La primera vez fue hace apenas cinco años. Fue una canción de Tinariwen, y se llamaba Tenere Taqqim Tossam. El dato solo importa como medida más o menos aproximada del tamaño de las lagunas de información sobre el género que se estancan en las concavidades de mi mente. ¿Quién diablos me da entonces licencia para escribir sobre una música ajena y de raigambre milenaria sobre la que apenas sé nada? La experiencia directa e íntima de un gesto poético trazado en el tiempo me autoriza plenamente, la vivencia de un viaje circular por un territorio delineado por los instrumentos y las voces de cincos jóvenes de Mali agrupados bajo el nombre de Imarhan. “Los que me quieren bien” o “los que me desean bien” podrían ser dos traducciones aproximadas del vocablo tamashek que le da el nombre a la banda —those who wish me well es la traducción al inglés que se eligió para el disco—, pero la amplitud del significado del término apenas comienza a entenderse cuando el grupo abre las esclusas y la música comienza a fluir desde los amplificadores hacia todos los desiertos, sobre todo los de adentro, los desiertos invisibles.

Minutos antes de que Imarhan monte su campamento sobre el escenario de Le Poisson Rouge me brindan la oportunidad de conversar brevemente con Saddam, el hombre a cargo de la SG roja y la voz más presente en todas las canciones del grupo. Desde mi ignorancia le pregunto por las letras: qué es lo que separa los temas de Imarhan de la temática más “tradicional” de otros grupos que han sido identificados con el sonido tuareg. Saddam no tarda en señalar el aspecto social de sus letras. No puedo evitar preguntarle si hablamos de política, y la aclaratoria no se hace esperar: Imarhan quiere abarcar lo social en su aspecto más universal, y no solo en un sentido tribal. Quizá esa búsqueda de universalidad sea una de las características que los distingue dentro de un género que desde hace ya décadas ha encontrado una enorme receptividad en la oreja occidental. Saddam me explica que Imarhan también toca los temas más recurrentes de la música nómada eléctrica: el desierto, es decir, la naturaleza está por todos lados en sus canciones. ‘¿Y Dios?’, preguntó yo. ‘Pues sí, también’, contesta Saddam como riéndose por tener que verbalizar lo obvio.

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Tuareg, como tantos otros nombres que designan a otros pueblos (con énfasis en otros), es un nombre impuesto por una cultura dominante. En árabe significa “los abandonados por dios,” un nombre que se asignó con una intención peyorativa pero que también se lee como una especie de lamento metafísico. La idea de rebeldía o de disidencia me parece inherente a lo que designa esa voz árabe. No es de extrañar, por lo tanto, que ciertos sonidos eléctricos del rock se amalgamen con naturalidad a una manifestación musical que hunde sus raíces en la tradición nómada, en la que lo único permanente es el tránsito y la aspiración de libertad y tierra abierta. Se me ocurre que algo similar ocurrió cuando, en su momento, el blues tradicional transfigurado en rock se convirtió en la principal vía de expresión de la contracultura. Buscando fuentes de música tuareg tradicional en la red me encuentro con una colección de canciones folclóricas de corte claramente etnográfico publicadas por la Smithsonian en los años sesenta. La colección incluye un repertorio de cantos tradicionales tuareg. Compruebo al escucharlas que la distancia que hay de la tradición registrada en esas grabaciones al sonido de Imarhan es aún mayor que la distancia que puede haber de Blind Lemon Jefferson a Jimi Hendrix. Imarhan no es solo la electrificación de un sonido tradicional sino una nueva forma de expresión, un concepto que entrelaza la tradición en su sentido más tribal con otra tradición esencialmente moderna. En Imarhan ese espíritu de rebeldía e independencia permea todos los aspectos de su espectáculo en directo. Su presencia en el escenario, que oscila entre la timidez y la serenidad altiva, sus ropas, sencillas y modernas, pero con detalles deslumbrantes que remiten a la geografía que resuena en las canciones y, francamente, la belleza de su juventud conforman una de las encarnaciones más atractivas de ese abandono de los dioses, que también implica un abandono —mucho más seductor— de las normas impuestas por esos dioses o por los representantes de esos dioses.

La herencia musical de Imarhan —y la más obvia y conocida de ellas es Tinariwen— es la manifestación musical de una lucha por la supervivencia en su sentido más terrible y textual. Los proyectos independentistas africanos de la segunda mitad del siglo XX dejaron fuera de sus planes a las comunidades tuareg del sur del Sahara. Los gobiernos nacionales, las fronteras, los fundamentalismos, la minería y el afán de lucro son amenazas continuas contra el estilo de vida nómada y la cultura que sustenta. Aunque la historia reciente está salpicada de rebeliones tuareg, todas sangrientas, ninguna de ellas ha traído una mejoría para los pueblos de habla tamashek a los que pertenecen los miembros de Imarhan y de muchas de las bandas que crearon el sonido que los precede. Quizá solo en la melancolía líquida de algunas canciones o en la alegría ígnea de los temas que invitan al baile se hace realidad esa estabilidad tan cara y anhelada.

¿Cuál es la identidad de una cultura nómada como la kel tamashek?, me pregunto. O, mejor: ¿qué delimita el hogar de una cultura como la kel tamashek: la vastedad del territorio que ha recorrido durante siglos o el círculo de luz que emite el fuego que enciende donde lo atrapa la noche? En las manos tengo la carátula del disco de Imarhan, comprado en el concierto y firmada por todos los músicos: una foto del desierto con la silueta de un joven tomada a través de la puerta de un todo-terreno manchado por el polvo. En la funda, están las letras traducidas. Pongo a rodar el vinilo y, todavía saboreando la intimidad sublime del concierto en Le Poisson Rouge, comienzo a vislumbrar la respuesta. “Confío en mis hermanos/bajo la sombra de las acacias”, dicen dos de los versos de la canción titulada Tahabort. El hogar nómada abarca necesariamente ambos ámbitos: es el mapa que traza la sombra de una acacia durante el día o la luz rojiza del fuego durante la noche, pero también es la inmensidad y la desolación de los desiertos que se extienden más allá del horizonte. Y de los cielos que los cubren. De pronto caigo en cuenta de lo que he descubierto: dos guitarras, un bajo y dos tambores pueden trazar la sombra amable de las acacias que cubre todos los desiertos, los tuyos y los míos.

Vuelo de vuelta al concierto, todavía destellante en la memoria como un pez que se sacude al final del sedal. La voz de Saddan explica: “El amor fluye por mis venas como una enfermedad/que acompaña mis pensamientos./El tiempo borra muchas cosas que viven en el alma./Cuando sufras, recuerda cuántos días te quedan por vivir. Y más adelante revela las dudas existenciales que asaltan en la soledad del desamor: Mi alma está agotada por la búsqueda de la verdad/como el alma de un sediento que persigue un espejismo. Miro alrededor y compruebo que no soy el único que saborea las mieles de la melancolía al calor del fuego. La patria sónica, la única capaz de atrapar esa identidad vastísima y al mismo tiempo íntima, nos envuelve a todos. Y nos convierte en sus ciudadanos.

José Miguel López es escritor y editor