Madrid, años 60. Ava Gardner entra y sale, fuma y bebe, baila y ríe. Mete ruido. Dice tacos. Habla por teléfono con Frank Sinatra, con Ernest Hemingway. Se acuesta con quien le apetece. Es una mujer libre, rotunda, bellísima, que nunca se cansa. Una estrella. Y una buena actriz (eso lo confirmará el tiempo). Le gusta España porque tiene los mismos defectos que ella, afirma. El flamenco y los flamencos la vuelven loca. Hace fiestas en casa y los invita a todos (más ruido). Guitarras y voces hondas. Palmas y gitanos. Las fiestas acaban al amanecer, entre una inevitable melancolía y los (también inevitables) restos del naufragio. Ella está ahí, con todos ellos, en el inmenso y lujoso salón, moviendo las manos y las caderas alegremente, hablando en inglés y en un español atropellado y simpático, con la copa y el cigarrillo siempre cerca. Y al otro lado, detrás de la puerta, están las personas que trabajan en la casa. Dos mujeres y un hombre, el chófer. Su pasado, su presente: sus andanzas y sus historias de gente pobre que se busca la vida como sabe o como puede. Puro neorrealismo.

Este es, a grandes rasgos, el hilo argumental de la serie ‘Arde Madrid’, dirigida por Paco León, que también interpreta al pícaro y atractivo chófer. Las dos caras de la moneda. Por un lado, el glamour de una actriz americana, de una mujer que hace lo que le da la gana en todo momento con su cuerpo y con su vida. Y por otro, el paisaje en blanco y negro de un país que está bajo las imposiciones de una dictadura que parece eterna. La libertad y la represión. En todos los órdenes. En el del deseo y el placer, si cabe, es donde más se manifiestan las diferencias. Consigue, Paco León, que el deseo, pese a lo pacato de los personajes españoles, se imponga, poco a poco, como un personaje más. En Ava, de manera natural y desprejuiciada, se manifiesta desde el primer momento. En los otros personajes irá surgiendo a medida que avanza la trama. Y eso, ese placer y ese deseo recorriendo cuerpos y mentes, es uno de los mayores logros de la serie.

Hay, al respecto, escenas memorables. Sobre todo, las que protagoniza Inma Cuesta, que está, por otro lado, espléndida. Todos los intérpretes lo están, de hecho, por pequeño que sea su personaje. No sería justo dejar de mencionar a Carmen Machi y, sobre todo, a Manuel Manquiña. ¿El personaje de Ava? Lo interpreta Debi Mazar, que no se parece demasiado a la actriz. ¿Quién, en realidad, se parece a Ava Gardner? (Sí, ya lo sé: Charo López, pero por edad no encajaba en esta época de la actriz). Sin embargo, su trabajo tiene tanta fuerza que te la crees desde el primer momento. Ava fumando, bebiendo, bailando, riendo, discutiendo con Frank, leyendo el guión de ’55 días en Pekín’, seduciendo a cualquier desconocido o llorando la muerte de Hemingway. Ava, leyendas incluidas, era apabullante y Debi consigue apabullarnos (y apabullar a quienes la rodean) con su fiereza y su constante inquietud. A vueltas con las dos caras de la moneda. El contraste de mentalidades. Los deseos que fluyen, que son más poderosos que las represiones. La esencia de una serie más que notable.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades