Aunque muchos aspiran a hacerlo, pocos escritores viven del cuento. Entre los aspirantes (mancebos, meritorios, mozos o pasantes, se dice indistintamente en mi tierra), lo conseguirán pocos o muy pocos. Alberto Sepúlveda será uno de ellos, al tiempo. De Alberto Sepúlveda sabemos que es joven, que cuenta con 294 seguidores en Instagram™ (consulta: 12.01.24), que su pasado literario es escueto, pero que tiene un gran futuro como escritor. Para consumarlo, para poder confirmarse como uno de esos escritores que viven del cuento, hará bien en renunciar a ser uno más de esos escritores que quieren vivir del cuento. Me huele que lo conseguirá. Casi tanto como su libro huele a cadaverina. Manos a la obra.

Yo tuve un buen amigo que no paraba de repetir que se cuidaba tanto, y que renunciaba de tan buena gana a los excesos propios de la juventud, por si le tocaba despedirse a destiempo. Quería dejar un cadáver bonito. Y eso fue lo que exactamente sucedió. Falleció natural, pero muy prematuramente, y dejó unos despojos impecables, inmaculados, de musculados brazos y bronceado torso, y una mata de pelo que ya la quisieran para sí algunos historiadores cervantinos y muchos clientes de la Librería Matadero Uno (Oviedo). En la parte que correspondía a mi amigo, sobresaliente alto. El problema, ¡ay!, fue la parte que tocaba a la (no diré desconsolada, mas sí apenada) familia. Contrató una funeraria de chichinabo que despachaba sus servicios en el Tanatorio de Manzaneda de Torío (León), a kilómetros (muchos) de la Villafáfila (Zamora) natal y vital de mi amigo, familia y conocidos. Total, que en aquel velatorio había menos gente que en un incierto concierto no anunciado de Los Modernos en una azotea de Nueva York. Y lo dejo por aquí, porque lo que vino a continuación fue de juzgado y de farmacia de guardia. Sobre la cremación, no puedo entrar en detalles. Solo diré que tuvo lugar en Valencia como tres semanas después, ya entrado el mes de marzo. Pero así es la muerte. Nos mata bien muertos, por mucho que nos cuidemos en vida y milagros (de nuestra señora). Y viceversa. Pues de esto va la sorprendente serie de cuentos que Alberto Sepúlveda acaba de publicar en La cadena trófica, la colección de literatura extrema que acogen Eolas ediciones y menoslobos taller editorial (aka Mr Griffin, aka Mrs Danvers).

Los cuentos de Alberto Sepúlveda se localizan en un escenario bipolar en el que lo trágico de la muerte se cruza en un preciso instante con los inconvenientes absurdos de la vida de todos los días. Llevados a este terreno, que es su terreno, y pillándonos un poco desprevenidos, Sepúlveda consigue dirigirnos astutamente hacia la conclusión de que lo realmente excepcional o insólito no es la muerte, sino la vida cotidiana, porque estos cuentos le llevan a uno a no explicarse la sarta de estupideces, trivialidades y nimiedades en que esta consiste, vista desde la perspectiva del occiso (la muerte es siempre violenta, no nos engañemos) que seremos. El dubitativo lector puede representarse el confuso, pero aclarador, ambiente dominante en estos relatos como afín al del proverbial velatorio del Padre Damián, en que pusieron chikichiki y el muerto echó a bailar. La literatura sepulvedana funciona ciertamente como una especie de carnaval inverso, en que lo trágico antecede a la perspectiva salvadora de lo cómico, que es la que finalmente se impone. Así pues: a bailar, a bailar.

Como reclamo, cito al propio autor en una de sus publicaciones de Instagram™ (27.10.23; consulta: 12.01.23): “En La manía de estar muerto encontraréis todo lo que pasa cuando alguien va y se muere, todo lo absurdo, todo lo triste y, sí, también todo lo divertido: una monja antifascista, una quiniela en el tanatorio, Wallapop™, un niño con una es copeta…”. De su libro, Alberto Sepúlveda dice que “me ilusiona y me hace temblar” (misma fuente). Al respecto, me parece a mí, no hay mejor autoridad que el autor, figura por otra parte mortecina donde las haya, como sentenciaron Barthes y Foucault. Sin embargo, como escribió no hace mucho Isabel Longa Nizza, la gran guardesa de las esencias críticas de la escuela de Cesare Segre en Pavía y Trieste, vale más morir contando que morir matando (cito de memoria). Y es a lo que se ha apuntado el joven Sepúlveda, pensando, tal vez, que, aunque el autor muera en el intento, como muere en el intento la mantis religiosa (en mi tierra la llamamos la mamboretá o la campamocha), vale la pena morir contando como se mueren los demás: del susto, de risa, porque tocaba, porque pasaba por allí…

Un apunte final. Ese Cesare Segre de la lengua española que es José María Pozuelo Yvancos me explicó en una ocasión que el cuento no era un género chico, por más que la gente piense que sea a la literatura lo que la zarzuela a la dramaturgia musical. Al maestro de tantos críticos españoles (h)odiernos no le objetaré yo ni una coma. Con la debida humildad, me permitiré tan solo amplificar sus palabras para concluir esta nota diciendo que tampoco es chico un escritor porque sea joven, quiera vivir del cuento y le gusten los funerales más que las bodas. Las bodas tipo funeral, aquellas que promocionaron con desigual éxito de crítica Mike Newell y Duncan Kenworthy en 1994, con la inestimable ayuda de Hugh Grant y Andie McDowell, parece que vuelven a ser tendencia.

Pues que ¡vivan los novios!

Olga Arellano Velásquez ha sido profesora de la Escuela de Educación Bilingüe Intercultural (EEIB) de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP). Trabaja actualmente como profesora free lance de escritura creativa. Es asidua a las Escuelas de Verano de Asociación Española de Teoría de la Literatura (ASETEL), así como a los seminarios del Grupo de Investigación de Historia y Epistemología de la Teoría Literaria de la Universidad de Murcia, foros en los que desarrolla principalmente su vena crítica.