No hace falta que digan por la radio que la nieve está al acecho. Está ahí, a un palmo de nuestros ojos. Se puede notar en ese aire que corta como un cuchillo bien afilado y que, traspasando abrigos y bufandas, alcanza nuestras gargantas. Está aquí, cerca. Se presiente. Porque la nieve, entre otras cosas, también es un estado de ánimo. Un estado de ánimo que no tiene que ser necesariamente negativo. Todo lo contrario. La nieve, por extraño que pueda parecer, también reconforta. Y de repente, en medio de esa amenaza de nieve cada vez más presente, se aparece la voz de aquella mujer que caminaba incansablemente por las calles de Nueva York o de Chicago con su cámara colgada al hombro, en busca de un instante único que atrapar. La voz de Vivian Maier. Sus anhelos, sus frustraciones, su rutina, sus paseos, sus obsesiones. Su reflejo (inquietante) en el cristal de los escaparates. Su vida solitaria en busca de esas otras vidas que captar.  Esas otras vidas, sí. Y esos instantes que reflejan lo glorioso y lo miserable del ser humano. El jolgorio existencial y también su complejo reverso. Mañanas luminosas y noches frías en oscuros callejones. El frío y el calor. La risa y la risa que se congela antes de derivar en carcajada. El miedo, claro. Es la voz de Vivian Maier a través de la escritura de Berta Vias Mahou.

La escritora madrileña refleja a la perfección el itinerario emprendido por aquella mujer alta y desgarbada, por aquella presencia un tanto fantasmagórica. Y consigue en esta novela, ‘Una vida prestada’ (Lumen), adentrarnos en aquel misterio. Los misterios de una mujer llena de silencios y con una tarea clara que llevar a cabo. Lejos de la fama o el reconocimiento que llegarían más tarde, casi por casualidad. A ella, todo eso no parecía importarle. Su vida -toda su vida- estaba centrada en el objetivo. En ese punto intermedio entre lo grandioso y lo miserable, como apuntaba más arriba. Ese complicado equilibrio. Tan complicado como lo tenía Vias Mahou a la hora de acercarse a un personaje real y fascinante para mostrarlo con toda la gama de colores y sensaciones que abarca una vida. Una larga y extraña vida como la de Maier. Vivian, Vivian, Viv… No solo ha salido airosa del empeño, sino que Vias Mahou nos ofrece una de sus mejores narraciones. Fascinada por el personaje (¿quién no lo está?), pero también cauta, prudente, contenida. La escritora ha sabido quedarse en el punto exacto para contarnos una vida, pero sin dejarse llevar por el torbellino de emociones que a veces nos alcanza al darle voz a una persona que nos cautiva de esta manera desde el primer momento. Ahí reside, a mi juicio, el gran logro de esta narración. El equilibrio. Ese imprescindible término.

La nieve no ha llegado aún. No importa. Vivian Maier está ahí, sentada en un banco de la calle. Ya es mayor y está cansada, y ha visto cosas que creía imposibles. Sin embargo, continúa aguardando. Como las personas que han decidido no vender su alma.

Nos quedamos con esa imagen, esperando la llegada de la nieve. O ese fugaz destello que separa en un solo chasquido lo vulgar de lo sublime.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades