Chechu Álava ante "Blonde" en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Foto: Mónica de Juan

La Verdad hace arder el fuego y moverse el aire, hace brillar el sol y crecer la vida.
David Lynch, Catching the big fish

Ya tiene algunos años, pero parece detenida en el tiempo, Blonde (2008) es un óleo sobre lienzo de 130 x 89 cm. realizado por la pintora asturiana Chechu Álava (Piedras Blancas, 1973) que podemos contemplar en la sala 27 del Museo de Bellas Artes de Asturias.

El reconocimiento de la artista y su proyección internacional es constante. En 2013 fue elegida para el proyecto “100 painters of tomorrow” donde están presentes los nuevos talentos de la pintura mundial. De este evento la editorial Thames and Hudson publicó un cuidado catálogo con los seleccionados. La artista ha hecho de París, ciudad en la que reside desde hace años, un lugar idóneo para seguir descubriendo y profundizando en el arte de todos los tiempos.

Hasta principios de noviembre, junto a su hermano Juan Fernández Álava, ha expuesto en la galería Espacio Líquido de Gijón. El título de la muestra lo dice todo: Volver a pintar, refiriéndose a un breve paréntesis que, por otro lado, le ha permitido cargarse de energía para retomar con fuerza su trabajo. El título también se podría entender como una nueva mirada a los clásicos para “volver a pintarlos”; así ocurre en esta ocasión con el cuadro El placer de la Venus de Urbino, inspirado en el famoso lienzo de Tiziano. En el texto de presentación de esta muestra, Chechu Álava comenta: “mirar atrás e intentar pintar algo ya hecho pero inagotable es una de las mil maneras de crear”.

Blonde, el cuadro expuesto en el museo, fue el primero de una serie de retratos femeninos creados con el estilo inconfundible que sigue caracterizándola. Obra planteada desde una singular estética formal y temática, parece una criatura surgida a partir de otras, no es un retrato, no es “nadie” en concreto, está confeccionada a partir de fragmentos anatómicos de distintos modelos o referentes que germinan en esta imagen estilizada e inquietante. Junto a Parisienne y Retrato Azul, obras realizadas entre 2008 y 2009, constituyen la base de otras que llegaron más tarde como Mémoires d´une jeune fille rangée (2010), Olympia (2011) y, más recientemente, Las doncellas (2013-2016), pinturas en las que al espacio desnudo original ha ido incorporando, sin perder la sobriedad, muebles y elementos decorativos que en vez de introducir cercanía, acentúan su carácter misterioso, acercándose a las pinturas de Balthus.

La pérdida de nitidez de la imagen se convierte en una singular técnica que consigue que una nebulosa envolvente unifique el conjunto. La artista comenta que hay cuestiones formales en su pintura que nacen de manera natural, y una de ellas es la borrosidad: “surgió al intentar pintar por capas como los antiguos maestros. También buscaba pintar el aire que nos rodea, a la vez que la corporeidad. Y todo se fusionaba…”

Tras su enigmática belleza, Blonde esconde una criatura nacida de la reconstrucción o suma de partes, tema fascinante presente en diversos momentos de la plástica donde esa valoración del fragmento, como fuente creadora, ha ocupado su lugar, baste citar la narrativa romántica de Mary Shelley y Frankenstein, los collages dadaistas de Hannah Höch, o los Autorretratos disfrazada de clichés femeninos y Retratos históricos de la fotógrafa Cindy Sherman. Todas ellas gestadoras de extrañas y encantadoras criaturas, nuevos seres nacidos con un insólito esmero que nos enfrentan al abismo de la existencia, un planteamiento cargado de romanticismo, de búsqueda incesante de una verdad que como, dijo David Lynch, “…haga crecer la vida”.

Chechu Álava en su estudio de París
Chechu Álava en su estudio de París

 

La mujer es la gran protagonista en su trabajo, es más, Chechu Álava concilia este anónimo y extraño perfil femenino con retratos de creadoras famosas como Frida Kahlo, Camille Claudel, Hannah Arendt, Eva Hesse, Silvia Plath, Marga Gil Roësset y un largo etcétera. En este sentido se podría afirmar que su espíritu feminista y su propia naturaleza femenina se funden de tal manera que es imposible desgajarlos. La galería de retratos sirve para refrescar y reivindicar la memoria de algunas de las más influyentes mujeres en los diversos ámbitos de la creación. Son imágenes que hablan de la dignidad de la mujer y que parecen indagar, a través de sus diversas actitudes, en la intimidad de las protagonistas, en sus desgracias. Hay algo personal en su elección, pero también pedagógico, puesto que nos da la oportunidad de recuperar sus memorias, sus trayectorias profesionales y vitales.

Es frecuente que entre las reflexiones de la artista, haga mención a lecturas que delatan su preocupación por llegar a entender el mundo de la creación. Me refiero a sus anotaciones sobre Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro de Betty Edwards que contiene la idea de que todos podríamos aprender a dibujar, que existen técnicas que lo permiten, pero no se fomentan, o Catching the big fish de David Lynch, donde se plantea cómo a través de la meditación podemos acercarnos a las artes, cómo la instrospección puede llegar hasta lo más profundo del individuo para indagar y entender nuestra propia existencia, dice la artista que “la meditación le cambió la vida, que le enseñó a conocerse de verdad, ayudándola a bucear en aguas profundas donde se encuentran grandes ideas o grandes imágenes”.

Blonde es de presencia delicada, pero no exenta de solemnidad. Muestra una desnudez que responde a un cierto clasicismo, pero se distancia de él por una anatomía singular de extrema delgadez y palidez, y por su mirada frontal y rostro desdibujado. Detenerse ante “el retrato” provoca en el espectador una ambigua sensación de conocer ese prototipo compositivo, parece que en ella se condensen siglos y siglos de pintura. La artista desvela su devoción por el arte de los museos -“me encerré en los museos”-, y una admiración por los clásicos que se fue incrementando a medida que se alejaba del expresionismo que había caracterizado sus trabajos de universidad. Alguno de los retratos más conocidos de Velázquez o Goya han dejado huella en su trabajo rompiendo el tiempo y la distancia, actualizándolos. Hay también una extrema simplificación ambiental, una referencia mínima a un lugar “mudo” que acentúa la ambigüedad de la obra. La modelo está situada en el punto de confluencia de los planos arquitectónicos, en el encuentro entre la pared y la jamba de la puerta que incorporan, conscientemente o no, aspectos de armonía casi místicos que ya, en alguna ocasión, se han relacionado con los silenciosos interiores del pintor danés Vilhelm Hammershøi y que me recuerdan la intemporalidad de las Sinfonías en blanco de Whistler y alguna de las obras más enigmáticas de Camille Corot como Nature et rêverie.

La obra de nuestra artista es novedosa y original, la clave está en la profunda sensibilidad de su creadora y su interés hacia toda la Historia del Arte y el mundo que la rodea. Sus imágenes conviven entre nosotros, ya forman parte de nuestro imaginario artístico. Leyendo “Conversación”en Retrato de familia, se intuyen muchas de sus preocupaciones plásticas, habla de la inspiración, la intuición, la capacidad para saber cuándo algo requiere ser pintado y, sobre todo, sabe que el estado del espíritu o de la conciencia con el que se pinta, se transmite a la obra y al espectador. Chechu Álava nos hace percibir que el mundo del arte, como cualquier otro, es uno de los múltiples caminos que el ser humano elige para llegar a la verdad, ese gran misterio.


“Blonde”, 2008

Chechu Álava
Óleo sobre lienzo, 130 x 89 cm.
Museo de Bellas Artes de Asturias, sala 23

Más información:
Sobre la artista
Entrevistas: [1] [2] [3]


Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es