[Publicado originalmente en 14 de agosto de 2016]

Todos somos héroes cuando combatimos la soledad, el aburrimiento, las taras físicas o mentales que va dejando el paso del tiempo y la proximidad de la muerte. Esto es lo que nos hicieron sentir Juan Gea, Luis Varela e Iñaki Miramón, reparto de la comedia Héroes, dirigida por Tamzin Townsend, en el estreno absoluto de la obra en el teatro Palacio Valdés.

La noche del viernes 12, y dentro de las Jornadas de Teatro de Agosto, el público del teatro Palacio Valdés de Avilés pudo disfrutar del estreno absoluto nacional de Héroes, la nueva propuesta de la directora Tamzin Townsend, inglesa afincada en España, con más de cuarenta montajes a sus espaldas, y más conocida en los últimos años por El Método Grönholm o Un dios salvaje, por La última sesión de Freud, aún en cartel, o por su adaptaciones teatrales de Días de Vino y Rosas o Seis clases de baile en seis semanas (protagonizada esta última curiosamente por la pareja artística que el viernes anterior estrenó también en este teatro La velocidad del otoño, Lola Herrera y Juanjo Artero). No es la primera vez que Tamzin Townsend estrena en este teatro; aquí estrenó por ejemplo El Método Grönholm, que se ha representado durante cinco años, de ahí que para esta directora, como ella misma ha declarado, Avilés se haya convertido en una especie de talismán.

Y no le fallará tampoco en esta ocasión. La obra gustó a los espectadores que llenaron el Palacio Valdés, que se divirtieron, y se enternecieron a la vez, con Gustave, Henri y Philippe, tres veteranos de guerra que coinciden en un hospital de excombatientes, en el que ahora matan el tiempo y luchan contra el aburrimiento, con las armas del pasado (el recuerdo de sus historias personales), la munición del presente (la peculiar mirada que tienen sobre su mundo y el análisis distorsionado pero veraz que hacen de su situación) y la artillería del futuro (con la planificación de una fuga, la “Operación Álamo”). Ante el absurdo convencimiento de la muerte próxima de Philippe, Gustave propone huir juntos; lo de menos es a dónde: su idea inicial, la exótica Indochina, el pueril picnic a las afueras de la residencia de Henri o la opción del propio Philippe, que finalmente será la aceptada por todos, ir hasta los álamos que hay en lo alto de la colina que ven desde su terraza.

Esta fuga y sus preparativos ocupan la parte central de la comedia, no sólo por su vis cómica, que en este caso suma a los diálogos encontrados y chistes verbales la comicidad escénica, sino también por su significado. Todos sabemos que no van a poder realizar esa escapada; ellos también lo saben. Pero sólo su idea les permite salir de ese lugar del único modo que pueden, “volando”. No en aviones de guerra, ni como las aves migratorias, pero sí con la capacidad inherente e inmortal del ser humano para soñar e imaginar. Esa tampoco se pierde en la vejez; de hecho se hace sin tantos filtros y miramientos adultos, más disparatada y absurda, casi como la de la niñez, pero con el envés trágico de su actual razón de ser y de lo que ésta significa.

Por eso, aunque sea disparatado que se quieran llevar con ellos al perro de piedra que hay en la terraza de la residencia en la que se desarrolla toda la obra, es totalmente comprensible cuando se trata del perro que Philippe ve moverse, del perro que ayuda a Henri a poner algo de cordura entre tanto dislate y del mismo perro que acompaña y con quien habla Gustave sin los inconvenientes y fobia que parece producirle, en cambio, la interacción humana. Ese perro se convierte en el cuarto personaje en escena y en uno más de ellos, de ahí que no puedan dejarlo fuera de la “Operación Álamo”. Vuelve a resultar inverosímil que los tres puedan pensar en huir con una estatua de cien kilos, incluso ellos saben que no podrán hacerlo (Henri se encarga de explicitarlo), pero así y todo sueñan con ello y lo idean. Después de todo los tres soportan diariamente una carga mayor que el peso de esa estatua: vivir sus vidas un día tras otro.

Todo este universo lo crean sobre las tablas tres actores muy conocidos de la escena española, el cine y la televisión: Juan Gea (Gustave), Luis Varela (Henri) e Iñaki Miramón (Philippe), o en palabras de su directora, y siguiendo el orden, el loco, el mayor y el enfermo, refiriéndose obviamente a los personajes. Con la experiencia que tienen los tres actores en el teatro y en la comedia, era fácil presuponer que sus interpretaciones no defraudarían, aunque hacer reír y emocionar a un tiempo no sea precisamente una tarea fácil. Cumplieron las expectativas del público asturiano y sobre todo consiguieron aunar esfuerzos para generar un buen efecto de conjunto que sólo se logra cuando se prioriza la obra sobre las individualidades.

La misma complicidad que se notaba entre los actores del reparto y en general entre todo el equipo (que con su directora a la cabeza saludó al auditorio avilesino al final), se trasladó a las butacas de un público que se enfrentaba otra semana más al tema de la vejez y las posibilidades para sobrellevarla con dignidad aun sabiendo que el final está cerca. Esta es la propuesta del texto original, “Le vent des peupliers”, del dramaturgo francés Gèrald Sibleyras, escrito en 2003, y traducido en el 2005 al inglés como “Heroes” por el escritor Tom Stoppard; la calidad del texto le hizo obtener el premio Lawrence Olivier a la mejor comedia del 2006 en Londres. Tamzin Townsend opta en esta ocasión por mantener el texto sin adaptar a la actualidad, de ahí que los personajes y el ambiente se mantengan en 1959, así como por dar protagonismo a la capacidad para contradecir que se le reconoce al dramaturgo francés, algo que se deja ver tanto en el tema, y su particular mirada sobre la vejez, como en la viveza de sus diálogos.

Del mismo modo, Tamzin Townsend logra acercar al público español la realidad teatral anglosajona con su propuesta escénica de escenario fijo (que insiste en el hermetismo en el que viven los personajes) y de estructura en cuadros de vida diurna en esa terraza en la que sucede todo, muy del gusto de las sitcoms o comedias de situación televisivas cuyos episodios se desarrollan regularmente en los mismos lugares y con los mismos personajes. No hay risas enlatadas en escena pero sí unos enlaces entre cuadros, siempre nocturnos para generar contraste, con apariciones de los personajes combatiendo, que inciden en el trasfondo absurdo, o no tan absurdo, de la obra.

Los tres personajes fueron y son inverosímiles héroes de guerra, pero en sus días finales en esa residencia terminan por mostrársenos como verosímiles héroes de vida; porque no hay mayor heroicidad que la de sobrevivir al tiempo cuando éste ya no es aliado sino adverso, y hacerlo manteniendo intacta una ilusión, y a poder ser con una sonrisa.

Rosana Llanos López es profesora, especialista en teatro
rllanoslopez@hotmail.com