1999-VI, cartón y PVC, 87x200x5 cm.

«Camín de Memoria» es una exposición de María Jesús Rodríguez con una cuidada selección de trabajos que aportan una nueva mirada hacia algunas de sus obras de referencia y propone un acercamiento a sus nuevas aportaciones plásticas.

La muestra abarca más de treinta años de su producción, con obras de formatos y técnicas diversas, entre las que destaca la siempre enigmática presencia de sus esculturas y relieves en cartón que siguen siendo hilo conductor de buena parte de su producción. Estas obras se ven complementadas por dibujos sobre papel y grabados sobre aluminio, trabajos íntimos, de pequeño formato, en los que se percibe su gran sensibilidad hacia el medio natural.

Como punto de referencia se muestran piezas en cartón y acrílico, como VIII-1989 y S/t-1990. Obras de gran formato que conectan con sus trabajos anteriores y que, desde sus irregularidades formales y desde un acabado pictórico monocromo, remiten a lugares geológicos de carbón o de pizarra. Estas piezas en cartón evidencian la enorme creatividad de la artista y las infinitas posibilidades que proporciona el material. Un producto industrial tan cotidiano y sencillo como el cartón se ve transformado en sugerentes obras escultóricas capaces de suscitar las más variadas resonancias naturales, remitiéndonos a entornos concretos que ya plasmó el cineasta y periodista Tito Montero en «La vigilante de las olas», un documental sobre las experiencias de su niñez en los acantilados de pizarra de Castropol, en la playa de Penarronda, «allí descubrió la belleza, y esos momentos han quedado como pequeños fragmentos del paisaje de su memoria».

Las piezas en cartón abarcan distintos momentos, aportando una visión bastante completa de su evolución técnica y formal. En todas ellas, la estructura es compacta y volumétrica, mientras que, en las dos obras comentadas, domina la irregularidad y la contundencia monocroma del negro, en la obra titulada C-1994-XII observamos cambios significativos: sus límites están bien definidos, aunque juegan con su irregularidad resistiéndose al formato tradicional, elimina la aplicación de pigmentos, mostrando el cartón en su color, en una especie de reivindicación de su inmanencia, de los valores intrínsecos a la materia. Estos dos aspectos: forma y materia acercan su trabajo a alguno de los principios minimalistas, aunque, el tratamiento directo del rasgado del cartón, evidencia un gesto expresivo y cálido que la alejan de la frialdad aséptica de esa corriente estética. Similar planteamiento ocurre con 1997-IV y 1998-XXXIII, piezas realmente singulares en las que advertimos la combinación de distintas técnicas de corte y rasgado: a mano, con cúter o utilizando sistemas mecánicos como la radial, provocando diversas texturas que se ven acentuadas por los efectos claroscuristas aportados por la luz, un componente clave en la configuración de toda su obra.

La regularidad de los formatos, como advertimos en 1999-VI, pieza fundamental en esta muestra, marca la madurez de un estilo en el que la geometría y la pulcritud son protagonistas. Una enorme diagonal articula la composición, remitiéndonos nuevamente a la geología, a las fracturas, desplazamientos y diaclasas, incorporando un interesante efecto de movimiento y acercando la visión del conjunto a formas básicas de representación humana, como las bandas y zigzagueos. Sorprende el equilibrio entre la fragilidad y calidez del cartón y la consistencia de un material industrial como el PVC, que toma cierta presencia en esta época. El carácter vibrante de las fracturas y las atractivas texturas acentuadas por la luz, incorporan efectos ópticos que aportan un carácter sinestésico al conjunto, una interferencia de sensaciones ópticas y hápticas que están latentes siempre en sus propuestas. En este sentido, resulta interesante advertir las conexiones entre los trabajos de María Jesús Rodríguez y otros grandes artistas contemporáneos, como Richard Serra, Eva Hesse o Anish Kapoor, que han sabido mantener un esencialismo formal en sus obras, pero también han potenciado las cualidades intrínsecas de los materiales, ya sea a través de la oxidación del acero corten, la consistencia del látex o el espesor de la pintura industrial. Sus trabajos conectan emocionalmente con el espectador y siempre contienen una reflexión necesaria sobre el proceso creativo.

A la to solombra (A tu sombra), es una pieza especial de 1999 realizada en colaboración con el creador Alejandro Mieres (1927-2018) se convierte en un homenaje a este gran referente de la materia y el color. Su original formato (170x30x8cm) le confiere un cierto sentido de friso clásico (si hubiera sido expuesta horizontalmente), pero, al disponerse verticalmente, ha adquirido un fuerte carácter totémico. Esta posibilidad dual, formal y expositiva, se advierte también en los distintos materiales, colores, técnicas y texturas utilizados por cada artista, el cartón y el óleo conviven en armonía porque, desde sus respectivos estilos, comparten un lenguaje común y universal, en el que surcos, estratos y retículas, responden a una experiencia estética unida a los ciclos del universo.

