La semana pasada se pudo ver en la sala club del Niemeyer, dentro de la programación Off, Iphigenia en Vallecas, uno de los montajes revelación de esta temporada teatral. Estrenado el pasado abril en el Teatro Kamikaze, sorprendió a público y crítica y regresó al Ambigú del mismo teatro en diciembre, donde alargó hasta finales de enero, para salir ahora de gira por distintos puntos de la geografía nacional.

Había ganas de recibir en la casa asturiana de las propuestas Off esta versión que la propia actriz protagonista, María Hervás, hace del texto del dramaturgo y guionista galés Gary Owen, Iphigenia in Splott, estrenado en mayo de 2015 en el Teatro Sherman y premiado como el mejor texto teatral inglés de 2015. Esta variante que sitúa al personaje de la Ifigenia mítica, hija de Agamenón y Clitemnestra, cuyo sacrificio permitió que las naves helenas pudieran partir hacia Troya, en un barrio obrero de Cardiff, se traslada de la mano inteligente y precisa de María Hervás, a Vallecas, un barrio del sur de Madrid, convencida de que “las situaciones que se dan entre la clase más castigada del Reino Unido son perfectamente equiparables a las que se dan aquí”. Si el dramaturgo galés ponía su aliento en lo social, haciendo ver con su texto que los recortes que se llevan a cabo en toda Europa para paliar la crisis asfixian a los que supuestamente protegen dichas medidas, la actriz española insistirá en la intensidad dramática y la perversión que subyace en todo ello, y traslada su mirada a los colectivos de jóvenes de clase media, a los que “se les ha criado en el consumismo para después quitarles toda expectativa […] y luego se les culpa de su situación”. Por eso, como ha puesto de manifiesto la crítica, este montaje vuelve a ser, como lo era también el clásico Iphigenia in Aúlide, de Eurípides, la historia de un sacrificio.

“Toda nuestra patria tiene su mirada puesta en mí. Si muero, evitaré todas estas atrocidades y mi fama por haber liberado Grecia será dichosa. Padre, aquí me tienes. Por el bien de mi patria y por el bien de toda la tierra helena, me entrego de buen grado a quienes me conduzcan al altar para el sacrificio. Y, por lo que a mí respecta, ojalá alcancéis el éxito, triunféis con lanza victoriosa y regreséis a la tierra patria. Así las cosas, que ninguno de los argivos roce mi cuerpo, porque voy a entregar mi cuello en silencio con resuelta voluntad”.

 

Éstas eran las palabras de aquella Ifigenia clásica, que acataba entregarse por el bien común para resarcir a unos dioses ofendidos, instancias en definitiva de un orden de realidad distinto al suyo, más dócil y menos sufriente que nuestra Ifi, que lejos de ser princesa, virgen y pago a los dioses, es una nini de barrio, que ni estudia ni trabaja, para la que ni hay esperanza ni sentido en su vida, que vive aferrada a las calles de su barrio, al que siente como un territorio propio, que la protege y al que domina, que le confiere identidad y seguridad; ocupada en llenar el vacío encadenando borracheras que la liberan de su presente y cuyas resacas infernales la ocupan al menos en algo, aunque ese algo sea salir a flote de nuevo en medio de la nada, para volver a estar rodeada de personajes sin horizontes como ella, que la atan inevitablemente a esa realidad y la condenan a sentirla como su único destino. Una Ifigenia que se encuentra sola, desamparada, frágil, en medio de un mundo que la envuelve y la consume, en el que encima se la culpa y juzga. Y por eso se revuelve. “Vosotros ahí, sentaos, relajaos, esperando a que yo… ¿qué? ¿Os impresione, os sorprenda…?”.

