Que los brotes de las cosas
salgan y aparezcan…
¡Es el fundamento de todo!
Kyoshi

En el año 1888 el postimpresionista Vincent Van Gogh aseveraba que “con ojos japoneses se ve más; se siente el color de un modo distinto”. Y no sólo el color, el japonismo dejó una honda impronta en los artistas europeos en materia de composición y perspectiva, de sutilezas en el tratamiento de la luz, de capacidad de síntesis a partir de la realidad y de espiritualidad.

Desde entonces hasta ahora puede rastrearse en buena parte del arte occidental este influjo oriental que, cuando está bien interiorizado y concretado, no supone una banal apropiación exótica sino la destilación de unos códigos estéticos convenientemente tamizados y fusionados con la herencia artística del contexto sociocultural en el que cada cual está inserto. Es el caso del trabajo de David Rodríguez Caballero, descendiente tanto de la geometría del plegado de los ropajes de la pintura flamenca y de Zurbarán como de la curva-contracurva del barroco italiano, y seguidor de un pionero de la escultura moderna como Constantin Brancusi tanto como del minimalismo, monocromatismo y conceptualismo de la pintura de Robert Ryman. Muchas y variadas influencias combinadas en su justa medida y aderezadas con la quintaesencia de la cultura nipona.

David Rodríguez Caballero ha confesado en varias entrevistas ser gran admirador de la literatura de Yukio Mishima llegando a afirmar que el escritor ha sido una figura fundamental para su desarrollo como artista. Los textos de Mishima trasladan al lector a las costumbres y a las tradiciones del Japón más puro a través de un lenguaje bello y descriptivo. En obras como El rumor del oleaje, publicada en 1954, deja patente la sutileza y la delicadeza de los preceptos orientales a través de una historia de amor mecida a lo largo de todo el relato por el ritmo ondulante del mar y sus reflejos lumínicos. Al igual que la topografía descriptiva de la literatura de Mishima, Rodríguez Caballero explora en sus obras la topografía de las superficies de los materiales, las recorre minuciosamente e imprime en ellas su propio rumor del oleaje.

Pensamiento y acción constituyen la cara y la cruz (en igualdad de condiciones) de todo su proceso creativo. La abstracción mental se combina con una intervención de plegado (o desplegado), sustracción (lijando) o adicción (superponiendo tiras de vinilo) sobre el material con el objetivo de revelar el alma del mismo. ¡Es el fundamento de todo! El haiku japonés que encabeza este texto lo proclama. De nuevo la literatura oriental hace acto de presencia en su trabajo, ahora por medio de la forma poética. El haiku más que decir, sugiere y, las obras de David Rodríguez Caballero, más que un resultado con final cerrado, significan un gesto y un interés por mostrar el método y su estela. Esto es, insinúan más que explicitan. Juegan a la sugerencia con el fin último de establecer un diálogo entre pieza y espectador. Invitan a descubrir el sedimento de la actuación del artista sobre el papel vegetal, el aluminio o el latón.

Matsuo Basho, maestro del género, afirmó que el “haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Supone un ejercicio espiritual (tanto en su creación como en su lectura) y está vinculado al concepto zen del satori (iluminación que permite penetrar en el ser de las cosas). Los trabajos de DRC tienen la dimensión poética de un haiku, su síntesis y levedad, su ritmo compositivo y equilibro interno, su refinamiento. Persiguen lo esencial y para ello el artista las desnuda de artificio y de retórica. Su satori es alcanzado a través de una ascesis desacralizada que reconcilia conceptos opuestos: la recta y la curva, lo rígido y lo dúctil, el peso objetivo y la ingravidez aparente, lo cóncavo y lo convexo, la adicción y la sustracción, el control y el azar, la luz y la sombra, la opacidad y la transparencia. Este equilibrio de contrarios conlleva un profundo control de cada uno de los distintos soportes con los que trabaja, de sus texturas, de sus posibilidades de refracción… para que los brotes de las cosas salgan y aparezcan.

Rodríguez Caballero realiza un elogio de la huella en el material con ecos literarios. Resuena Junichiro Tanizaki: “lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra”. Pero, en su caso, su elogio de la huella no denosta la luz, “el más poderoso aliado de la belleza en Occidente” en palabras de Tanizaki, sino que su combinación con la sombra es el aliado perfecto de ambas culturas. Además, al artista no sólo le importa el efecto. La causa es principio rector. Es clave la meditación previa a la intervención sobre el material, el empirismo, el sentido del tacto, la maniera y la resignificación de las superficies a través de su huella. Porque los materiales también tienen alma.

«Bondings», David Rodríguez Caballero
Galería Aurora Vigil-Escalera
Capua 21, Gijón
Hasta el 7 de octubre


Natalia Alonso Arduengo
 es gestora cultural