El cine es un retrato de un espacio y un tiempo, una fotografía que capta entornos o rostros durante segundo y horas. Sencilla y rotunda definición para comenzar un espectacular viaje alrededor del cine y la pintura guiado por Manuel Martín Cuenca. El director almeriense aceptó el reto propuesto por la Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO) y seleccionó una serie de obras expuestas en el Museo, realizadas ente finales del siglo XIX y XX. LaEscena compartió la visita con el reducido grupo de 30 personas que agotaron la reserva de entradas dos horas después de su lanzamiento unos días antes.

La visita comenzó con referencias a la fotografía de Néstor Almendros para “Días del Cielo” de Terrence Malick con la que se llevó el Oscar en 1978, justo setenta años después de que Joaquín Sorolla pintara “Niños corriendo por la playa”. Ambos apostaban por el protagonismo de la luz, a la que sacaban el mejor partido dependiendo de la hora. Para el director el cuadro hace referencia a un cine complaciente con el espectador ya que ”todo está ahí, no retrata el misterio, sino la belleza de la vida de los personajes a los que todo les va bien”. Poco parecido a priori con el cine que él realiza, ya que esas sensaciones solo aparecen en momentos fugaces de su filmografía, como es el caso de “La mitad de Óscar”.

Para la siguiente pieza invitó a los participantes a un traslado virtual al mundo del oeste norteamericano de mediados del siglo XIX pero con la mirada de Luis Buñuel. “Por los muertos” es un cuadro pintado por Darío de Regoyos en el que la mujer podría ser un personaje de Buñuel con rostro moreno y una serenidad que contempla algo con una seriedad muy fuerte. Señaló que el pintor nos obliga a imaginar a los muertos porque se encuentran fuera de campo. Una técnica que utiliza mucho en su cine, sobre todo en “Caníbal” donde no se ven los asesinatos. “No es una cuestión de pudor, sino que la imaginación el espectador es más poderosa”. Esos fuera de campos temporales y espaciales le permiten sugerir, dejando que los espectadores terminen de construir la historia porque” no mostrar termina siendo más real y hace aparecer nuestros miedos”

La visita continuó por el camino del misterio. Martín Cuenca se detuvo ante “Noche de frío espeso” firmada por Aurelio Suárez en mayo de 1954. Nada sobra en ese cuadro que utiliza pocos elementos para contar la historia, en la que el color cobra protagonismo, desde el blanco exterior que nos lanza frío y soledad al rojo interior, aludiendo al calor y la protección. Martín Cuenca busca los colores en sus películas porque le ayudan a encontrar lo esencial, ”quitando lo que no sirven y quedándome con lo importante, porque no quiero ser evidente en lo que quiero contar”. En ese momento lanzó una declaración e intenciones, “el misterio es la esencia de mis películas”. Ese misterio también puede aparecer en el atrezzo de las películas, porque “los objetos nos pueden dar pistas para entender mejor a los personajes, esa cotidianidad de los elementos habla sobre ellos”. La vinculación la pintura era obvia, así que diseccionó visualmente un bodegón de Joaquín Torres.

La mirada es una marca de la casa del cine que realiza el director. Así que unió una obra de Agustín Bayón y un autorretrato de Miguel Galano. En las dos obras la mirada nos lleva al interior del personaje, algo habitual en el rito de visionar una película. En su intervención incidió en que “lo importante no es todo lo que dices, sino lo que está en tu cabeza, por ese motivo la mirada dice más que las palabras”. De su extenso diccionario de referencias sacó la frase de Montgomery Clift “actuar es hablar muy bajo y pensar muy alto” y recordó las películas de Yasujiro Ozu en las que no dejaba a los personajes llegar al punto melodramático.

Manuel Martín Martín Cuenca está convencido de que “el cine debe ser más físico, no realista, porque es una representación de los colores”. Esa reflexión la hizo ante el gran cuadro de Miquel Barceló, “una obra que te hace sentir lo que ves”. Unos sentimientos muy visibles en “El viento” de Victor Sjöström o el “El renacido” de Alejandro Iñarritu, “en cuya primera media hora parece que te duele lo mismo que al personaje”. Esa fisicidad del cuadro también le sirvió para recordar las escenas de sexo muy explícito y físico de “La vida de Adèle” dirigida por Abdellatif Kechiche.

Y el color también fue determinante en la elección de la última obra, una pintura de Antonio Suárez. El color es tan importante en el cine que ya está tratando de elegir los que utilizará en la película cuyo rodaje está previsto para los próximos meses con Javier Gutiérrez como protagonista. Y si le dieran la posibilidad de hacer una película ideal estos serían sus ingredientes, “sin guión, sin límite de tiempo y con poco equipo, como si fuera un dibujo”.

José Antonio Vega es colaborador de laEscena
@joseanvega64