Y lo hace desde el inicio del montaje, contra el mismo público que ha ido a ver el espectáculo, convertido en esos mismos ojos que miran con recelo, y desde arriba, unas vidas que juzgan, distantes, como desaprovechadas, insignificantes, menores, y a las que se dirigen con crueldad, con lástima o con indiferencia, posturas todas ellas igualmente dolorosas e injustas. “Está claro, ya sé lo que pensáis, cuando me veis ciega, por la mañana, dando vueltas, pensáis: pedazo de guarra, quinqui, pedazo de mierda. Pero ¿sabéis qué? Esta noche estáis todos aquí para darme las gracias”.

Y de que el público sienta esto es de lo que se ocupa María Hervás, en un monólogo de hora y media con desconocidos por los que su personaje también se ha sacrificado. Un monólogo en el que la actriz se entrega por completo al texto y al sentido último de la representación, haciendo que el lucimiento actoral sea resultado no buscado de una interpretación descarnada y generosa que el público reconoce sin excepciones. Un monólogo con un texto perfectamente trabado, escrito por alguien que domina la arquitectura de las tragedias griegas, desde dentro, y que elige construir una adaptación válida y actualizada salvando la conexión entre la construcción del personaje protagonista y la finalidad catártica que debe producirse en el espectador de la misma, que conduce de manera inevitable a la reflexión y la emoción necesarias en este modelo de aprendizaje teatral. El entramado psicológico desde el que se opera y construye esta clave teatral, bondad vertebral del texto dramático y prioridad de la puesta en escena, lo entiende y protege el director de la propuesta, Antonio C. Guijosa, que se convierte en guarda y custodia de ese efecto, dirigiendo la potencia de ese animal escénico que es María Hervás en escena para blindar los riesgos de fuga, que también existen en la obra, y asegurar así esa catarsis.

 

Por eso, el personaje de Ifigenia se muestra tan agresivo y real como distante, estereotipo por momentos de un tipo social que existe y que el espectador debe reconocer, pero del que se siente protegido al no considerarlo su igual. Esta distancia es precisamente la que permite reírse en muchos momentos, sobre todo al principio del montaje, y desde la que el público puede observar el retrato inicial de la vida de Ifigenia desde fuera, a salvo, porque eso no le sucede a él (la nini, la quinqui, el pedazo de mierda). Pero el verdadero efecto de la obra empieza cuando esa distancia se quiebra; cuando Ifi culpa al público de lo que ella es, lo hace corresponsable de su situación y establece un vínculo entre sí misma y el espectador que va más allá del acto de representación y de sus respectivos roles: “Esta noche estáis todos aquí para darme las gracias”.

Cuando el público entra en el mundo de Ifi descubre a la persona que está detrás del estereotipo, del personaje, y observa su inteligencia en los juicios sobre su entorno inmediato y determinista (su yaya, el Rique, la Silvi), su mirada crítica hacia sí misma (“Exactamente, ¿por qué salgo yo con ese capullo?”), la conciencia que late tras su aparente inconsciencia (“toda esta energía y ni una puta mierda que hacer con ella”) y los valores que demuestra tener cuando la vida le quita de golpe las dos únicas ilusiones que habían aparecido para ella: la posibilidad de una vida de amor junto a Fede (que se esfuma al saberlo casado y padre de otra hija, a la que Ifi decide respetar por encima de sí misma como mujer y como futura madre) y su maternidad (truncada al perder a su hija en el parto).

Si bien la primera que rompe ese distanciamiento es el personaje de Ifigenia, atentando contra la anestesia afectiva del público con agresividad (la misma que gasta con “la madre con hijos bola” que se encuentra en su barrio), poco a poco va a ser el espectador el que se vaya acercando a ella, a medida que lo que ve en escena le mueve a compasión por el inocente (esa persona es el resultado de un sistema injusto y de un mundo mal hecho) y por el que es, a pesar de sus diferencias, semejante: ser humano que ama y sufre (“dejando que fluya todo. Sólo siendo y estando, vivos”), que anhela y se apasiona (“Esa sensación de no estar sola en la vida, aunque lo esté”), y que encaja cuando toca y como puede los golpes injustos que también trae consigo la vida, los propios y los ajenos (“un mundo de terror, de dolor, de culpa y de fracaso”). Es esa semejanza la que hace al espectador temer por Ifigenia y vivir la catarsis de su particular tragedia y valorar por tanto su sacrificio: el que hace por Fede y su familia (“y cada paso que me separo de él duele más pero puedo soportarlo. Así que lo soporto por esa niña”), y el que luego hace por todos, por las que son como sus yayas o las futuras madres e hijas, e incluso también por el público, al renunciar, para no agravar aún más la situación ya desvalida de la sanidad pública de la que ella misma había sido víctima, a la indemnización que le correspondía por haber perdido en un parto prematuro desasistido a su hija, su verdadera y única ilusión, la que mantuvo viva “esa sensación de nunca más sola”, tantas veces repetida en la obra, y que por un tiempo dio sentido a sus días (“Aguanté este dolor y por vosotros”).

