Vsita de la exposición, con piezas de Federico Granell (primer plano) y Mónica Dixon

La mayoría de las lenguas usan
el término “vivir” en el sentido de habitar.
Hacer la pregunta “¿Dónde vives?” es preguntar
en qué lugar tu existencia modela el mundo.
“El arte de habitar”, de Iván Illich

El habitante es al espacio lo que el espacio al habitante. Y, siguiendo a Bacherlad y a Pallasmaa podemos sentenciar: habito una casa y la casa habita en mí. ¿Se puede habitar sin un domicilio fijo, sin un lugar al que regresar? La existencia de cada cual cobra sentido en la intimidad de la casa que revela un mundo propio e intransferible. Un mundo que sólo se aprehende habitando. ¿Es posible esta circunstancia de anclaje existencial viviendo de un lado para otro en un tránsito continuo?

Los distintos trabajos de Esther Cuesta, Mónica Dixon, Isabel Gil, Federico Granell y Faustino Ruíz de la Peña invitan a reflexionar acerca de la casa como espacio multisensorial. Más allá de su estructura formal y de su arquitectura, más allá de su fin utilitario, existe una fuerte vinculación entre la casa y su habitante a través de procesos mentales en los que entran en juego la memoria y los recuerdos, ya sean propios o heredados. La casa, como espacio vivido, está lleno de afectos y sensaciones. La fenomenología del habitar implica a todos nuestros sentidos. Los distintos ambientes tienen sus olores característicos y los objetos cotidianos están cargados de significados. A través de todos ellos generamos asociaciones. ¿Quién habita esas moradas o quién las habrá habitado? La dimensión temporal también está presente a través de los diferentes estratos que van sustituyendo o superponiendo sus moradores. Así, se genera toda una narrativa que tiene su fin último en la ruina, en el abandono. Y, aún deshabitada, entre la vegetación que se apodera de la arquitectura, entre las ventanas rotas y los papeles desgarrados de los paramentos, el olor a humedad y el eco del vacío, es posible percibir la carga emocional que albergaron las cuatro paredes.

¿Se puede leer una casa? Según Bachelard la casa y la habitación son “diagramas de psicología que guían a los escritores y a los poetas en el análisis de la intimidad”. También muchos artistas como Edward Hopper y Andrew Wyeth la han abordado en la pintura y nombres como Per Barclay y Louise Bourgeois en la escultura. Citarlos a todos sería poner puertas al campo porque se trata de un tema omnipresente en la Historia del Arte. Quizás la causa y el origen esté en sus raíces atávicas. Jean Frémon, en un ensayo sobre Bourgeois analiza este interés partiendo de máximas bachelardianas: “La casa es el primer escenario de la memoria. El sótano, la escalera, la habitación, el desván, el armario, la ventana son formas sobre las cuales, inconsciente y racionalmente, se modelan y se fijan nuestros deseos y nuestras obsesiones”. La casa onírica como icono arquetípico ha sido objeto de análisis para mentes como la de Carl Gustav Jung existiendo, incluso, una prueba en psicología puesta en marcha por la doctora Françoise Minkowska quien ha estudiado los dibujos de casas hechos por niños con el fin de analizar sus estados emocionales. Sin convertir al espectador en psicólogo de la casa, la muestra “Un lugar donde habitar” invita a reflexionar sobre el morar, sobre conceptos como intimidad y domesticidad, sobre la dicotomía interior-exterior y, especialmente, a tomar las siguientes palabras de Juhani Pallasmaa como punto de partida: “Las casas de los artistas son inútiles e inhabitables en un sentido práctico; no nos protegen de la tormenta ni del frío de la noche. Las casas de los artistas repasan y exploran imágenes, mitos, recuerdos, deseos y sueños de habitación. Los artistas conciben imágenes mentales de la casa donde vivimos existencialmente, proyectan la casa del alma.”

“Un lugar donde habitar”
Exposición colectiva
Casa de Cultura de Pola de Siero (c/ Alcalde Parrondo 30)
Hasta el 13 de abril


Natalia Alonso Arduengo
 es gestora cultural