Esto no iba a ser así en un principio. Pero fui torpe, impulsivo, y hoy me faltan las notas tomadas durante el viaje de ida y la primera mañana, un día entero prácticamente, uno tan importante como cualquier otro de estos días tan importantes y que, además de irrepetibles, ahora son, en parte y aquí también, irrecuperables.

Dejemos ese hueco. Y vayamos hacia delante ya que no podemos ir más allá.

La lectura no conjura la soledad, la amuebla. Igualmente es el habla una mecedora pero sólo si puedes relacionar cada acento con un color en el mapa.

Maldigo a los manifestantes que interrumpen el tráfico, a todo aquel que corte una calle y retrase mi llegada a casa, a cualquier sitio en el que haya para mí un colchón donde caer rendido.

Pero no eran manifestantes, los campeones habían llegado a la ciudad.

Y aquella escritura de entonces, ¿qué pasó con ella? Gritabas y nada, eras una de esas motos que llenan la calle con el anuncio de su inminencia para luego ocupar únicamente su centro.

Después de toda una jornada con pantalones cortos y gorra, decides ponerte unos vaqueros, tu eterna camiseta negra, peinarte como si esperaras ya la muerte: la ocasión representa para uno lo que uno pretenda representar para ella, ni más ni menos. Y al decir esto no estamos hablando de una coherencia, sino de una causa, la más acuciada de las jerarquías.

Tan alejada está la alegría de la risa como lo está el mapa del plano. Me detendría en esto, pero la pereza es un caballo ciego; además, estoy caminando. Me vencen las escaleras, y cualquiera que me llame de usted.

A diez metros de John Berger, dije en una ocasión, hace ya más de diez años, a dos horas de Handke me sorprendo diciéndome ahora: un reflejo es cosido al otro como si no fuese más que la suma de todos nosotros el tiempo. Aún no me habían incrustado en la espalda un hierro del tamaño de un cepo, caminaba erguido entonces. Ya sólo queda un entusiasmo ridículo al que debo invocar cada día. Dios quiera que pueda compensarlo todo.

Me he perdido y, pese al margen que me queda, temo no llegar. Tengo miedo, eso quiere decir que hay algo que todavía me importa. Son cosas así, que se entrevén dadas la vuelta, como este sol que se filtra entre las ramas del árbol, el mismo del que huía y que ahora es merecedor de mi gratitud.

Uno más entre los periodistas. Sin saber qué hacer ni dónde ponerme me pego a la pared del fondo: la vida es siempre la de antes. Venir desde tan lejos y no tener ni una sola pregunta que hacer. ¿Significa eso que a lo que en realidad aspiras es a decir más que a escuchar, a ser de alguna manera validado? Se quita la chaqueta para las fotos, el ramaje le tapa la cabeza: ¿no ha llegado todavía?

Se alían los cansancios y, sin embargo, qué felicidad tan grande. ¿O es euforia, el agua a la espera en un paraguas cerrado?

Hay que ponerlo todo aquí y aceptar la evidencia de la propia pequeñez enaltecida. Porque siempre nos quedará la arrogancia a los que nada más nos queda ya. Pero la dependienta dice: Hola, yo saludo y, ante su enloquecida perplejidad y la violencia con que me sortea, me vuelvo y comprendo que no era mí a quien se dirigía sino al delantero centro que acaba de llegar acompañado por su novia. Irradia el lujo algo tan detectable como la pobreza y sirve para que unos sepan de dónde vienen y otros sepan cómo son.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy muy cerca de la Residencia, a la que no volví desde el día que subí mi maleta al coche de Pepe y le dije a David: Un abrazo, que seguramente no volvamos a vernos. El pasado es una sacudida que puedo neutralizar porque sigo en movimiento.

Decido repetir la ruta que hice a diario durante buena parte de los dos años que viví allí. Pero antes me siento en una piedra para saber si es alivio esto que me inunda o tal vez paz. Tendría que definir la paz y tendría que definir el alivio: apropiarme de esas palabras, interiorizarlas para sólo así verlas como algo exterior a mí.

Me levanto, camino, por dónde era.

Sigue aquí el café al que bajaba a escribir cada día, y por supuesto, la avenida tan ancha que nunca logré cruzar de una sola vez.

Te planteas abandonar, coger el metro. ¿No querías saber qué había cambiado en todo este tiempo? Esto es lo que ha cambiado: Aquello a lo que llamabas cansancio ahora le das el nombre de dolor.

Dentro de una hora empieza la última de Kaurismäki. Estás lejos pero descartas el metro. Si llego, llegué, dices; si me pierdo, me perdí.

Esa gente a la que reconoces de un momento inmediatamente anterior: un ascensor o la cola del Carrefour, pero a la que en realidad no conoces y te condena a un estado intermedio, entre el saludo y el vacío, todos somos esa gente para los demás.

Diez años sin pasar por aquí y las cosas están igual, o no están.

Un paso tras otro, una palabra tras otra a la espera del instante pleno que viene a ser un hundimiento purificador, algo similar al gesto que hacemos cuando cogemos a alguien en brazos y, al mismo tiempo, parecido a lo que sentiríamos si fuéramos sostenidos en lo alto por ese mismo alguien.

Esto ya no me suena.

Si no recuerdo por dónde se iba, ¿cuánto es lo que he olvidado?, ¿y si después de todo debiéramos estarle agradecidos al cansancio pues sólo él nos recuerda mientras lo sufrimos que en alguna parte, sea donde sea, hay una casa que es la nuestra?

La épica es la forma que responde al empeño pero representa la lucha.

Por nuestro ir y venir seremos salvados. Nos fueron dadas las equivalencias para que podamos vivir en el mundo duplicado. El cubo arrastrado por alguien calle abajo es el metro alejándose en el andén, por ejemplo.

No te devuelve el saludo el tipo con el que te cruzas en la escalera. Hay un intercambio mínimo que a nadie se le debería negar porque el intercambio, más que darte o devolverte algo, simplemente te confirma.

Sólo soy consciente del ruido del tráfico cuando estoy en la habitación, acostado. Están volcando algo, tierra: es lo que ves, en tu cabeza. O tal vez basura, razonas. Te das cuenta: esa es la herida: la imposible conciliación entre la imagen y el pensamiento. Todos los hostales están llenos de fantasmas. Las llaves que oímos en la cerradura nos informan de la llegada de algo que sabemos presencia y de lo que no podemos decir nada más. Estoy cansado. Y el día no acaba.

Me pregunta si este es el tren que va a Entrevías. Le digo que no tengo ni idea, que sé cuál es el destino final pero sólo eso. Tampoco ella se despide ni dice nada al marcharse. No me pregunte, señora: Tengo la mejor de las voluntades, pero no tengo nada más.

Decepcionado porque mi tren no sea una de esas literas inmensas que acabo de ver partir en otra dirección, cruzo el vagón lleno, me siento. El tío que tengo enfrente recoge las piernas para que pueda ocupar mi sitio y blasfema. Es pronto para la decepción y no estaba preparado para la hostilidad tan de mañana.

El tío de antes, que va con unos J´Hayber blancos sin que yo sepa qué pensar de eso, si hay ironía ahí o presunción, se levanta llevándose las manos a las piernas, e intuyo entonces la razón de su hostilidad. Me pregunto, una vez más, si cada cosa que comprendemos es una cosa que justificamos.

Es pronto también para perderse y ya estoy perdido. Volver atrás, llegar tarde pero en calma. Antes, mientras contemplaba a un pájaro en la esquina de una valla, un conejo pasó corriendo por debajo y así es como me siento.

No era aquí.

Los pasajeros se echan a un lado ante la visión del saltamontes, también él a su manera se aparta, muy quieto espera en el peldaño a que nos hayamos ido. ¿No es siempre detenerse apartarse? Por supuesto que lo es. ¿Pero de qué?

Pregunto por la plaza Cervantes

Todo derecho.

¿Todo para allá?

Sí, de frente.

Llegué, no somos muchos.

Tienes su barba, me dice un andaluz en el teatro de marionetas de la casa Cervantes, creo, y digo creo porque su acento, su pronunciación, me impide saber si dice “tiene” o “tienes”, lo cual no iría a ningún lado de no ser porque esa es la diferencia entre ser tratado de tú y ser tratado de usted, es decir, entre creer que es posible algún tipo de victoria, en lo que sea, y saber que ya no lo es.

Un pasado sin vinculación con el paisaje que tenemos antes nosotros nos convierte en fantasmas. Cómo puede uno perderse, tantas veces, en un sitio tan pequeño. Si la memoria no es capaz de materializarse, ¿qué esperas que te sostenga? Este es el fundamento de la percepción: por todo lo que intentas asimilar esperas ser reemplazado. De aquí para allá. Anhelando, todavía hoy, encontrar algo a lo que estar unido.

Hubo un momento difícil: el umbral se estrechaba y yo sólo quería echarme de lado. Nos entristece el sueño, el cansancio sublime, porque vuelve contra sí misma cualquier aspiración nuestra.

¿Es el instante pleno una comunión con el mundo simultánea al desprendimiento de uno mismo?

El lenguaje dirá si fui un escritor responsable, o sea, comprometido únicamente con el lenguaje.

Aquí seguimos, alrededor de un hueco, en esta especie de herradura, escuchando, y yo sólo quiero ya esto: por el día escuchar; por la noche, el otro día ahora, escribir y así una semana un mes y un mes un año. Fantasma sí, pero esta vez fantasma entre fantasmas: afinidades dispersas, ya para siempre inaccesibles porque nunca fue un medio el silencio.

Un hombre corre en la estación de Atocha. Yo recuerdo, con un temblor interno, y miro a las vías intentando ver algo más que me permita unir un tiempo con otro. Pero no lo veo. Un tren llega a su hora, supongo, pese a mí temblor y mi recuerdo.

Cuando no sabes por dónde ir, sigues recto, eso ilustra cuanto no alcanzas a explicar. ¿Acaso las fotos que hacías no te proporcionaban un goce basado en la intervención de la luz y una feliz disposición de los colores? Y lo que es más importante: ¿Por qué esta pregunta te devuelve al punto de partida?, ¿podrá alguna vez ese placer conmoverte?, ¿será la forma sin uno y sin el otro alguna vez suficiente?

Café Alma Bar, Todonotas: registras automáticamente cualquier reflejo inesperado y sufres porque este reconocimiento no genera correspondencias.

Si no hay acción ¿qué diferencia a la narración de la descripción? El movimiento interior que te empuja una y otra vez a nombrar. ¿Significa eso que en ese instante lo narrado en lugar de ser el objeto de la narración pasa a ser el destinatario? Algo así.

El calor imita a la ansiedad y bajo su imperio sólo puedes girar y girar hasta el delirio, hasta la absoluta integración en una realidad exclusiva.

Ahora que ya sólo la amabilidad te conmueve (y conmoverte sigue siendo tu manera de estar agradecido) no valorarás más que lo dado por supuesto, el día nuevo, entre otras muchas cosas.

No podría vivir ya en esta ciudad, aquí los coches aceleran al acercarse al paso de cebra. Sí, va todo el mundo con prisa. No es la prisa lo que me abruma sino la arrogancia.

Prefieres la música.

Quedan unas cuantas paradas hasta Alcalá y me parece bastante razonable empezar bien el día. A la serenidad no se llega a través de grandes acontecimientos que compensen o contrarresten la tristeza sino mediante sencillos gestos que la mantengan a raya. Dejo el dorso de mi mano en el cristal de la ventana, sólido y suave y templado.

Debo ir más allá. Lo sé. Lo siento. Pero tal vez no se vaya más allá. Tal vez más allá simplemente se llegue.

Nosotros estamos… no sé dónde estamos, dice una chica desde alguno de los asientos que hay tras de mí, por teléfono, supongo.

Me separo, no, me recojo.

Pero nada puede hacer por mí la música: he encontrado un ritmo Y un ritmo no acepta otro ritmo.

Donde vaya a pasar más de una noche iré siempre con una maleta, qué razón tenía Marta. Cada vez que oigo la señal de un WhatsApp creo que es ella quien escribe y mi teléfono el que suena. Cuando no es así me quedo un poco más solo. Si es que se puede estar más solo y no solo y punto. En este caso es Marta, me doy cuenta: es fácil reconocer la señal. Viene siempre acompañada de una vibración.

