Llevo el ordenador a la mesa de la cocina y me siento a escribir. Tengo muchas cosas que hacer, pero quiero tener cerca el ordenador para no perder el hilo de la escritura. Las ideas van y vienen. Las palabras quedan atrapadas en los espacios en blanco. Algunas ideas y algunas palabras se salvarán, pienso. El pitido de la olla exprés es el único sonido que rompe el silencio de la mañana. Estoy solo en casa. Desde hace un mes, siempre estoy solo en casa por las mañanas. Hace un mes que Francesca nos dejó. Si ella estuviera aún aquí, estaría conmigo en la cocina: intentando acomodarse sobre mis piernas, echando un vistazo desganado al ordenador, rozando con suavidad el teclado, buscando caricias, ronroneando. En realidad, haría todo eso si la olla no estuviese en el fuego. Francesca le tenía miedo a ese sonido. Solía esconderse detrás de la puerta del estudio, dentro de la bañera o debajo de la cama. Cuando apagaba el fuego, regresaba. Observaba desde la puerta de la cocina que todo había vuelto a su orden y buscaba refugio sobre mis piernas. Ahora estoy solo en la cocina y la olla ya ha dejado de pitar. No es complicado escribir sobre las ausencias. Lo complicado es acostumbrarte a ellas. Aún estamos en ese proceso. Ni Íñigo ni yo hablamos demasiado sobre ello. Si lo hacemos, nos entran ganas de llorar. Cada uno intenta acoplarse a la ausencia como puede. La vida sigue. No hay más.

La lavadora, que ahora está funcionando, no era de su interés. Esa imagen de algunos gatos observando cómo se mueve la ropa dentro de lavadora nunca se dio con ella. No era una gata excesivamente curiosa. Puede que su enfermedad crónica contribuyese a ello. O puede que fuese otro rasgo de su carácter. Tampoco hay que buscar demasiadas explicaciones.

Dando vueltas dentro de la lavadora está la manta en la que le gustaba tumbarse y en la que pasó sus últimos días. Es una manta suave al tacto, de color marrón, que nos regaló mi hermana. Una de esas mantas que sirven para taparte cuando te adormilas en el sofá o te quedas destemplado viendo una película. He tardado un mes en meterla en la lavadora. Me sucedía algo extraño con la manta. Tenía la sensación de que si la lavaba, desaparecería todo rastro de la gata. Cada uno tiene sus tonterías. Y con la edad, todas ellas tienden a acentuarse. Ya está lavada. Colgada en el tendal. Un viento ligero la mece y hace que el perfume del suavizante pueda olerse desde la ventana. Es una sensación agradable y me quedo un rato ahí, disfrutando de ella. Como si la mañana, de pronto, se detuviese por unos instantes.

Vuelvo al ordenador. Y aunque hace calor en la casa, siento un frío inesperado en las piernas. Todo es cuestión de tiempo. Cinco palabras que en una frase se convierten en un tópico. La vida te va enseñando que los tópicos se engarzan unos a otros y que, dependiendo de la ocasión, tampoco tienen que constituir algo negativo.

No, no es complicado escribir sobre las ausencias. Lo complicado es acostumbrarte a ellas.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades