Fran Nixon, en un fotograma del documental "Salir de casa".

Uno de mis chistes favoritos se encuentra al comienzo de uno de los cuentos de P.G. Wodehouse, donde uno de sus personajes habituales, Bertie Wooster, un señorito petimetre, dice: “Hay gente a la que no le gusta la primavera. Personalmente, estoy a favor.” El chiste funciona por la pedantería que supone usar el lenguaje parlamentario para hablar del tiempo, y por la falta de proporción entre los ciclos astronómicos y los sentimentales. El escritor, en una sola frase, nos muestra que el protagonista es un cursi y un imbécil. Hace poco me he vuelto a encontrar con el mismo chiste en un artículo científico publicado en prensa. En él, un grupo de científicos proclaman que hemos entrado en una nueva época geológica, el Antropoceno, y añaden: «¿Es bueno o malo que se extinguieran los dinosaurios? No entramos a juzgarlo”. Mientras nuestros especialistas seguidores del Evangelio de Lucas no se pronuncien, yo tampoco me atreveré a tomar partido, a favor o en contra, en tan espinosa cuestión. Pero queriendo evitar ver la mota en el ojo ajeno, etc., he de hacer una confesión: yo soy Bertie Wooster. O más bien tendría que explicar cómo me convertí en Bertie Wooster.

Gracias a Eduardo Galán, un periodista asturiano que organiza varias tertulias en Madrid, conocí a David Trueba. Vino acompañado de Enrique Bueres, otro periodista asturiano al que yo admiro desde los tiempos en que dirigía un programa musical en Radio Asturias, Expreso de medianoche. En una de esas comidas, yo contaba que el vinilo de mi nuevo disco, Lo malo que nos pasa, nos lo mandarían desde la República Checa, ya que allí se encuentra una de las últimas plantas industriales de discos de Europa. David entonces propuso hacer un documental sobre eso, en formato road movie. Al principio pensé que no hablaba en serio, pero cuál fue mi sorpresa cuando algunas semanas después, y frente a otros invitados ilustres, dice: “Pues Fran, Edu y yo nos vamos a Chequia a hacer un documental”. Cuando salimos del restaurante, tras despedirnos de todo el mundo, Edu y yo empezamos a pegar saltos.

Nos pusimos manos a la obra, y el primer obstáculo con el que nos encontramos, que a la postre fue insalvable, fue obtener la colaboración de los checos para poder grabar en sus instalaciones y entrevistar a algún responsable. Como no conseguíamos respuesta, intentamos contactar con alguna otra fábrica inglesa y alemana, con el mismo resultado infructuoso. Hasta que de manera casual, en una fiesta que organizaban en Madrid los chicos del sello El Genio Equivocado, descubrí que ellos fabricaban sus vinilos con una empresa de Castellón de La Plana, Krakatoa Records. Eran un colectivo de DJs de reggae que, tras montar su propia discográfica, decidieron dar el paso y convertirse en fabricantes, en vista del aumento de consumo de vinilo en los últimos años, y la falta de capacidad instalada para fabricarlos. Desde el primer momento mostraron interés por el proyecto, y fue entonces cuando propuse mantener el concepto original, pero trazando un itinerario por ciudades españolas. Mi intención era aprovechar la oportunidad, no para hacer autobombo, sino para sacar a relucir a los amigos y a gente de nuestro entorno que estuvieran haciendo cosas interesantes. La rutina que planteamos fue la siguiente: viajar por la mañana; quedar a comer con los invitados y grabarles; después de comer, presentación de la última novela de David (Blitz); tras la presentación, concierto.

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Pasamos por siete ciudades en siete días (Zaragoza, Barcelona, Castellón, Albacete, Jaén, El Puerto de Santa María y Córdoba) y, visto el resultado, de lo que más me arrepiento es de no haber tenido más tiempo para entrevistar de forma individual a cada uno de los invitados, ya que el ambiente de las comidas, aunque de lo más agradable para nosotros, tal vez no era el más indicado para que el espectador pudiera enterarse de lo que estaba pasando. En parte, por culpa de la gran cantidad de sobreentendidos implícitos en la conversación, agravados, además, por la pobre calidad del sonido. Estuvimos escasos de tiempo y recursos, pero, y eso también entronca con la idea del documental, uno hace lo que puede con lo que tiene. Mi intención fue mostrar los paralelismos existentes entre diversos procesos creativos, desde una fábrica de zapatos, a una de aceite o de discos; y cómo en una economía digital que ha destruido los mercados locales, se da la paradoja de que muchas personas deben regresar a los oficios manuales y el autoempleo. Y que uno nunca triunfa solo (esto es lo que contesto cuando me preguntan, pero el verdadero motivo era ir a ver a los amigos y pasárnoslo bien).

¿En qué momento me di cuenta de que, a pesar de haberlo intentado con todas mis fuerzas, no había podido evitar caer en la imbecilidad y la cursilería? Pues recientemente, viendo un vídeo en el que entrevistan en la tele francesa a Serge Gainsbourg, se produce una discusión entre varios artistas acerca de si la música pop (la canción francesa, en sentido estricto) es un arte mayor o menor. Gainsbourg la considera una arte menor porque, a diferencia de lo que ocurre con la pintura o la poesía, no necesita un periodo de aprendizaje. Guy Béart, otro músico allí presente, se muestra indignado, y entonces Gainsbourg pronuncia la frase definitiva dirigiéndose al presentador: “¿Qué dice el imbécil?” Y ahí está la cuestión, porque por mucho que yo quiera plantearme mi oficio en términos de arte menor, o yo me vea como un artista menor, en el fondo a lo que aspiro es a ser un genio, como lo son mis ídolos (Gainsbourg entre ellos) y como considero que son muchos de mis amigos.

Así que vivo desgarrado por esa contradicción, por un lado pienso que mi trabajo no es para tanto, y por otro, elijo grabar un documental sobre ello. ¿No soy digno de compasión, acaso? ¿No soy digno compañero de andanzas de Bertie Wooster, y de aquel otro filósofo alemán, cuyas famosas últimas palabras fueron “Madre, soy tonto”? Mi única justificación es que la vanidad es un pecado menor que el orgullo y que, en el fondo, los cursis somos inofensivos. Los que dominan la conversación pública son los otros, los del buen gusto y «lo que hay que ser». Qué pesaos.

Francisco Nixon es músico
@francisconixon