Ifigenia en Vallecas es en definitiva un viaje sin retorno que nos hace comprender en el vacío de un personaje distinto a nosotros (“no tengo novio, no tengo curro, no tengo sitio en que vivir. Estoy más sola que la una… y voy a tener un bebé”) nuestro propio vacío. El personaje de Ifigenia, poco a poco, deja de ser importante en sí mismo, como individuo, para convertirse en reflejo de un colectivo. Y este colectivo, cuyo estereotipo representa la concentración de muchos de los fracasos de nuestra sociedad, se convierte a su vez en espejo en el que mirar, esperpentizados, los rasgos más deplorables de nuestras humanas existencias. Tras la agresividad del personaje, late en proporcional medida la fragilidad de esos cuerpos y de esos mundos, que son también los nuestros en distintos grados y contextos. Tras el alcohol, la droga, la lujuria dañina se esconde el tedio, el hastío, el vacío de una vida amputada. Tras la ordinariez, lo soez, los exabruptos, habita una cultura y una educación a la que le faltan recursos para poder desarrollarse en realidades que adolecen de la calma necesaria para aprender. Tras los grupos ruidosos y las tribus urbanas, que se defienden de los agentes externos por sentirlos peligrosos al poner en riesgo lo único seguro que se tiene, la pertenencia a un grupo que se cierra sobre sí mismo, campa la soledad, esa soledad que sólo se va cuando se ama y te aman, cuando te entregas y se te entregan, y para la que es indispensable sentirse seguro.

 

Por eso, la descripción de la semana de Ifigenia como la borrachera que enlaza con la resaca hasta volver a estar lista para una nueva borrachera, que al principio de la función hace saltar la risa del espectador, al final de la obra nos haría probablemente llorar. Porque en efecto hemos viajado con el personaje y se ha producido un cambio en nosotros como lo ha habido en Ifigenia. Y ese aprendizaje que muestra el cambio es el que persigue precisamente este montaje, porque es el que la sociedad en definitiva necesita para reaccionar. En la parte final de la obra, como en la tragedia griega, el personaje sacrificado ya no es Ifi, ni siquiera los ninis poligoneros, sino todos los que como Ifi sufren las consecuencias de la crisis y de los recortes sociales en la educación, la cultura, la sanidad, y que seguimos aceptando y soportando como un sacrificio. Y ahí estamos todos.

La actriz salta entonces a la sala y dejando el personaje en escena, pregunta a un público ya indefenso, que ha bajado todas sus barreras, sosteniendo la mirada fija y directa a los ojos, a las mentes y a los corazones, los verdaderos interrogantes que suscita la obra: “¿Y cuánto tiempo vamos a tener que soportarlo?”, “¿Y qué pasará cuando no podamos soportarlo más?”. El silencio de complicidad de quienes ya se sienten también víctimas del sistema y verdugos de otros, corresponsables, culpables y culpados de la miseria moral de este mundo, chivos expiatorios pero colaboradores de tanto sinsentido, congela la sala, con la mirada retadora de una actriz, un personaje, una obra, una verdad, tan pequeña y a la vez tan grande.

Rosana Llanos López es profesora especialista en teatro
rossllanoslopez@gmail.com