cada uno de sus gestos, de sus palabras, de sus silencios, de sus miradas, de sus movimientos, de sus estados de ánimo. Y ella, la actriz, Irene Escolar, agarrando al personaje con una fuerza que recuerda en más de una ocasión a la de Victoria Abril en sus mejores interpretaciones (de torbellino a torbellino: no estaría nada mal un mano a mano entre ambas, teatral o cinematográfico), no sólo sale airosa del empeño sino que demuestra que lleva la interpretación en la sangre (nieta de Irene Gutiérrez Caba y sobrina-nieta de Julia y Emilio) y que el camino -si nada falla- va a ser largo y prometedor. Pocas actrices de su edad aguantarían ese larguísimo y difícil plano final en el autobús. Sin palabras, la actriz consigue transmitir el dolor de un viaje que termina y, fugazmente, el de otro que comienza. El rostro seco, desencajado. El corazón cansado. De fondo, cierta esperanza. Y los matices, contenidos. Nada se desborda. Y sin embargo, el batiburrillo de emociones no puede ser mayor. Emociones que sobrecogen. Todo lo demás, vuelve a ser silencio. Necesario, imprescindible silencio.

Tuve ocasión de ver a Irene Escolar en dos de sus interpretaciones teatrales. En La Chunga, de Mario Vargas Llosa, junto a Aitana Sánchez-Gijón (personaje, el de La Chunga, que Nati Mistral interpretó décadas atrás). Y en El cojo de Inishmaan, de Martin McDonagh, junto a Terele Pávez y Marisa Paredes. En las dos interpretaciones, tan diferentes entre sí, sensual en una y descarada en otra (por resumir), deslumbraba. Y no se achicaba en ningún momento frente a esas mujeres de armas tomar, actrices de primerísimo orden curtidas en más de mil batallas, que la rodeaban. Irene pisaba segura aquellas tablas del Teatro Español: con la fuerza y la convicción de quien cree a pies juntillas en lo que hace. Y disfruta (mucho) haciéndolo.

Siendo guapa, Irene puede hacer de fea. Y de pobre, y de reina, y de lista, y de tonta, y de rubia, y de morena, y de buena, y de perversa, y de serena, y de atormentada, y de lo que se le ponga por delante. El futuro, sin lugar a dudas, es suyo.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades