La noche del viernes el público que asistió al Teatro Jovellanos de Gijón pudo disfrutar del montaje de Pablo Messiez, He nacido para verte sonreír, una producción del Teatro de la Abadía e Ignacio Fumero Ayo que muestra cómo ese modo tan personal de hacer teatro del director argentino, que sigue apostando por el teatro de palabra y la sencillez de los lenguajes que juntos se hacen profundos en las tablas, encaja a la perfección con la tradición de experiencia más que consolidada, y siempre inconformista, del equipo de la Abadía, que sigue convirtiendo en belleza teatral todo lo que toca.

El mayor valor del montaje quizá sea lo mismo que a su director le hizo apostar por el proyecto, dar vida al texto del dramaturgo y cineasta Santiago Loza, también argentino, inédito hasta la fecha en los escenarios españoles, y que el viernes cautivó al público gijonés como lleva sucediendo desde que ya hace unos meses se estrenase la obra. Las palabras del propio Pablo Messiez al respecto bien podrían hacerlas suyas los espectadores de He nacido para verte sonreír: “Desde la primera vez que vi en escena un texto suyo, quedé cautivado por el modo de señalar el misterio que habita en cada intimidad. Amor y horror conviven en sus obras, encarnados generalmente en mujeres. Mujeres que no pueden dejar de hablar para intentar comprender de qué tratan sus vidas”. El trasfondo del texto de Santiago Loza entronca por tanto con esa línea teatral tan Messiez de explorar el valor y los límites del lenguaje, de ese gusto tan suyo por sumergirse en argumentos aparentemente sencillos pero dolorosamente profundos, inquietantes, filosóficos, incluso, de impacto y repercusiones psicológicas para los personajes, los actores y el público.

La linealidad de la trama de la obra, una madre que se despide de su hijo antes de ingresarlo en un centro para que lo ayuden con su trastorno psíquico, o en palabras de la madre en escena: “tengo un hijo que se volvió loco. Esta tarde lo llevamos a encerrar”, se refuerza con el tratamiento del tiempo y del espacio. Por un lado, la concentración del tiempo de la historia, coincidente aproximadamente con el tiempo de la representación, hora y media, marcado por un pequeño reloj atrezo de la escenografía, a la vista constantemente del espectador, y en presencia continua también con las referencias al tiempo que falta para que llegue el padre a buscarlos. Y por otro, un espacio dramático que es siempre el mismo de principio a fin del montaje; asfixiante por momentos pero necesario, esa cocina de colores mediterráneos, pero pastel, tan realista y perfecta, tan ordenada e inmovilista, tan de catálogo, que atrae y asusta al mismo tiempo, y que advierte sobre el modo de ser de los que la habitan, que incluso visten a juego, como la madre de la primera parte, en azul pastel y crema. Un espacio que Elisa Sanz, encargada de la escenografía y el vestuario, lleva a su terreno, con su sello particular, el de la belleza plástica y el mimo de los detalles, combinados con esa imprimación poética que sabe darle siempre y que en este caso logra con una estructura de palos trenzados que envuelven el decorado simulando ser un gran nido de pájaro como el que también se suspende en el aíre en el centro de la escena.

La concentración argumental, temporal y espacial se completan con el poderoso reparto a dos de Isabel Ordaz como la madre y Nacho Sánchez como el hijo: él permanentemente en escena, desde el inicio in media res a ritmo de simbólico bolero, “Sin ti”, que también se utiliza en el magnífico cierre circular de la obra, pero siempre callado, adoptando un doloroso y comunicativo silencio de costosa interpretación e intenso trabajo actoral; y ella, la madre, ausente sólo en el principio mientras suena el bolero (un momento necesario para delimitar la individualidad de los personajes y valorar la relación de cada uno con el espacio y medir el impacto del personaje femenino en la débil personalidad del “polluelo desvalido”) y aproximadamente a la mitad de la obra, cuando en el clímax del dramatismo la madre abandona la escena vencida por la frustración de no poder conseguir comunicarse con su hijo. Es en este nuevo momento de soledad escénica en el que el personaje del chico vuelve a mostrarse más vivo, más persona, ya no al sentir la música y bailarla y disfrutarla a su manera, como en el inicio, sino al dirigirse al grifo de la cocina para mojarse la cabeza buscando quizá que también a él el agua caliente le calentase la sangre y pudiese cumplir de ese modo los deseos de su madre.

El montaje de Messiez consigue subrayar la belleza del texto de Santiago Loza convirtiendo en paradoja escénica la confrontación comunicativa que plantea su texto, dando vida al choque del torrente de palabras de la madre y el muro de silencio contenido que es el hijo. Isabel Ordaz, espléndida en los giros que requiere el texto, asume el peso dialógico de la obra; sólo ella habla en escena, en un diálogo continuo con un hijo silente, que la lleva a mezclar y confundir el monólogo con el diálogo, hasta el punto de hacer suyos los de otros personajes que ella misma revive en escena con sus palabras, como sucede con Laurita, la chica que la ayuda en casa. Y no mezcla sólo las formas de dicción sino también los asuntos: del relato de lo que ha hecho durante la mañana, a las reflexiones sobre la vida o la muerte, de los recuerdos de cuando ella o su hijo eran niños a los lamentos desgarrados de una madre que se rompe, del análisis de la realidad circundante, de su vida, de su matrimonio, de su maternidad a las opiniones triviales y parciales sobre la vida y costumbres de Laurita.

La obra logra una atmósfera emocional intensa que activa paralelamente una corriente de pensamiento que dialoga con lo que sucede en las tablas. Las palabras dicen pero la ausencia de ellas también. Los giros que exige la interpretación efectiva de este texto perfila la profundidad psicológica de un personaje poliédrico en el que podemos encontrarnos todos. Su discurso en bucle y sus continuos desdobles de dicción, de temática, de tonalidad o de humor, hacen dudar al espectador por momentos del estado de salud mental de la progenitora, de si ella habría sido incluso la causa del estado de su hijo, e incluso invita a observar con lupa los movimientos y acciones del chico, al que se le somete a una especie de estudio comparativo con la psique de su madre. Pero la fuerza del amor de esa madre por su hijo, del intento de fuga in extremis, y sobre todo de su reacción cuando el chico se comunica por fin sonriendo, conmueven a un público que ve cómo lo que le hace sonreír no son las llamadas dolientes y dolorosas, exigentes o suplicantes, recriminatorias o angustiadas, de la madre, sino su gesto de poner la radio y el azar de que sonase precisamente “Sin ti”, el bolero, el llanto bello que en definitiva es toda la obra.

Rosana Llanos López es profesora especialista en teatro
rossllanoslopez@gmail.com