Cuando llegué a Troost, en el 1010 de la Manhattan Avenue, eran casi las diez. Según la invitación, Jamie estaría planchando allí entre las nueve y las doce de la noche, y eso era justamente lo que hacía cuando lo vi al entrar al bar. La mesa de planchar sobre la que extendía una blusa roja estaba desplegada al frente del local, en el breve espacio que servía de escenario. Vestía un traje gris con chaleco a juego y una corbata a rayas. En la frente llevaba atada una hachimaki con la silueta de una manzana estampada en el centro. La dueña de la blusa, a quien como tal delataban sus tetas amplias y desnudas, de matriarca polinesia, observaba complacida la fluida coreografía que dictaba los movimientos de Jamie: la plancha, guiada con maestría, se deslizaba con determinación y exactitud sobre la prenda bermeja. El olor que el metal caliente levantaba a su paso desplegaba un abanico de asociaciones domésticas arraigadas en un pasado remoto, en lavanderos y azoteas que se pierden en la nieblas pre digitales del siglo XX. Las volutas de vapor en el espacio estrecho y escasamente iluminado se desenroscan como una narrativa dislocada para una cotidianidad que se desvanece.

Todo comenzó en julio de 2016, cuando Jeremy Hook, de cuarenta y siete años de edad, cayó en cuenta de que solo convirtiendo el oficio de planchar —quizá el más exigente en su categoría— en un espectáculo público se podría acercar a la idea de la perfección en el arte de alisar arrugas. “Un día estaba planchando y pensé: he llegado al límite de lo que se podría hacer solo”. Así recuerda Jamie el momento en que decidió elevar “la más táctil y permisiva de las tareas domésticas” a la categoría de servicio público, de ritual civilizatorio y colectivo perfectamente compatible con la naturaleza del pub. El bar, al fin y al cabo, no es otra cosa que un hogar público, una extensión de nuestras intimidades, un escenario quizá poco habitual pero adecuado para una mesa de planchar, a la que Jamie en alguna ocasión ha definido como la “tabla de surf en la que llegará el amor al mundo”. Esa es su mayor esperanza y ambición: que la gente aprenda a llevarse mejor planchando, prenda a prenda, afecto a afecto y cerveza a cerveza.

A Jamie lo conocí hace unos tres años. Su hija, de seis, y la mía, de siete, son mejores amigas y compañeras de clase. Esta circunstancia afortunada nos obligó a ser amigos. Yo estaba en Asturias, como todos los veranos, cuando me enteré de que se había embarcado en esta nueva aventura doméstica por los bares de Brooklyn. Aunque el concepto me parecía original e interesante, en verdad nunca creí que el proyecto tuviese mayor recepción en el circuito que se planteaba. Sin embargo, ya para el otoño, cuando estaba de regreso en Nueva York, tres canales locales distintos reportaban las sesiones de planchado que el “Iron Man de Brooklyn” ofrecía en Pete’s Candy Store, uno de los últimos baluartes en Williamsburg de una era ya casi desaparecida, donde algunas noches a la semana nuestro amigo planchaba prendas ajenas, desde fundas de lino hasta camisas de seda, pasando por manteles, pañuelos y prendas tan complejas como las faldas y los pantalones plisados. La satisfacción y el placer de quienes usaban sus servicios, sumados a las cervezas que oportunamente brindaba la administración del bar, eran su única recompensa. En poco tiempo Le Gamin, House of Jazz, The Diamond y otros bares y cafés se unían al círculo de locales en los que Jamie ofrecía sus servicios como planchador.

Aquella noche en Troost era la primera vez iba a verlo planchar. Una media hora después mi llegada al bar, Jamie posó la plancha verticalmente en la mesa, como un transbordador espacial en su plataforma de lanzamiento, y se acercó adonde estaba yo sorbiendo mi cerveza, en una mesa pegada a la pared, justo enfrente de la barra. Después de intercambiar algunas palabras con una pareja pidió una cerveza y se sentó conmigo. “Es tu turno”, anunció después de darle un trago a su vaso. Asentí. No había traído nada de casa, así que me quité la camisa de algodón grueso que llevaba puesta y se la di. Luego lo seguí al frente del bar, en camiseta y con mi vaso a medio beber en la mano.

Primero me preguntó qué quería escuchar. Le pedí que eligiese el mismo. Después de mirar en sus listas por unos segundos encontró el tema de Kinski que estaba buscando: The Party Which You Know Will Be Heavy.

El show comenzó, como tantos otros, con el botón de play. Lo que se colaba por mis oídos era un colchón rasgueado de corcheas al que se le iban sumando capas, una a una, como las pieles de una cebolla mecánica para impulsar a la plancha sobre el mar de tela. Esa misma cebolla de la intro fue la que estalló cuando el crescendo alcanzó su pico y la plancha comenzó a destruir todo a su paso como una avalancha de decibeles. La música desplazaba el contexto a su antojo. El rastro de la plancha en la tela era una nueva oportunidad: borrón y cuenta nueva, una carretera recién asfaltada para huir de donde haga falta. De pronto, se abrió un silencio abrupto en los auriculares y entró el rumor del bar, las copas, las risas, la música al otro lado, algo de la era Motown.

“Esto es increíble”, comenté aprovechando el paréntesis. “Espera”, me dijo Jamie. “Todavía no ha terminado”. Podía escuchar rumores eléctricos que salpicaban el silencio del audio mientras la plancha navegaba como un rompehielos devolviendo su integridad y su calor a la tela, a mi camisa, a esa segunda piel de franela fabricada con el invierno en mente. “Jamie me está dando un masaje”, pensé. Levanté entonces los ojos, fuera del perímetro delimitado por mi camisa, y miré hacia el fondo del bar. Algunos observaban, otros conversaban y bebían indiferentes. En la banda sonora ya Kinski anunciaba la segunda carga. Arrancaba un nuevo ritmo, un nuevo amanecer sin arrugas: la batería subrayaba el reloj mientras las guitarras y la plancha continuaban su avance implacable. Pero la canción, terrible metáfora, también se acercaba inevitablemente a su fin: la distorsión se atenuaba, la intensidad disminuía. Cuando sonó el último acorde, Jamie posó la camisa doblada sobre la mesa, todavía caliente y algo esponjosa, como algo amasado y nutritivo. Me faltaban palabras, así que solo le di las gracias, levanté mi vaso a su salud y apuré lo que quedaba en él.

De regreso en la mesa, frente a la barra, me puse la camisa recién planchada y pedí otra cerveza. El calor de la tela, me daba cuenta, es el abrazo que nos hace falta a todos en este invierno post-electoral. Por unos minutos fui capaz de olvidarme del gran contexto (un contexto mucho más feo que grande, la verdad), de esa realidad secuestrada que últimamente se nos hace tan difícil evadir. Por fin entiendo lo que quiere decir Jamie cuando afirma que, después de un buen psicoterapeuta, no hay nada como un buen planchador. Antes de marcharme, vi a un chico rubio con una gorra de beisbol aplicado a la tarea de planchar un pañuelo estampado bajo la mirada atenta de mi amigo. “Es un sueco”, me explicó Jamie. “Se enteró a través de una página de su país que había un tipo en Brooklyn que planchaba gratis en los bares”. Quizá su esperanza no sea tan descabellada: igual planchando aprenderemos a vivir en armonía de una maldita vez.

José Miguel López es escritor y editor