Dale a tu narración el ritmo de una sola frase que, colmada de sentido, concluya únicamente cuando al que hable se le haya acabado el aire. Registra tus reacciones. Para que cada una de ellas ayude a conformar un único gesto que termine representando el vínculo exclusivo entre el mundo y tú. Espera del ritmo la gracia, no de la forma ni de cualquier otra armonía. Sigue, si quieres seguir. Y que sólo la ilusión te mueva.

Aquel que, antes de indicarme por donde se iba a la biblioteca, dio una vuelta alrededor de sí mismo para orientarse. ¿No es eso lo que hacemos todos al escribir?

Estoy pagando unos regalos en la tienda de la universidad cuando alguien dice: Es un grupo de visitantes, son veinte y el responsable. Uno de los empleados lo apunta en algún sitio, creo, me mezclo entre los visitantes para irme y a mi paso alguien, el responsable, supongo, dice: Este señor no viene con nosotros.

Aquí todos saben dónde están el ayuntamiento y la estación pero no todo el mundo sabe dónde está la biblioteca. Le pregunto a una mujer cuyo acento no logro identificar y dice: No, estación, no, de frente, y, acompañando sus palabras con un movimiento de su brazo que parece añadirle una idea de final, dice: Todas las calles llevan a una redonda. No la corrijo, por supuesto, aunque tal vez contar esto sea también hacerlo.

Cruzo. Sólo al oír el ruido de una moto al arrancar me pregunto si hay un semáforo y si no estará en rojo. Acabo frente a un muro, tras el cual ya se ven los trenes. Subo por un paso metálico. Cuando llego abajo me espera otro muro y los trenes, los de antes, han quedado atrás. Recorro el puente en dirección contraria, desandando mis pasos. El calor y el desánimo me convierten en una madeja. Esto es como pasar por encima de una gran bañera, de un lado a otro, y no poder meterme en ella.

No deja de parecerme extraño que el renacer de la ilusión haya tenido que ser traído por el final objetivo de la juventud, sólo a través de la mirada ajena te vuelves un hecho.

La voz de megafonía anuncia que la Fnac cierra sus puertas, el chico de la caja cuenta las monedas angustiado. De vez en cuando levanta la cabeza con miedo e inmediatamente la baja sin dejar de contar. Me vuelvo en la dirección en la que estaba mirando y veo a una compañera suya, más que seria, que debe de ser la encargada. Opón a esta imagen la de todos aquellos a los que a lo largo de tu vida viste estirar inmediatamente el brazo cuando algún desconocido, al pasar junto a ellos, resbalaba. Puedes hacerlo, es lo que tienes.

Estos días sirvieron para que vieras cómo se ampliaban los límites de tu isla. Y es suficiente. Tal vez ya siempre habites en la disonancia. Habites, nunca más reacciones a ella. La disonancia, por ejemplo, entre la urgencia con que se manifiesta la sed y lo pronto que se ve saciada; la disonancia entre cómo te sientes y todos los que, a lo largo de estos días, al dirigirte a ti te trataron de usted. Quizá tu perplejidad ante este hecho tenga que ver con tu desamparo de siempre, con una promesa inicial que nunca llegó a cumplirse.

El Alsa está lleno, ya en mi sitio junto a la ventana alzo la vista, miro al frente y veo que sólo yo he encendido la luz antes de que el conductor haya apagado las de todos los pasajeros. Me gusta eso, empezar el viaje de vuelta con una luz de más.

En los cuadernos de Handke no viste ni un solo tachón, recuerdas los de Celan, ¿había alguno en los de Celan?

Traías para ti un regalo: la posibilidad (eso eran tus notas) de restituir una plenitud reducida a la certeza de que hoy lo interior y lo exterior no sólo serán dos cosas distintas sino dos cosas separadas. Pienso en el principio que iba a ser otro y, de la mano de un final que tampoco iba a ser este, comprendo que entraña una ofrenda el vacío con la que jamás podrá soñar lo incompleto.

Chus Fernández es escritor