Fotograma de "Las consecuencias del amor", de Paolo Sorrentino

El semáforo está todavía en rojo y Carlos cruza. Cuando llega hasta la mitad de la carretera los coches se abalanzan sobre él. A medida que se acercan comienza a caminar más despacio y durante un tiempo que no llega a ser un instante, pero sí una vida, se detiene. Aquí está bien, piensa mientras escucha el sonido cada vez más intenso de los motores. No ve nada. No oye nada. De pronto se descubre corriendo. Ha vuelto a correr sin que correr haya sido consecuencia de su voluntad, de su decisión consciente. Hay gente que no sabe hacer nada mejor que vivir. Un periódico que alguien ha dejado en el banco de una parada de autobús se abre con violencia y, sacudido por el viento, golpea una y otra vez contra el respaldo. Admirado ante esa muestra de obstinación, sonríe, asiente. ¿Es el instante pleno una comunión con el mundo simultánea al desprendimiento de uno mismo?, ¿o es simplemente un momento durante el cual el mundo se cierra como algo perfecto sin ti y como contrapartida te colma? El destello es siempre una bisagra, un intervalo en el que se da una correspondencia doble y simultánea, la de uno con uno con uno mismo y a la vez la de ese uno mismo con un elemento mínimo de la realidad que incluye la realidad entera. Quiero volver a casa con otra impresión del mundo, esa sería la demanda del que pasea y sólo el instante pleno la satisface, como si en realidad fuera una especie de compensación original. Agota la rambla. Pero el esfuerzo merece la pena: Carlos adora el mercado y su liturgia, los nombres de los peces, la asombrada canción de lo que todavía conserva la tierra a la que pertenece, bajar la vista y ver una red de naranjas al final de su brazo. Entra en una óptica y dice que sus gafas de sol, unas wayfarer negras que le regaló Ruth durante el primer verano que pasaron juntos bajo el mismo techo deben de estar torcidas, que las compraron allí, en esa tienda pero en otra parte, que seguramente sea por el uso. El empleado dice que ya, que van a intentar que recuperen la forma original. Carlos contempla el afán del empleado, la convicción y la delicadeza con que trata de enderezar lo máximo posible aquello que él le ha entregado torcido y sonríe. Da las gracias, se despide y vuelve a dar las gracias. Ya en las calles, al comprobar que las gafas han quedado rectas, tapa con la mano una de las lentes y sólo puede ver por la otra, la izquierda. Está comprobando algo, pero no sabe muy bien qué. Es lo que siente.

Su padre le llamó un día, por la noche. Le dijo que no le había gustado lo que había escrito sobre ellos, sobre la familia, en su primera y única novela, que no era justo, que él podía hablar de los demás, pero los demás no podían hablar de él, que se quedaba todo allí, en los libros, y así es como les verían los demás siempre. Y no como eran en realidad. Es nuestra vida, eso no se cuenta, le dijo, tú no sabes lo que es entrar en el bar y que todo el mundo parezca saber cosas sobre ti que no debería saber. Cosas que a veces ni siquiera son verdad. Es tu versión de la historia. Y es la que queda. La que todos van a escuchar. Luego le preguntó si había visto la semifinal de la Champions; qué hacía además de escribir, si seguía tocando.

Se baja del autobús, arrastrado por un enjambre de aficionados del Barcelona. Todos con bufandas y camisetas de su equipo. Hay quien incluso viste la camiseta de Ryan Giggs, su jugador favorito, aunque Ryan Giggs nunca haya jugado en ninguno de los dos equipos que se enfrentan hoy en el Camp Nou. Ya todo le parece una casualidad, la derrota definitiva del sentido, algo que sucede porque sí y sin que tenga nada que ver con él. Algunos llevan bolsas de plástico con la comida para el descanso y otros llevan los bocadillos en la mano. En el papel de aluminio se reflejan de vez en cuando las luces de los escaparates y por un momento Carlos encuentra en ese destello las fuerzas que le faltan. Sólo quienes se conocen hablan entre sí, pero, si alguien los viese desde una ventana, podría pensar que van todos juntos, que son un gran grupo, una sola cosa viva, en una misma dirección. La marcha es lenta y él se siente seguro. Simplemente debe seguir el paso de los demás sin que dependan en absoluto de él quienes le sigan. Decide llevar esto hasta el final.

Café Alma Bar. Registra automáticamente cualquier reflejo inesperado y sufre porque este reconocimiento no genera correspondencias. El recuerdo es el calor en primavera, ahora falta, ahora sobra. El dolor concentra una vida entera en un punto concreto. Mecido por un idioma extranjero mira al frente. Cuántas de las cosas justificadas como un derecho suyo eran obligaciones para con otros y cuánto de lo que se le exigió era en realidad un derecho al que nadie debería renunciar. Disponemos de nombres para la celebración o la conjura y tanto una cosa como la otra es algo que ahora mismo Carlos ni siquiera puede ya imaginar. ¿Es fracaso o ingratitud esta atracción por un vacío perfecto que nunca llega? Todo lo que no asienta acaba cayendo, déjate ir, se dice, y hace bien: ¿se resiste acaso la hoja en el agua o trata de invertir su curso la piedra camino del fondo? Déjate ir, que el oído te guíe y vaya tu voz como tú caminas por esta ciudad extraña.

