En el fondo, nada significa nada, porque cuando aún no había personas pensantes, no había nadie que buscara la significación de los fenómenos. Solo hay que buscar esa significación cuando la persona no comprende. Solo lo incomprensible tiene significado. El hombre despertó en un mundo que no comprendía y por eso intenta comprenderlo.
Carl Gustav Jung [1]

Partiré del supuesto, obviamente discutible, de que la música psicodélica evoca ese mundo jungiano en que nada tiene sentido (ni falta que le hace): cada pieza, un fragmento de un universo que no hace falta interpretar, que nada ofrece que deba ser entendido y recubierto con esa especie de barniz duro del sentido, de color aceitunado, engañosamente reluciente, que por la acción de la humedad y la hermenéutica se forma en los objetos antiguos de bronce [2].

Supongamos que sea así. La psicodelia musical sería, por tanto, un territorio ejemplarmente propicio para poner en práctica esa aproximación al arte, a todas las formas de arte, que es el legado principal de la enormísima Susan Sontag: aportarle al arte nuestros sentidos, en lugar de exigirle un sentido. Sacarle todas las posibilidades de entrega, placer o sufrimiento que pueda llevar dentro, en lugar de clausurarlo en el momento mismo en que vemos confirmado el sentido que canónicamente se le atribuye. La psicodelia es ir contracorriente. Contra la interpretación [3].

La psicodelia sería, también, ese momento de receso en la marea de la consciencia en que se desentiende del yo individual y se mantiene activa convertida tan solo en los objetos que la componen. Puro objeto sin sujeto que la contemple ni agente que la interprete. En esta bajamar de la conciencia del yo individual, perdido o desaparecido entre los objetos alterados de la percepción, confundido en realidad con ellos, tenderá a imponerse una forma de inconsciencia colectiva, poblada de figuras que remiten a la historia natural de la humanidad, si no a etapas de la historia natural de todos los organismos a través de los cuales hemos llegado a ser seres humanos. En la música psicodélica, como en cualquier forma de estimulación psicodélica y como en determinados momentos del trastorno mental, emergen imágenes que nos retrotraen mucho más allá de nuestro propio periplo vital. Hablo con perfecto desconocimiento empírico de lo que digo, pero absolutamente convencido de su abrumador sinsentido: la psicodelia como momento de revelación, que remite a un tiempo «en que la consciencia no pensaba, sino que percibía», en que era más «su propio objeto, que un sujeto» [4].

Y si seguimos suponiendo, de manera obviamente discutible, que todo esto sea así, se entiende, llevados por esta pulsión a comprender que la psicodelia diluye, la propensión de todas las experiencias de estimulación psicodélica a crear situaciones de acoplamiento mental colectivo. La música psicodélica, en este sentido, se transforma en catalizador de experiencias supraindividuales, precisamente gracias a su poder de ocultación del ego que reclama sentido, que exige comprensión, que impone interpretación.

Pero dejémonos de tanto Jung y hablemos de jungle.

Simon Reynolds explica (menos mal que tengo quien lo haga por mí) que el éxtasis [5] (MDMA) suma al efecto distorsionador sobre el estado de conciencia del LSD la aceleración propia de la dopamina (principio activo de drogas como el speed) [6]. Es decir, psicodelia acelerada. Imagino que se pueda decir que el éxtasis es la sustancia psicotomimética de una hiperactividad esquizoide. Y, claro, no podían faltar sonoridades psicotomiméticas de esa misma condición, es decir, psicodelia musical acelerada. Se podrían citar varios estilos, pero me basta con centrarme en uno de ellos: el ya anticipado jungle.

Del jungle puede decirse que es la versión rabiosamente autóctona que funde y sintetiza la música de todas las diásporas londinenses, atravesada por una inyección de ritmo y vitalidad radicalmente africanas. Extraigan África de casi cualquier estilo musical y lo que quede estará abocado a la frialdad y al amaneramiento [7]. Simon Reynolds se refiere al jungle como «la oveja negra de la diáspora postrave» [8], caracterización lo suficientemente sugerente como para renunciar a asomarse al género. Yo no tengo cuerpo para aguantar una rave (aunque aspiro a adquirirlo), así que ni me hago idea de lo que debe de ser una postrave negrovejuna (lo de la diáspora no es problema, todos llevamos alguna dentro). Pero asomarme, sí que me asomo y, sobre todo en sus primeros balbuceos (¿primeros balbuceos de un belcebú raver?) [9], doy fe de que el jungle engancha.

La fórmula viene a ser esta: seleccionen la pieza más enloquecida de soul-funk que tengan al alcance y extráiganle toda la carne hasta dejarla reducida al jugo de su base rítmica. Programen al máximo de potencia su acelerador de bases rítmicas y aplíquelo sobre la reducción. Distorsiónenla, trocéenla y hagan con ella todo tipo de superposiciones y bucles. Resérvese. Reúnan una pandilla de voluntarios y, habiendo cumplimentado todos los protocolos de experimentación con humanos del comité de ética de su empleador (si lo tuviere), sométanlos al resultado en una pista de baile experimental (se alquilan a módicos precios). Acelerar y distorsionar tantas veces como sea necesario hasta conseguir que los sujetos experimentales reconozcan que la pieza ya es imposible de bailar. A partir de ese momento, y solo a partir de él, podrá servirse a multitudes de entre veinticinco a veinticinco mil ravers [10].