A partir de 2002 el color blanco irrumpe en sus piezas introduciendo un nuevo giro a su producción. Por ello 2002- IX es una pieza representativa de ese momento, como también lo son 2003-XII y 2003-XII, dos exquisitas obras de menor formato que transmiten una agradable sensación de serenidad y que recuerdan fósiles, unidades celulares y tramas textiles. La perfección técnica y la sólida consistencia de los acabados se ven potenciadas por las coberturas blanquecinas, provocando una cierta ambigüedad con respecto al material empleado. Gracias a la rotundidad de las formas, el concepto esculpir está más presente que en cualquier otro trabajo.

 

Se expone una pequeña selección de piezas exentas pertenecientes a la Serie de Cartones que conforman una instalación en el centro de la sala de la galería. Piezas tridimensionales de formas y tamaños diversos que permiten analizar, desde distintos puntos de vista, las calidades y acabados. El concepto de tronco-columna ha estado también presente a lo largo de su trayectoria, obras que desde su equilibrado anclaje en la tierra y su verticalidad remiten a una simbología ancestral unida a los árboles sagrados o a las primeras construcciones megalíticas.

La muestra cuenta también con relieves de cartón de pequeño tamaño, tres de ellas de formato cuadrado y con acabado monocromo oscuro, África III-1997, y dos de recientemente creación, 2024 III y 2024 IV; mientras que 2024 I, con un formato rectangular apaisado, con una cobertura de pintura blanca. Con esta nueva incursión en el cartón podemos advertir cambios significativos en la concepción y composición de las piezas y en su tratamiento técnico. El acabado en las obras más recientes posee un detallismo casi miniaturista, que recuerda ampliaciones de texturas y superficies geológicas vistas a través de un microscopio, contrastando con las formas rotundas de épocas anteriores. También es subrayable la vuelta a un tratamiento irregular de los contornos, con muescas e imperfecciones que potencian su posible procedencia natural.

La memoria es clave en la configuración del trabajo de María Jesús Rodríguez y más allá de las referencias directas a su experiencia vital, a sus recuerdos y emociones, la memoria le ha permitido trasladar su experiencia vital a un lenguaje plástico universal que llega a trascender en nosotros. Su manera de sentir y percibir el mundo, queda registrada a través de su obra y, en este sentido, el dibujo es fundamental. En varias ocasiones ha quedado documentada esta íntima reflexión de la autora sobre su importancia: «Dibujo para entender el mundo que habito. Siempre regreso a los lugares de mi infancia donde, observando los pedreros entre mareas, las cunetas o el jardín de mi madre, no solo me di cuenta de que las cosas pequeñas que no vemos construyen el mundo, sino que además me sentía libre, alejada de las tareas propias de una niña de mi época».

Con los dibujos realizados con lápiz sobre papel poliéster y los grabados sobre aluminio, irrumpen por primera vez títulos que remiten a una toponimia cercana, a rincones olvidados y paisajes de lo humilde, como la serie titulada La Payarina o los nombres de las piezas de aluminio, El Salgueiro, Lesmes, La Estrella o A Lagúa. Estas singulares y hermosas piezas grabadas y policromadas representan una vía de experimentación y hallazgo que sigue abierta para nuestra autora, potenciando ese afortunado equilibrio entre un material industrial, de apariencia fría, con la calidez de las formas vegetales y el color. Son auténticos fragmentos de naturaleza con los que la autora mantiene una relación afectiva muy fuerte. Impresionan por un virtuosísimo figurativo que se distancia de la abstracción orgánica de sus cartones pero que sigue confirmando su compromiso con el entorno, proponiéndonos una manera absolutamente contemporánea de abordar uno de los temas más importantes de la Historia del Arte: el paisaje.

Esta exposición profundiza en las diversas vías de creación que la artista ha venido desarrollando hasta nuestros días, sus trabajos actuales continúan emocionándonos desde su sencilla naturalidad y desde un esencialismo cada vez más puro. Son obras que evidencian las profundas conexiones que existen entre la artista y el entorno, con el paisaje, con la etnografía, incluso, con la Llingua asturiana, presente en alguno de los títulos. «Todo lo que la naturaleza no puede dar, aunque quisiera, lo dan las obras de arte: hacen abrir los ojos de golpe» nos dice el gran pensador Theodor Adorno y, desde esta afirmación, entendemos que «Camín de Memoria», es una oportunidad para ahondar en la obra de María Jesús Rodríguez, conectar con la belleza del medio natural y reflexionar sobre su frágil existencia.

«Camín de Memoria, María Jesús Rodríguez
Galería Llamazares, Calle Instituo 26, Gijón

Hasta el 4 de mayo


Santiago Martínez
 es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es