“Todo lo que se pueda automatizar, se va a automatizar”

Escribe Manuel Vila en su poderosa novela Ordesa que “la vida de un hombre es, en esencia, el intento de no caer en la ruina económica.” Por eso, esta nueva entrada de la serie El futuro ya está aquí (en la primera entrevistaba a uno los grandes expertos nacionales en transformación digital, en la segunda construía un relato sobre la previsible no-muerte), es la más seria de todas: porque trata, precisamente sobre el futuro del trabajo.

El concepto mismo de “trabajo” está verdaderamente en entredicho. Principalmente hay dos corrientes de opinión: están los que predicen un futuro sin trabajo. Y están (estamos) los que vaticinan un futuro con nuevas formas de trabajo.

Un amigo muy cercano, que trabaja para una de las grandes consultoras I+D+i de España, me comentaba hace unos días que casi todas las dudas de sus clientes van encaminadas a conseguir cambiar trabajadores por máquinas.

“¿Qué quieres decir con casi todas?”, le pregunté.
“Pues el 90% de las consultas”, me respondió.

Después de una pausa que me pareció sobria y adecuada (que podría servir para meditar sobre ese 90% pero también para despedirse en un funeral), continuamos hablando sobre el futuro del trabajo y rápidamente mi amigo abordó su propia perspectiva: “lo que creo es que vamos hacia un mundo sin trabajo”, reconoció. “Las máquinas tendrán que pagar nuestros impuestos. No veo otra alternativa”.

Este primer escenario (el de un futuro sin trabajo) no es en absoluto descabellado: las máquinas acabarían haciendo todo el trabajo y los hombres se dedicarían a escribir poemas épicos, a beber vino en vasijas y, ¡yo qué sé!, a hacer el amor en agotadoras orgías. Un poco lo que sucedía entre las élites grecorromanas aunque cambiando esclavos por robots, claro.

Jeremy Rifkin es uno de los autores que más ha incidido en esta línea de pensamiento. A finales de siglo XX, publicó un ensayo llamado El fin del trabajo, en el que recogía gran parte de sus teorías y en el que vaticinaba “una nueva fase de la historia, en la que será necesario un número cada vez menor de trabajadores para producir los bienes y servicios requeridos por la población mundial”.

Sin embargo, la mayoría de los economistas desconfiaron de este argumentario y el tiempo (al menos de momento) les está dando la razón.

Los argumentos de Rifkin están basados en una concepción ciertamente limitada de “los bienes y servicios requeridos por la población mundial” pero la realidad en este sentido, es que los bienes y servicios requeridos por la población mundial en enero de 2019 pueden tener muy poco que ver con los requeridos en enero de 2038. Hasta la fecha, la irrupción de la tecnología en los distintos tipos de industrias siempre ha acabando dando lugar a un crecimiento de la demanda o aún más allá: a la creación de nuevas formas de demanda.

El ejemplo de la industria textil es quizá uno de los más paradigmáticos. Cuando en la década de 1760 aparecieron las primeras hiladoras mecánicas acelerando el proceso de hilado hasta cotas inimaginables hasta la fecha, los telares europeos ardieron. No es una forma de hablar, literalmente ardieron. Con estas nuevas máquinas en escena una sola persona podía realizar el trabajo de 3.000 trabajadores, y los trabajadores textiles se alzaron en una especie de rebelión. La situación vivió su momento álgido en Inglaterra, en 1811, cuando los llamados luddites (trabajadores textiles desempleados) intentaron destruir las nuevas máquinas en una revuelta histórica.

Sin embargo, la nueva demanda surgida a raíz de la irrupción de la tecnología en la industria textil creó una cantidad de puestos de trabajo absolutamente exponencial. Entre otros factores, el precio de las telas (mucho más fáciles de producir) se desplomó, generando un nuevo escenario que repercutió en la creación de millones de puestos de trabajo.

Pero esto no quiere decir que lo que sucedió con la industria textil a raíz de la Revolución Industrial vaya a suceder también ahora. Al fin y al cabo “rentabilidades pasadas no aseguran rentabilidades futuras”. Solo significa que no podemos pensar en los “bienes y servicios requeridos por la población mundial” de forma estática; resultan más bien una variable que se adapta a la realidad de cada época, y viceversa.

Por eso, mi punto de vista está dentro del segundo gran grupo, el que predice que el 70% de los trabajos que desempeñarán los niños en edad escolar en edad adulta aún están por aparecer. Serán ocupaciones que a día de hoy, aún no existen. Pero serán. Según esta línea de pensamiento, más que hacia un mundo sin trabajo nos dirigimos hacia el fin del trabajo automatizado.

En este sentido, los trabajos que conocemos que seguirán estando presentes serán los que tengan que ver con la creación, con las emociones y/o con las personas: educadores, sanitarios, cineastas, fotógrafos, guionistas…

Esta es una de las pocas conclusiones que he sacado mientras estudiaba para escribir esta serie de artículos. Todo lo que se pueda automatizar, se va a automatizar. Transporte y trabajo, incluidos. Por eso, tal vez la verdadera pregunta sería qué puede automatizarse, y qué no.

Dani Permuy es colaborador de LaEscena