No es fácil asumir que los autores vivos a los que hemos admirado desde muy jóvenes -como esa otra parte de la familia que hemos ido creando a nuestro antojo o al capricho del destino, que así es como siempre aparecen los descubrimientos y los hallazgos que merecen la pena- vayan desapareciendo. Es ley de vida y todo eso que suele decirse para consolarnos, pero a uno siempre le queda la agria y desagradable sensación de que muchas obras han quedado truncadas por la dichosa muerte. Por lo inesperado o lo traicionero de esas muertes, ya nunca podremos disfrutar de esas palabras y esas historias que nunca llegaron a ser concluidas. Sólo anotadas con mimo o con premura en un cuaderno de rayas o de cuadritos. Recuerdo estos días, cuando se cumplen diecisiete años de su desaparición, a Carmen Martín Gaite. En realidad, la recuerdo muy a menudo porque siempre vuelvo a sus novelas, a sus ensayos, a sus relatos, a sus poemas. A rachas, como ella misma diría refiriéndose a su poesía. Sus libros siempre están ahí, al alcance de la mano, desperdigados entre el mueble de la entrada, la mesita de noche y las estanterías del estudio. Siempre hay un orden dentro del aparente desorden de mis libros. Un orden, perdido en el desorden, que, como muchos de los párrafos de esos libros, me sé de memoria. Su obra -tan amplia, tan variada, tan compleja- resiste perfectamente el paso del tiempo. La búsqueda del interlocutor, los fragmentos de interior, las nubosidades variables que nos acechan, lo extraño que sigue siendo vivir, la necesidad de irse (y de volver, posteriormente) de casa… Lo real y lo soñado. Nueva York, Madrid o alguno de esos pueblos castellanos donde siempre regresaban algunos de sus protagonistas (hombres y mujeres). El día, con su luz o su cielo encapotado y lleno de nubarrones (metáforas ambas de los propios sentimientos y estados de ánimo). Y la noche, con sus fantasmas o la manera de ahuyentarlos. Carmen, sí, continúa estando muy presente en esta casa. Sus palabras, sus divagaciones, sus retahílas… Todo eso que concentró en esos “Cuadernos de todo” que aparecieron tras su muerte. El ansia por escribir, por dejar de fumar, por aniquilar los malos momentos… Y la felicidad por encontrar la palabra adecuada, por el humo de un cigarrillo (uno solo) fumado como recompensa después de la contención, por un encuentro inesperado, por una charla compartida… Sí, todo eso. Y los sueños, siempre recurrentes, donde la madre o el padre, ya fallecidos, hacen su aparición. Esos sueños que reflejan esa máxima popular que dice que nadie se muere del todo mientras otro lo recuerde. Es fácil comprobarlo no sólo pensando en algunos miembros de nuestra propia familia, sino leyendo y releyendo a Carmen. Como presente está la manera de luchar contra la fragilidad o la impotencia o como quiera llamarse cuando un ser tan querido como una hija desaparece. Cuando la vida se vuelve del revés y muestra su lado más feroz y absurdo. En su caso, tras esa tragedia, la de la muerte de su única hija, escribió una de sus novelas más luminosas, “Caperucita en Manhattan”, escapando así de toda connotación triste o dramática. Dejando volar la imaginación por los cielos neoyorquinos. Esos mismos que aparecen en “De su ventana a la mía”, uno de los textos más hermosos que Carmen Martín Gaite creó recordando a su madre, soñando y escribiendo.

Alguna vez le escuché decir a Álvaro Pombo que cuando ambos se ponían demasiado melancólicos o la vida les pesaba demasiado, que hay mañanas y tardes y noches para todo, se reunían en una de las casas, hacían una tortilla de patatas y se bebían una botella de vino. No encontraban mejor remedio para rehuir el peso de esa jornada y continuar esperando al porvenir con la mejor cara posible. Y en realidad, para qué engañarnos, no lo hay.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades