Casi, casi como de estreno, la compañía madrileña de danza-teatro Aracaladanza abrió este sábado Fetén 19, la cita europea más importante de las artes escénicas para niños. Esta edición, con traslado de trastos en la dirección incluido: Marian Osácar se desprende de una parte del peso organizativo de este gran enjambre cultural y social, que ha logrado que el hecho escénico para los más pequeños tuviera presencia institucional y mediática en España.

El programa de este año arrancó el sábado en el Jovellanos con la primera de las dos funciones de Play (2018), novísimo espectáculo de Aracaladanza, una compañía bastión de lo escénico infantil y tótem, en lo tocante a planteamientos interpretativos, de lo que deber ser apto y hábil para espectadores tan exigentes y necesitados como los niños.

La obra, sin tener en cuenta un pequeño prólogo evocador (teatro dentro del teatro), se divide en ocho cuadros consecutivos que suman unos 50 minutos de espectáculo, hilados por música electrónica, música clásica y percusión, con acertados y sencillos efectos audiovisuales.

Empezamos en blanco con cojines voladores, almohadas para que la imaginación entienda que debe despertarse y ver y entender las cosas de otra manera: ¿adónde van los sueños cuando no están dormidos?, ¿en dónde acecha la vigilia para que se convierta en realidad y no se duerma? Preguntas a las que siguen los brazi_largos, unas gentes unidas por los brazos que hacen formas y ochos como si se tratara de un chicle grande o una goma de saltar de color rojo.

Game over

La producción echa mano de la tecnología como cómplice; está siempre al servicio de la escena, al propósito de hacer entender para entrar en materia. La electrónica y el efecto visual se erigen como complementos perfectos para que la danza moderna converja con la ilusión del sonido; es el usufructo del cuerpo híbrido y su cercanía. Y esto tan abstracto, tan como de display en sí mismo, es perfectamente inteligible: cuerpos plateados y robotizados o la acústica invisible de las manos_pies a ritmo percutor; un aparataje lleno de inocente encanto, del candil de esa mirada limpia y pura, seña de identidad de esta compañía, con la que vuelve un poco a sus orígenes a través de un discurso bailado sin narración ni conjetura alguna. “Me interesa mucho más sugerir, dejarme inspirar por lo que en realidad me dice el juego, e intentar abrir la imaginación y la interpretación de los niños, ayudado por supuesto de la danza, el vestuario y los objetos”, explicaba Enrique Cabrera, el director artístico de Aracaladanza, tras el primer día de representación.

La introducción de la música, la química sin encajes demasiado asombrosos, ni estrambóticos, nos enseñan qué bien suenan Bach y Chaikovski mostrando la amplitud del espectro musical y lo bien que conjugan registros y sonidos muy diferentes. Así se puede echar mano de la historia de la música y del ballet clásico para mostrar cómo cuatro brazos con cuatro picos representan el iconográfico pas de cuatre de El Lago de los cisnes: el marco idóneo del teatro de marionetas tras un sofá, ese gran asiento que podría estar en cualquiera de nuestras casas. Y ese es el reclamo perfecto para luego mostrar a unos cuantos cisnes gigantes, flotadores de ilusión, llenos de una visión acuática en seco que sacia esa parte del imaginario infantil que a veces no encuentra todo lo que quiere en el momento en que lo quiere para jugar. En el estreno en los madrileños Teatros del Canal, la compañía exhibió un cisne negro, emulando la gran historia de ballet, que en el Jovellanos no estuvo presente.

Platos auténticamente voladores, bolsas de colegio, gorras, calcetines, paseos, idas y venidas con las que se llega al encuentro de los arból-globo o árbol-gominola, una dulzura hecha cabeza que sugiere el candor de nuestra propia y volátil infancia. Dulce, sí; también hermoso. Y es que parte de la intención de estas ocho secuencias bailadas es desencadenar movimientos que digan sin decir, solo desde la intención del hacer. Un hacer coreográfico que adquiere sentido de continuidad, de corriente secuenciada sin intención narrativa o gráficamente dramática. No es eso lo que se pretende. Más bien se lee como una intervención libre y clara, desprovista de cualquier peso excesivamente sesudo o intelectual. Es como si al verlo estuviéramos deletreando, aprendiendo; o sea, aquello de la ‘m’ con la ‘a’ se dice ma. Así de limpia es la sencillez coreográfica.

Pero quizá el momento más fetén de la exposición de los madrileños, y con el que el muy respetable respetable prorrumpió en una ilusionada ovación, fue el tap_tap perruno que cinco acendradas y bonitas máscaras regalaron como giro de auténtico musical neoyorquino; y también cinematográfico, por supuesto. El cuadro lo tenía todo: el disfraz, el sonido, el juego y la pintura escenográfica para el baile de los perros_persona que imprimen, como quien no quiere la cosa, una esencia algo más adulta y más seria; pero, ojo, no se nota. Cobrar la forma animal nos acerca a otro estilo de comunicación, a una forma más fácil de ver las cosas, más tangible precisamente por hacerla irrealmente real y obedeciendo a un instinto.

Play por click

Y es bueno que se haya retomado cierta corporeidad del juego analógico, para así animar a sustituir, aunque solo sea un poco, el click por el play. Recordar que el juego, como acción única o única acción (según convenga valorarlo), es físico. Volver a entender que otro aprendizaje sigue siendo posible, sin que la velocidad ni nada que ayude a imprimirla sea lo prioritario. Y que se vuelva a dictaminar la necesidad de una pauta ya un tanto en desuso, pero que sigue siendo absolutamente necesaria: “tacto, luego existo”, podríamos decir. Play es una invitación al “dale”, a la acción vertebrada como sugerencia, como interpretación, a los objetos imaginados (y reales) como herramientas siempre posibles, insustituibles; en definitiva, a una vuelta al espacio y a la tierra de la relación humana y de su muda inmutable y magnífica a través de la música y el movimiento: es decir: el bailar jugando y el jugar bailando.

Pero sin duda alguna el mayor éxito de los madrileños, reconocimientos y un largo etcétera de premios al margen (Max y Fetén, entre otros), es el olor a bebé en el patio de butacas, a murmullo incesante de nido sudado, a mamás cansadas pero más templadas, a suspiros realizables tras la merienda, a todo eso que cuando se es pequeño, y solo se piensa en cómo mejor jugar, mueve a decir: ¿lo hacemos otra vez?

Play again. Dance again.

Ficha artística:
Play, 2018
Aracaladanza
Dirección: Enrique Cabrera
Intérpretes: Carolina Arija, Jorge Brea, Raquel de la Plaza, Jonatan de Luis, Jimena Trueba, Cover y Elena García
Escenografía y vestuario: Elisa Sanz
Música: Luis Miguel Cobo
Iluminación: Pedro Yagüe
Coproducción: Sadler´s Wells (Londres), Teatros del Canal (Madrid), Grec 2019 Festival Barcelona y Shanghai Children´s Art Theatre-SHCAT (Shanghai)
Representación en el marco de la programación de la XVIII Feria Europea del Teatro y las Artes Escénicas. Fetén 2019
16 de febrero, teatro Jovellanos. 2019, Gijón

Yolanda Vázquez es periodista especializada en danza
@yolazmartin