Grases. Meditaciones de pintor. Óleo sobre tabla. 150 x 85 cm. 2017

Alberto Ámez nos presenta en esta exposición su pintura. Esta afirmación, que pudiera parecer una obviedad, es la mejor expresión de lo que ocurrirá cuando presenciemos estas pinturas, es decir, que se nos harán presentes durante el tiempo que estemos ante ellas. Pero hay que prestar atención, hay algo más de lo que vemos. Como nos indica el pintor con su lucida literalidad, “son paisajes con figuras”, fondos sobre los que la forma interviene modificando su entorno, “tema de recogimientos, observaciones y memorias” inspirados por la visión de los paisajes asturianos y del norte de León y Castilla”, en los que algunos personajes aparecen como fantasmas entre la niebla y la luminosa penumbra del norte.

Según el propio Alberto Ámez “estos cuadros tienen un aire ucrónico”. Para intentar entender lo que en ellos sucede podríamos decir que nos muestran una escena creada a partir de un momento pasado en el que aquello que sucede ocurre de forma diferente a como ocurrió en realidad, pudiendo así cambiar la historia posterior. ¿De que forma observamos lo que vivimos o vivimos lo que observamos?  ¿de qué manera la forma de observar nuestro entorno, los objetos, lo que ocurre a nuestro alrededor y nuestros recuerdos modifican su propia naturaleza? En esta tesitura fenomenológica nos presenta Alberto estas pinturas que transcurren paralelas a lo vivido.

Desde esta impresión alterada surge una visión pormenorizada de un paisaje nuevo en el que los detalles toman el protagonismo y son el indicio de otras versiones distintas de lo real; historias simultaneas que nos hablan de la importancia de los detalles y de quien los percibe, de lo relevante de aquellas cosas que a veces, abrumados por un exceso de ‘todo’ o por la belleza del paisaje, no vemos.

“Si visito una iglesia o ruinas románicas aparece el edificio pero lo realmente significativo es el conjunto de elementos y experiencias adosadas: el entorno, el paisaje, unas ramas, unas piedras, el clima, la luz…”

 

Porque la pintura no es el mero acto de pintar y saber usar los recursos que posibilitan esta visión privilegiada. Lo pintado revela o indica, cómo el humo que anuncia el fuego, la inquietud que aquello que se pinta despierta en su autor. Como anunciaba el neón de Bruce Nauman “La verdadera obra de arte es una fuente de revelación mística” o en las palabras mucho más austeras de Alberto “un cuadro se compone con los elementos del arte y luego hay un elemento misterioso”. Ese misterio es el que también nos seduce de las pinturas que Alberto nos presenta con esa humildad de los “cuadros de chigre” pero con la intensidad de los paisajes románticos. Como nos avanza el paciente observador,  el “proceso de decantación es mejor que la revelación o la explosión. la indagación, la escucha y la observación, atendiendo a los tiempos. A veces derivar”, ese dejarse llevar no tan revolucionario sino evolucionado de forma natural y regresando por ese camino que sólo puede hacer cada uno a los orígenes, más allá de las carreteras y los mapas trazados, que ya nos indicó Henry David Thoreau como la única forma real de desobediencia.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, y no descubrir, en el momento de morir, que no había vivido.”

Pero hay algo en estas visiones trascendentales capaces de superar las ataduras y el misterio de lo real que va de lo inmenso del paisaje a los detalles, una visión romántica y sublime, un lugar donde la expresión se convierte en un protolenguaje en el que todo nos habla -“nubes, ríos y arbustos, árboles… El paisaje es una fábula con miles de seres”- como con un grito y un murmullo en el que la forma se apoderara del sentido y ampliara nuestra forma de comprender de lo inabarcable a lo anecdótico. “Entiendo que si un cuadro va denso y fuerte es sensible y sentido” nos dice el pintor, pues, aunque la contemplación de la naturaleza, de esas pequeñas acciones y objetos cotidianos tienen su importancia,  “la fuerza de verdad nace de lo interno”. Alberto pinta desde una honestidad que escucha sin el ansia por querer decirnos lo que es tan difícil de decir si también se mira desde adentro. La cosa que parece sencilla es aún más compleja: “una trabazón en la pintura a niveles sutiles a veces es difícil de describir”.

Estas Pinturas recogidas no lejos de aquí, pues este es el título con el que se nos presentan, surgen de un compromiso casi literal con el acto de pintar y con la naturaleza, tan generosa como extrañamente misteriosa. Pero hay más allá de la pintura una nueva forma de vivir, de escuchar, de entender, de volver a aprender lo que habíamos olvidado y, si se puede, de recrear el mundo de lo vivido con visiones espectrales. Estas imágenes nos sitúan más allá del tiempo en el que aquello fue pintado y en el que nosotros observamos para enfrentarnos a la posibilidad de ese misterio que no sabemos expresar con estas palabras. Ese misterio que a su vez, viene al buscar nuestro propio lugar en el mundo, porque, como nos dice el pintor, “la pintura es un constructo cultural. Inscribirse en ella es pintar con conciencia”.

Alberto Ámez. Pinturas recogidas no lejos de aquí
Espacio Local
C/ Ceán Bermúdez, 23, bajo izq., Gijón
Hasta el 31 de octubre de 2018

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Paco Nadie (Anónimo sobre las Alegrías del pintor)