1

El mundo se nos ofrece a todas horas para que tengamos en cualquier momento la oportunidad de despedirnos y sin embargo también tú fuiste soberbio, también tú creíste que estaba ahí sólo como contexto.

No llevamos ni cinco minutos en el coche cuando Marta dice: A partir de aquí para mí es todo territorio comanche. Río. Si miro atrás tal vez pueda ver aún nuestra casa, el hueco en el que vivimos.

A la altura de Zamora, el impulso de pasar la mano por encima del paisaje que veo a través de la ventanilla del coche, y ese impulso es un gesto que en mi necesidad de él encarna una idea, la de hacer pasar igualmente la mano por encima del tiempo aún por llegar.

Echaste en falta a los pájaros al pasar bajo los cables, pero ¿hay algo que no eches en falta últimamente?

El ánimo es un punto de vista: los molinos de viento que giran y giran en lo alto de la montaña nos dan la bienvenida, como si nos estuvieran esperando. O tal vez nos pidan ayuda, como si nos estuviesen esperando también, pero por una razón distinta.

Dos camiones circulan delante de nosotros muy pegados entre ellos. En mi cabeza, el de la izquierda, el que no tiene carga, arremete contra el de la derecha, sacándolo, o al menos intentándolo, de la carretera. Imperan ya las ficciones, se imponen en el pensamiento de lo inminente a cualquier tentativa de lo real.

La emoción, incomparable y siempre renovada, al dejar atrás una frontera.

Marta ensaya en alto el idioma sólo para nosotros nuevo sin que yo sepa si eso es un tributo o una herramienta. Lamenta haberse dejado en casa su diccionario de portugués. Sabes cómo se dice por favor y gracias, le digo, con eso deberías poder llegar a todas partes.

2

Oporto,
esta tristeza tan agradable,
tan elegante,
alejándose
y al momento volviendo
como las ropas
de una mujer que baila.
Podría quedarme aquí.
Contemplando cómo se cruzan los teleféricos,
cómo son por un instante uno solo,
mientras las sombras de las gaviotas
se desplazan sobre los tejados;
cómo abajo, en el puerto,
la gente aplaude
cada vez que salta alguien al agua.
Aquí, en la tierra nueva,
son los demás los extranjeros
y yo estoy tranquilo entre sus voces
rodeado de presencias
que acompañan y no requieren:
diques
contra lo único seguro
que en la soledad se anuncia.
Una vez más se confirma:
para que la eternidad quepa en el ojo de un hombre
ese hombre ha de sentirse al margen de cuanto ve.

*

Atento
a la callada efervescencia de las cosas,
a la belleza final
para la que nunca llegué a estar preparado,
ni siquiera recuerdo
esos pocos centímetros que me separaban de todo.
Fue difícil
llegar a comprender
que lo excepcional es en realidad un sitio,
el único donde puede darse la concordia,
que uno arrastra consigo los veranos
porque nada es la experiencia
más que una desembocadura.

*

Adoramos los puentes,
el café y las camisetas de rayas;
recurrimos al gesto cuando la desesperación nos vence,
es decir, cuando no basta el ruego
o el razonamiento.
Compartimos una misma tristeza al abandonar una ciudad
y también es exacta la piedad que sentimos
por cualquiera sentado al lado de su coche
en el margen de la autopista.
Podemos darnos cuenta de todo esto,
estamos de vacaciones.
Falta sólo preguntarse
si de la parte que cada uno es
queda aún lo suficiente
para que la parte del otro
llegue a ser completada.

*

Me salvan los idiomas.
Todos.
Excepto el mío.
Porque yo
lo único que le pido al lenguaje
cuando el lenguaje está fuera de mí
es que sea una prolongación de la vida
pero no de los vivos.

*

Nos vamos
de la vida de la gente
dándole la vuelta a los cajones
como si los demás para nosotros
no fueran más que habitaciones de hotel
que nos cobijaron por un tiempo
y no pudiéramos soportar
que algo nuestro
se quede allí para siempre.

*

No hay júbilo en la palabra extranjera.
En la falta de significados
sólo puede ser advertencia la intensidad,
o queja.
Quizá suponga siempre eso la ignorancia,
la sublevación de la voz
ante la derrota del argumento.
Queda la memoria cuando ya no quedan recuerdos.
Pendiente de nuestras sombras en la cuesta que subimos
me trae de vuelta la palabra travesía.
Algún día habrá que irse.

3

Ese perro cansado e indiferente en el ejercicio de su prioridad que es un camión intentando cambiar de carril.

De pronto la necesidad de estar echado sobre las copas de los árboles que tenemos a nuestra izquierda, más allá de la autopista, y reír.

Chus Fernández es escritor