Vista de la exposición

En la nueva propuesta de la Galería Caicoya contemplamos una excelente selección de imágenes del fotógrafo de origen húngaro Nicolás Muller. Coetáneo y compatriota de otros grandes fotógrafos, entre los que destacan Brassaï, Robert Capa o la fotógrafa Kati Horna, tuvo que emigrar de su país como consecuencia de los avatares políticos y sociales. Nicolás Muller fue, desde finales de los años 30 y durante los 40, un creador errante que documentó con su cámara el mundo que le rodeaba, los lugares donde temporalmente habitó, en Francia, Portugal o Marruecos hasta asentarse, en 1948, definitivamente en Madrid, donde vivió y trabajó durante muchos años. En 1980 decidió pasar sus últimos años en Asturias, en el hermoso pueblo de Andrín, cerca de Llanes, contemplando desde su casa la sueve orografía de la Sierra del Cuera. Falleció en el año 2000 y allí reposan los restos de este gran fotógrafo que, como afirmó Fernando Vela, «era capaz de extraer el alma de las cosas».

He tenido la fortuna de visitar la muestra acompañado por Ana Muller, hija del artista y también fotógrafa, de percibir en ella la emoción de mantener viva su aportación a la Historia a través de estos documentos visuales y, sobre todo, la necesidad de seguir difundiendo su trabajo. Ella está tras los proyectos expositivos que están sirviendo para reivindicar y visibilizar sus aportaciones, como la exposición de 2013, «Nicolás Muller. Obras maestras» en el Canal de Isabel II, algunas de cuyas obras están presentes en esta selección en la galería; o el proyecto «Nicolás Muller. La mirada comprometida», proyecto respaldado por el Instituto Cervantes que desde 2020 continúa exhibiéndose siguiendo el itinerario vital del artista. Sin olvidar «Nicolás Muller. Viento norte» muestra que tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes de Asturias en 2021 y que permitió contemplar su personal mirada hacia la sociedad, el trabajo y el paisaje de la Cornisa Cantábrica y donde, entre otras fotografías, se hallaba «Redes en Cudillero» una interesante fotografía que ahora también podemos contemplar.

Con estas reseñas, no solo pretendo destacar la importancia de este fotógrafo y el interés de la nueva exposición en la Galería Caicoya, también quiero subrayar la ingente labor que Ana Muller ha venido desarrollando durante estas décadas para mantener viva la memoria de uno de los grandes fotógrafos contemporáneos. Nadie mejor que ella puede expresarlo: «La mirada actual de otros y la mía propia han descubierto a un autor que, mientras buscaba su estilo, se centraba en el interés humano, dando prioridad a las personas, a sus gestos, a sus trabajos, a sus penas y a sus alegrías». Y, ciertamente, buena parte de su producción trata el tema social, son fotografías de carácter documental que representan al ser humano en su entorno, campesinos, obreros y pescadores que, desde su anonimato, reivindican su propio espacio. Existe un fuerte compromiso sociológico, una responsabilidad que se traduce en una búsqueda voluntaria del bienestar general por encima del particular y que es sin duda herencia de una fotografía centroeuropea comprometida que podría sintetizarse en «Manos de campesino», obra temprana de su etapa en Hungría.

Sin embargo, la muestra va mucho más allá de estas implicaciones sociales, en algunas imágenes de ámbito rural el peso narrativo y la carga estética sobrepasan dichas implicaciones, así ocurre con el magnífico contrapicado de una lavandera en «Arenas de San Pedro, Ávila» o con la original composición del corro de unas niñas en «Argamasilla de Alba, Ciudad Real». Son fotografías que recuerdan hasta qué punto este autor se ha convertido en uno de los testigos visuales de nuestro país, pero también cómo su trabajo ha sido capaz de trascender mucho más allá de ese carácter documental.

La exposición «Nicolas Muller, (1913 -2000). Un fotógrafo» resume de manera coherente su trayectoria, mostrando diversas vertientes documentales y creativas. Dos instantáneas de gran formato dominan la muestra: en «Arcos de la Frontera, Cádiz», una acentuada perspectiva de la calle evidencia el magistral dominio de la luz y en «Tatuajes», fotografía captada en Burdeos representa un fragmento de un cuerpo tatuado. Ya el concepto de fragmento, de selección de una parte dentro de un todo, con un protagonismo de la angulosidad geométrica del brazo, remite a una manera de entender la composición próxima a las experiencias constructivistas. Su escala resulta imponente (100×100 cm), y su presencia se ve acentuada por las limitaciones del espacio expositivo. La regularidad del formato implica una búsqueda de soluciones compositivas armónicas, muchas de ellas geométricas, como en «San Cristóbal de Entreviñas, Zamora» donde un sacerdote camina hacia la confluencia de dos senderos potenciando el efecto de perspectiva o, sobre todo, en «Bajo la lluvia», imagen inquietante y formalmente arriesgada, concebida mediante diagonales que acentúan la sensación de movimiento y que habla de la vertiente más experimental e intuitiva del autor.

Visitar esta selección de obras de Nicolás Muller es deleitarse con su calidad fotográfica, imágenes que nacen desde la sinceridad y no solo captan la realidad de los personajes sino, como el propio autor pretendía, llegan a captar lo que estaban pensando, lo que es más difícil de conseguir.

«Nicolás Muller, (1913 -2000). Un fotógrafo»
Galería Caicoya
Calle Principado 11, Oviedo
Hasta el 4 de abril

 

[Artículo publicado en LNE el jueves 24 de marzo de 2024]

Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es