Y llega aquí mi dilema.

Razona Simon Reynolds, quien hablando de estas cosas es como nuestro Fernando Simón hablando de epidemias, que con la electrónica hardcore en sus variadas variantes (sic), aquí epitomizadas por el jungle, la relación de parentesco que atraviesa a los trastornos mentales, los estados alterados de conciencia por el consumo de drogas y la supresión de la conspiración diaria del espacio-tiempo que propicia la inmersión musical entra en una dimensión que podríamos llamar (el término es mío) «post-psicodélica». El motivo es que ya no se trata de que cada una de estas condiciones repliquen o mimeticen características de las otras, sino que cada una actúe complementariamente con las demás, dando lugar a un estado intensificado, cualitativamente situado en otro nivel: drogarse para abandonarse a la sinrazón, abandonarse a la sinrazón para bailar hasta la extenuación, bailar hasta la extenuación para drogarse para abandonarse a la sinrazón, drogarse para abandonarse a la sinrazón para bailar hasta la extenuación, bailar hasta la extenuación para drogarse para abandonarse a la sinrazón para… Algo parecido al lema de los Spaceman 3 en uno de sus recopilatorios: comprar drogas para hacer música para comprar drogas… La relación ya no es psicotomimética (o no necesariamente), sino una pura sucesión lineal en progresivo aumento, una especie de versión monstruosa de la causalidad humeana. Y así, hasta que la rave, como una fogata, se extinga (o, supongo, hasta que lo haga el efecto de la droga).

Vaya por adelantado que no tengo nada contra una economía de la diversión de este tipo. Creo firmemente en la radical autonomía de cada cual, en la legítima y exclusiva propiedad de su cuerpo y en la libertad de diversión (siempre que no entre en conflicto con la diversión o el descanso ajenos; queda dicho, para el improbable caso de que me lea mi madre). Con un físico y una psique lo suficientemente en forma, no le haría ascos a una buena rave [11]. Mi problema no tiene que ver con las drogas, ni con el ruido, ni con los residuos que puedan quedar sin recoger. Mi problema es conceptual (¿y qué problema no lo es? – me adelanto a objetar antes de que lo haga Saturno, el listillo de turno –).

La música, como la mente, se extiende más allá del cerebro y más allá del cuerpo propio, se extiende por el ambiente y se extiende por el cuerpo y el cerebro ajenos, generando maravillosas redes de disfrute colectivo. Comparte esa propiedad con algunas drogas. Simon Reynolds defiende que la música es una forma particular de droga, un poco como la mente es un tipo de alucinación en sí misma [12]. Ahora bien, como también (y tan bien) explica Reynolds, en esta etapa avanzada de la música electrónica y sus ceremonias (raves, post-raves y lo que sea en que realmente estemos o esté por venir), mente, drogas y música pierden su propia identidad, la identidad desde la que compartían o mimetizaban características, para conformar un híbrido que ya no es ni mente, ni drogas, ni música. ¿Qué es ese híbrido? ¿Mendrósica? ¿Droménsica? ¿Musdrómente? (no me pregunten por qué me empecino con las esdrújulas; supongo que, por eso, porque son esdrújulas). La creatividad de la morfología, aunque palidecida por la locura de la sintaxis, es rica, como ven: que cada cual escoja su palabra o palabro. Yo me quedo con la duda:

¿Qué es ese híbrido?

No tengo respuesta.

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[1] Carl Gustav Jung. 2002. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Trotta, p.31 (los textos originales son de 1933/1955).

[2] Este párrafo contiene varios samplers de DLE™. DLE™ no reconoce el término sampler (por tanto, *sampler).

[3] Léanlo aquí y no se pierdan el resto: Susan Sontag. 2020. Obra imprescindible, Random House, 2022.

[4] Carl Gustav Jung, op. cit., 33.

[5] Es inDLE™: «droga sintética que produce efectos alucinógenos y afrodisíacos». Qué pillines los académicos de número.

[6] Simon Reynolds. 2008. Energy flash. Un viaje a través de la música rave y la cultura del baile, Contra (el original es de 1998).

[7] En el sentido, aclaro, de la acepción 2 de DLE™: «falta de variedad en el estilo».

[8] Simon Reynolds, op. cit., p. 307.

[9] Recomendación absoluta: Black riot. Early jungle and hardcore (2020), de la fantástica editora Soul Jazz Records.

[10] Aunque a destiempo, aclaro que así, en itálica, rave y todos sus derivados son anglicismos que FundéuRAE© tolera, al no encontrar en nuestro acervo equivalente aproximado. ¡Almas cándidas! ¿Es que sus señorías nunca han ido a una verbena? Pues eso es una rave, una verbena. Pero si hasta hay anagrama.

[11] No, no soy de los que dirían: and the raven said nevermore… Yo soy de los que echarían guindas al cuervo.

[12] Rodolfo Llinás, El cerebro y el mito del yo. Belacqua, 2003.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo