Se cumplen estos días cinco años de la muerte de Karen Black. Aquella mañana su rostro iluminaba todos los periódicos digitales, en ese rincón donde van apareciendo las noticias de última hora. Rodeada de actrices y directores. O en solitario. En una etapa u otra de su vida, en una película u otra: siempre resplandeciente, luminoso, acaso con la mirada un poco triste, un poco perdida. La mirada de una de esas personas que a veces, cuando las asalta el disparo de la cámara, parecen estar pensando en otra cosa, en sus cosas, ajenas a la luz, al fotógrafo, a lo que las rodea. Karen Black, una mujer bellísima y una espléndida actriz que supo aprovechar con determinación cada una de las buenas oportunidades que tuvo, que no fueron demasiadas, todo hay que decirlo. Sobre todo, en el último tramo de su carrera.

A Karen no le ocurrió como a otras actrices de su generación, que en ese último y complicado tramo apareció una serie importante o una película con un director destacado que las rescató de ese medio olvido. Sin embargo, no dejó de trabajar hasta el final: cantando, escribiendo guiones, actuando en pequeños teatros, en vídeos musicales, en películas que no estaban a su altura… Disfrutando de su trabajo, pese a todo, con resignación y sabiduría. Con esa sabiduría del que sabe perfectamente en qué consiste todo esto. Arriba o abajo, y no importa mucho el talento que poseas. Pienso en eso hoy viendo de nuevo sus fotografías y algunas de sus últimas entrevistas, donde aparece risueña, alegre, divertida, imitando las voces de algunas de las personas con las que había trabajado en el pasado, sin perder esa mirada que, a ratos, pese a estar pasándolo bien (aparentemente), parece, como decía antes, un poco triste, un poco perdida. Ausente. Puede que, finalmente, ése también fuese uno de sus encantos. Y no el menor. Parte fundamental de su misterio.

Continúo viendo sus fotografías, con esa mezcla de nostalgia y emoción que siempre trae el hecho de ver imágenes de otra época que forman parte de tu vida, y me encuentro con la más terrible de todas. Una estampa de Karen (que ella misma o su marido colgaron en su propio blog) realmente tremenda. Karen, con un jersey blanco y una especie de bata rosa de hospital debajo, tumbada sobre una cama. Con muchísimos kilos de menos, apenas unos pocos huesos y una piel arrugada, casi sin pelo, aquel pelo tan espectacular  que poseía le pusiese el color que le pusiese, y una aguja en su brazo izquierdo. La imagen de una mujer absolutamente devastada por la enfermedad. Sin embargo, mira a la cámara y sonríe. No deja de hacerlo, sonreír. Como en sus mejores tiempos. Los tiempos de la fama y los aplausos. De la belleza y la demostración del talento. Los tiempos de “La trama” y “Come back to the Five and Dime, Jimmy Dean, Jimmy Dean”, de “El Gran Gatsby” y “Five easy pieces”. Y las ganas de hacer muchas cosas importantes, las que fueran llegando. Ahí está la gracia (y la crueldad) del destino. Y su mirada, en esta última fotografía, también parece un poco perdida, un poco triste. Ausente. Como si quisiese, quizá ahora con más motivo que nunca, estar ya en otra parte, en ese lugar en el que, en las fotografías de los años gloriosos, en todas ellas, soñaba con estar cuando el flash de la cámara inmortalizaba aquel momento. Todos aquellos momentos que permanecerán en nuestra memoria hasta donde ésta alcance.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades