Soledad Córdoba ante "S/T, serie Ingrávida" (detalle). Museo de Bellas Artes de Asturias.FOTO: MÓNICA DE JUAN

Con el sugerente título Ingrávida, Soledad Córdoba realiza en 2004/2005 una serie de fotografías entre las que se encuentra el políptico –Sin título– (126×84 cm c/u) expuesto en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Este trabajo se mostró por primera vez, junto al resto de imágenes de la serie, en la Sala Juana Francés del Ayuntamiento de Zaragoza entre noviembre de 2005 y enero de 2006. Contó con la colaboración de Susana Blas, comisaria especializada en creación audiovisual, feminismo y arte, que ha seguido colaborando con Soledad.

Soledad Córdoba (Avilés, 1977) es en la actualidad una de nuestras fotógrafas más internacionales. Recientemente ha participado –respaldada por la Galería Gema Llamazares de Gijón–, en la Mia Photo Fair de Milán con su trabajo Devastación, proyecto sobre el que ya hablamos en un artículo publicado en LaEscena y donde me referí a la consolidación de la artista con cada nueva propuesta; en aquella ocasión también mencioné la buena impresión que me causó la primera vez que contemplé su trabajo en la exposición Un lugar secreto, en 2008 en la Galería Vértice, donde un realismo extremo pugnaba con lo fantástico y lo misterioso.

Ahora, contemplando con cierta perspectiva sus propuestas, se observa un hilo conductor entre sus “series” fotográficas. En “Naturaleza muerta” de 2004 (IMAGEN 1) –cuatro fotografías de 70×103 cm c/u–, su propio cuerpo y el mundo vegetal se funden y provocan que un mundo lejano y mitológico brote en nosotros y que las metamorfosis de Cloris o Dafne despierten en la memoria; este proyecto sentará las bases de otros trabajos que la artista agrupó bajo el título Ingrávida. En todas estas imágenes el punto de referencia es el propio cuerpo, como protagonista o como pretexto, herencia del mundo de la performance que tanto ha experimentado y que conoce en profundidad. Es posible que este aspecto -el uso del cuerpo como soporte para la creación- sea uno de los más señalables en las creaciones de Soledad. El interés por los actos performáticos está en su propia vivencia, en disfrutar/sufrir de ella, hasta el punto de involucrarnos, pero también está en documentar la acción, en perpetuar su proceso de gestación dejando poco margen al azar.

 

Ante la secuencia de imágenes expuesta en el Museo de Bellas Artes nos inunda una atrayente y extraña sensación de incomodidad, resulta estimulante ese lento y secuencial proceso de despojamiento de las enormes plumas que, ingrávidas, van separándose y desde su propia levedad, dejan su huella en un cuerpo desangelado y herido. Un trabajo que enlaza con la mejor tradición artística en la que el cuerpo tiene total protagonismo fluctuando entre el body art y la acción perfomática y que se encuentra próximo a las propuestas plásticas, de profundo arraigo y convicción orgánica, de la artista cubana Ana Mendieta. En ambas, la autorreferencia se convierte en eje discursivo y lo efímero queda retenido por la cámara fotográfica hasta el punto de la sacralización. Se puede rastrear, a su vez, un cierto paralelismo conceptual y formal con Helena Almeida, la fotógrafa portuguesa que afirma “mi obra es mi cuerpo, mi cuerpo es mi trabajo”, como observamos en Corpus, título de su muestra actual en el Instituto Valenciano de Arte Moderno.

Existe en la fragmentación de la imagen, en la selección de una parte del cuerpo, un interés por concentrar la mirada en el detalle y una reflexión sobre la fragilidad, sobre la caducidad y la ruina. Se desprende un sentimiento romántico y poético sobre lo efímero de las cosas que siempre se manifiesta en sus proyectos. Como afirma Nausica Caniglia en “El Encanto del fragmento“, una obra de arte desde su fragmentación formal o iconográfica posee gran fascinación y estimula la fantasía. Y en el caso del políptico del Museo, además, despierta recuerdos y referentes míticos, clásicos, como el de la Caída de Ícaro con toda la carga simbólica que desprende, donde la osadía e imprudencia sólo parecen conducir al fracaso.

La serie Ingrávida destaca por un desarrollo secuencial que podría tener su reflejo en algunos de los trabajos, los más poéticos, de Duane Michals; como en él, las obras fluyen por un mundo autorreferencial y obsesivo, inmerso en una cuidada escenografía. Un aspecto -el de la puesta en escena-, que irá tomando valor hasta hoy en cada proyecto de Soledad Córdoba. Sin embargo, en la serie Ingrávida existe una absoluta desubicación espacial, un negro profundo aísla y recorta las imágenes, acentúa las formas y matiza los mínimos detalles. En proyectos posteriores como Devastación o, en su propuesta actual, Resistencia -una video instalación que podemos contemplar en la capilla de la Trinidad del Museo Barjola-, subraya lo “inhóspito” del entorno. Son lugares ajenos e inquietantes que extrañamente favorecen la transcendencia y confirman que el abandono y el sufrimiento no son ajenos a la belleza.

Por su carácter narrativo y poético, existe cierto paralelismo con los trabajos de Robert and Shana Parkeharrison. En ellos, como en nuestra fotógrafa, se relatan historias personales, hay acciones inexplicables -reales e irreales- que indagan en lo más profundo del ser convirtiéndose en actos propiciatorios, en ritos que desde lo autobiográfico llegan hasta nuestra propia existencia. En nuestra artista la imagen retenida se convierte en arma arrojadiza con interrogantes sobre la existencia del ser humano, desencadena situaciones mágicas, extrañas y distantes, pero que llegan al alma. La metáfora es uno de los múltiples recursos del trabajo de Soledad, en su página web se refiere al sentido de este proyecto: “surge como una nueva vía de enfrentamiento hacia la realidad transformadora que altera nuestra identidad y que perturba nuestra aparente tranquilidad, no existe lo estable, el equilibrio es casi inalcanzable y la ingravidez es lo que desde el ensueño necesitamos, descansar nuestro cuerpo, nuestros sentidos, flotar, aliviarnos del peso de ser”.

 

En Ingrávida está el origen de todo, ya se aprecian muchos de los aspectos que singularizan el trabajo de Soledad Córdoba hasta hoy, sus imágenes son soporte de sus preocupaciones como creadora y como mujer, con ellas plantea cuestiones que suelen permanecer dormidas en nosotros, ¿dónde acaba lo real y se inicia la fantasía?, ¿cómo lo cercano se puede convertir en extraño?, ¿dónde se encuentra el límite entre lo bello y lo siniestro?…, todos estos interrogantes están aquí para despertar nuestra imaginación y desencadenar más preguntas sin respuestas. Visitar la sala 25 del Museo de Bellas Artes de Asturias y contemplar Sin Título/Serie Ingrávida es una oportunidad única de seguir indagando en esa débil frontera entre lo humano y lo que no lo es; cada imagen, atractiva e inquietante, es poderosamente sensual, pero de una sensualidad que duele.

Soledad Córdoba. “Ingrávida”
Cuatro fotografías, 126×84 cm. c/u, 2005
Museo de Bellas Artes de Asturias, sala 25

Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es