La obra de Jorge Flórez ha vivido una interesante transformación desde su primera exposición individual en la galería Adriana Suárez en 2011, es más esencial sin perder su pureza formal. La variedad cromática de aquel momento ha desaparecido -aspecto que también estuvo presente en la muestra del Museo Antón en Candás de 2012 y, un año después en la galería Caicoya-; aquel uso plano y geométrico del color, llevó en su momento al crítico de arte Rubén Suárez a relacionar sus propuestas con la corriente Hard-edge, pero ahora, incluso manteniendo aquel reduccionismo, su trabajo se ha impregnado de emoción.

Desde un punto de vista formal nos encontramos ante una obra fronteriza, fruto de la confluencia de varias técnicas y disciplinas; este hecho –la fusión de elementos escultóricos y pictóricos-, le distancia de cualquier clasificación convencional y, como en los “Contrarrelieves” del artista ruso Vladímir Tatlin, que concibió sus collages como prolongación de la obra en el entorno, también en la actual propuesta de Jorge Flórez hallamos implicaciones e interferencias con el espacio.

Son piezas que no reniegan de su origen, en esencia estructuras o parte de estructuras modulares prefabricadas, pero que, por su descontextualización y acabado, se distancian de ese mundo industrial y trascienden a otro de una belleza pura y singular, quizá una belleza incómoda para espectadores poco acostumbrados a llegar a la esencia de las cosas.

Cuando contemplo las obras de Jorge Flórez, recuerdo alguno de los trabajos de la escultora Rachel Whiteread: sus rellenos arquitectónicos, presencias sólidas e impenetrables de lugares que en su origen fueron cálidos y cercanos; también sus trabajos modulares, nacidos a partir de objetos que suelen pasarnos inadvertidos a la mayoría, pero que, para ella son fuente de inspiración y materia prima para la creación. En la apuesta de nuestro artista, intuimos también piezas prefabricadas de uso temporal, palets amontonados a pie de obra que el artista hace suyas, aislándolas y reubicándolas. Pero sus resultados no son duros ni deshumanizados como los de la artista inglesa, son cercanos y delicados, resultan atractivos para la vista y posiblemente también para el tacto.


En la exposición The Fact son destacables las piezas tridimensionales: una escultura exenta construida con módulos superpuestos es una inquietante presencia, relieves concebidos a manera de dípticos y trípticos son hermosos en su sencillez, están realizados en contrachapado y recubiertos con poliester y, desde su desnudez, podríamos asimilarlos con tendencias minimalistas y postminimalistas, sin embargo, el carácter aséptico de aquellas, no está aquí. El artista comenta que para las piezas de pared hace bocetos previos con planchas de madera, de ahí salen muchos retales que utiliza como base para hacer los monotipos. Se trata de una serie de estampas entintadas con esmalte sintético, son improntas arquitectónicas, negras huellas perfectamente delimitadas pero difícilmente identificables, paisajes industriales inmersos en un ambiente de texturas sugerentes.

Si la luz es importe para extraer los matices de las obras, éstas lo son para valorar el propio espacio que ocupan; la galería se ve transformada en un exquisito montaje donde existe complicidad entre el artista y el espacio, encontrando belleza donde nosotros nunca miramos.

“The Fact”. Jorge Flórez
Galería Guillermina Caicoya
C/Principado 11, Oviedo

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Información sobre el artista

Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es