No tiene problemas para conseguir una entrada, el Barcelona no se juega nada ya y su rival es el Rayo, que se lo juega todo, pero no le interesa mucho a nadie que no sienta esos colores. Además el partido es entre semana y entre semana lo excepcional no basta por sí solo, exige siempre un esfuerzo por nuestra parte, un sacrificio. Lo excepcional, entre semana, es un triciclo al final de un pasillo y un día de lluvia. Le sobra tiempo. Da una vuelta por los alrededores del estadio. Entra en la cafetería. Se sienta en una mesa pero al momento se levanta y se va. Junto a la cafetería está la pista de hockey. Se acerca hasta allí. Las gradas vacías y un chorro de agua que irrumpe desde detrás de una columna, de manera que no puede verse de dónde proviene ese agua, y cae sobre la pista de hielo en cuya superficie se ha formado ya un gran charco, cuyas ondas, creadas bajo el impacto del chorro, le hacen pensar que, si fuera visible la música, esa sería su forma. Desde antes de nuestro nacimiento estamos acostumbrados al latido de nuestro corazón y por eso es necesaria la música. Por eso necesitamos un ritmo para la tristeza y un ritmo para la alegría: para que haya en nuestros oídos lo mismo que hay bajo nuestro pecho. Y así, gracias a una imagen y un sonido su tiempo puede por una vez imponerse al tiempo. Nada hay más personal que el ritmo y al ritmo nos debemos. Las cosas pasan sin tenernos en cuenta. Por eso las contamos. Porque no tenemos otra manera de explicárnoslas. No es cómo sigue la historia sino de qué quieres hablar ahora. Hay que ponerlo todo aquí y aceptar la evidencia de la propia pequeñez enaltecida, porque siempre les quedará la arrogancia a los que nada más les queda ya. Añora de repente el cloro, el espacio donde la confusión era un instrumento de la misericordia. Al principio se trata de cómo empezar una vida. Luego, con los años, de cómo seguir con una vida que preferirías no haber empezado. O de cómo empezar otra nueva. Y otra. Y otra. Y otra.

Cantante y escritor, dirán con toda seguridad mañana, en el museo. Un fantasma es un desencuentro entre una cosa y su nombre. Y eso es lo que Carlos siente que es, cuando piensa en ello, cuando anticipa su presentación.

Como en el cine, en el bus, en cualquier lugar donde deba encontrar su sitio, se desplaza por la grada dominado por una vergüenza tan intensa que se traduce en una urgencia extrañamente combinada con el agarrotamiento. Durante el descanso, mientras todos sacan sus bocadillos, van al baño o se acercan hasta el bar, Carlos se limita a mirar al frente. Pocas cosas hay tan hermosas como el vuelo picado de un avión de papel con un campo de fútbol al fondo, un campo vacío. Comienza la segunda parte y él contempla fascinado el flash de todos esos teléfonos centelleando cada vez que un jugador se acerca a sacar un córner. Una maraña de luces puebla aquella parte de la grada y eso es para él la armonía, un enjambre luminoso y callado. Levanta la vista. El cielo es más claro encima del estadio. Busquets controla el balón y se gira y Carlos se dice que tal vez la elegancia sea el encanto propio de la lentitud. Se adelanta el equipo visitante y luego empatan los locales y más tarde toman la delantera. Todos los jugadores acuden a felicitar y abrazar al jugador que ha marcado, agradecidos, y forman una figura que vibra junto a la banda, muy cerca de la portería contraria. Son todos parte de un todo. Todos excepto el portero, quien desde la distancia, muy lejos de sus compañeros y muy lejos también de sus rivales celebra el tanto saltando, aplaudiendo, deteniéndose y levantando el puño, aplaudiendo de nuevo, volviendo hacia la portería y caminando muy despacio, con las manos en la cadera, sin perder de vista el balón. Carlos se ve a sí mismo sacando de puerta. Su padre entrando en el área pequeña y negando con la cabeza mientras le dice que saque otra vez, hacia delante, no; hacia arriba, que no lo olvide. Con cada gol local los aficionados se levantan, gritan y aplauden y se abrazan y Carlos, aunque se alegra por todos ellos y en cierto modo por él mismo, por tener la oportunidad de ser testigo de esa comunión masiva y espontánea, espera allí sentado, con impaciencia, rodeado de toda esa gente puesta en pie, esperando a que se vuelvan a sentar cuanto antes y le permitan volver a ver la hierba, y quizá, con suerte, el vuelo de algún que otro avión de papel.

Se deja arrastrar de nuevo por la corriente y la corriente le devuelve a la calle. Caminar, al principio, no es más que caminar. El paso exige un tiempo para que uno vaya deshaciéndose de algo a la vez que le va haciendo sitio a algo, distinto, a la pura posibilidad de otra cosa. Sólo entonces será el momento de fluir sin más objetivo que seguir fluyendo, el ritmo es eso, y no hay ya más objetivo que el ritmo. Camina, para sí mismo tararea, la música es el sueño del pensamiento. ¿Qué somos ante nuestra propia imagen recordada? Su vida consistió en un no querer estar donde estaba aun sabiendo que estaría peor en cualquier otra parte. Camina, de pronto siente, como si se le hubiera caído algo, que no puede seguir, que todo lo que necesita es interrumpir su camino. Se detiene. Alza la mano. Se sube al taxi. Dice el nombre del hotel, de un tirón, sin confianza.

Chus Fernández es escritor