Al llegar, aún es de día. Una vez traspasada la puerta del Café Lehmitz, situado en el barrio St. Pauli de Hamburgo, y adentrarnos en aquel 1967 en el que Anders Petersen retrató su serie de fotografías, ya se ha hecho de noche. No habrá billete de vuelta hasta el amanecer, hasta que los cuerpos, completamente exhaustos, no den más de sí. Al fondo, una vieja máquina de discos. Mujeres que fuman y que no se despojan de sus raídos abrigos de pieles. Mujeres que bailan, que beben alcohol, que tratan de seducir con sus cabellos enmarañados y sus vestidos baratos. Mujeres que, en un determinado momento, enseñan las tetas, las bragas, el culo. Mujeres que miran a la cámara con sorna, con ojos de llanto o de locura. Miradas de soledad y fracaso. De miedo que roza las entrañas. De vacío existencial. Miradas y voces que empiezan y terminan en la nada. Ese último refugio, la nada.

Pero aún es temprano. La noche no ha hecho más que comenzar. Aún suena la música y el baile prosigue. Los hombres también están ahí, al pie de la batalla (cada noche lo es, una batalla). Se acercan a las mujeres, con sus dientes rotos o torcidos o manchados por la nicotina. Y bailan con ellas, se rozan entre sí, buscan el calor de esos cuerpos. La cámara sigue a lo suyo, captando el ambiente -decididamente decadente- de ese Café del que ya lo sabemos casi todo. Esas fotografías no esconden secretos. Se muestran en carne viva: sin tapujos, sin retoques, sin máscaras. Fotografías como aullidos secos.

Los hombres y las mujeres bailan, beben alcohol y ríen, que es el destino final del que no tiene nada que perder porque hace tiempo que lo perdió todo. O casi todo. Queda el baile, la bebida, la risa. Y, en ocasiones, todo eso no resulta poco. Más bien al contrario. Hay que agarrarse a la vida (la vida es la noche, la vida es el Café), pese a la desesperanza y al fracaso, casi a dentelladas. Devorarla a sorbos largos e intensos, como se devoran esos vasos de alcohol que ruedan por las mesas y que hacen que, ya casi al final de la noche, las mujeres se arrastren por el suelo, en busca de un roce, un beso o unas horas de sueño. Los hombres seguirán su juego, como si todo estuviese pactado de antemano.

La fiesta ya terminó por esta noche. La fiesta ya terminó hace tiempo: reinventarla cada noche no es más que una manera de sobrevivir, de posicionarse sobre un tablero donde todas las cartas ya están echadas y la ternura no es más que una figura fantasmagórica.

Volverán, hombres y mujeres, cuando se acabe de nuevo el día, a traspasar la puerta de ese Café, el Café Lehmitz, en busca de un alivio para la desesperación, de un trozo de carne o de una sonrisa en los que reconocerse, de una pieza de música -posiblemente siempre será la misma-, de unos cuantos tragos que hagan olvidar que la muerte, a ratos, también abre brechas en esos corazones que, pese a todo, aún continúan palpitando. Y cuyo latido seguirá siendo captado por la implacable voracidad de esa cámara.

La exposición ‘Café Lehmitz’, del sueco Anders Petersen, puede verse hasta el 17 de septiembre en CentroCentro Cibeles (Madrid), dentro del programa ‘La exaltación del ser’, comisariado por Alberto García-Alix.

 

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades