Los trekkies siempre vuelven. En el medio siglo que ha transcurrido desde el estreno en televisión de la serie original de Star Trek, el universo creado por Gene Roddenberry ha superado una primera cancelación en televisión, el sucesivo paso al medio animado y a la gran pantalla, un cambio generacional y lo que parecía el agotamiento último de la fórmula con Star Trek: Némesis (2002). Filme que, para muchos, marca el hito más bajo de toda la serie de películas (en competencia con ese delirio deífico titulado La última frontera) y apenas recordado hoy por dar la alternativa a un jovencísimo Tom Hardy como antagonista.

Siete años después del desastre de Némesis, la saga recuperó brío con el fichaje de J.J. Abrams, quien reformuló con ingenio las coordenadas de la saga introduciendo como tema central la pérdida de los progenitores y desarrollando todo un universo paralelo a partir de una línea temporal alternativa, algo ya explorado en la saga original y que el propio Abrams y sus colaboradores, Alex Kurtzman y Roberto Orci (además de un Damon Lindelof centrado en tareas de producción), habían evolucionado en la memorable serie Fringe (2008-2013). Una receta que el cineasta sazonó con un notable incremento del ritmo habitual de la saga, con una preponderancia palpable de las escenas de acción.

Pese a estas novedades, Abrams, Kurtzman y Orci se mantuvieron fieles al retrato de la sociedad utópica trazado por Roddenberry, a la filiación genérica dentro de la ciencia-ficción pura (frente al mestizaje con el fantástico de Star Wars) y a la condición de la tripulación del Enterprise de genuinos exploradores, en la mejor tradición de la novela de aventuras decimonónica. El cóctel no gustó a parte de los más acérrimos trekkies, pero conectó con una nueva audiencia y propició que Star Trek volviese a aspirar al trono de Star Wars como saga de referencia de la ciencia-ficción. Una posición que, en términos de taquilla, se vio reforzada con Star Trek: En la oscuridad (2013), segunda incursión de Abrams en el universo trekkie, en este caso para firmar una enérgica aunque irregular (quizás por el retorno de Lindelof a las tareas de guionista) revisión de la que, para buena parte del fandom es la mejor película de toda la saga: La ira de Khan (1982).

Cumplido el reto de relanzar Star Trek, Abrams aceptó el encargo de Disney para hacer lo propio con Star Wars, dejando huérfanos a los trekkies. Vistos en perspectiva, sus logros con la saga creada por Roddenberry no tienen el alcance esperado, principalmente porque su segunda entrega adolece del arrojo que había marcado diferencias en la primera. Si en el reboot Abrams y sus colaboradores no habían tenido problemas en cargarse al padre de Kirk e, incluso, a todo el planeta natal de Spock para reformular las coordenadas del universo trekkie, en la segunda entrega fueron mucho más conservadores, lo que lastra decisivamente su apuesta. Veámoslo de este modo: en La ira de Khan original, Nicholas Meyer y los guionistas Jack B. Sowards y Harve Bennett ofrecieron el final más dramático de toda la saga, con Spock sacrificando su vida para salvar el Enterprise. En Star Trek: En la oscuridad, dentro de esa lógica del universo paralelo (casi espejo) que guía el reboot de Abrams y compañía, es Kirk quien hace ese sacrificio, pero será milagrosamente salvado al final del filme, que pierde así toda relevancia. La lógica de la franquicia se impone.

Con todo, el triunfo parcial de esta nueva etapa de la saga galáctica se desvanece en la tercera entrega, Star Trek: Más allá. El brutal éxito comercial de Star Wars VII: El despertar de la fuerza, ya con Abrams a los mandos, puso de relieve la jerarquía galáctica en lo que al favor del público se refiere. Para los seguidores de la saga, no obstante, esto es secundario: a fin de cuentas, ser trekkie es como ser del Atleti. Lo peor ha sido, sin duda, la renuncia de esta tercera entrega a las lecturas más profundas, de corte ético e incluso filosóficas, que han hecho grande a la creación de Gene Roddenberry, en favor de un espectáculo vacuo, casi banal, guiado por ese cineasta con alma de chatarrero llamado Justin Lin.

Aburrida a ratos y demasiado pendiente de introducir guiños complacientes a la serie original para contentar a los trekkies más puntillosos, Star Trek: Más allá se olvida en cambio de mantener la lógica de esta nueva etapa, obviando por completo todas referencias a los sucesos de su predecesora e, incluso, suprimiendo sin explicación alguna un personaje que prometía ser relevante: la doctora Carol Marcus, que en la primera serie de películas incluso tenía un hijo con Jim Kirk.

Con todo esto, el problema de Star Trek ya no es hasta qué punto puede volver a consolidarse como una franquicia de éxito (algo que, en vista de los millones de trekkies repartidos por todo el mundo, es más que probable), sino cuál será su evolución futura: si retornará a su perdida pretensión de profundidad o seguirá su deriva hacia un espectáculo banal en clave mainstream. Una decisión crucial ante la proximidad de Star Trek: Discovery, la nueva serie sobre el universo de Roddenberry, que llegará a las pantallas en 2017.

Christian Franco es historiador de cine
cfrancotorre@gmail.com