"Siempre hay tiempo para volar" Esperanza d'Ors

Cuando, en 2009, José Luis Gómez trajo al Teatro de La Abadía de Madrid a uno de los directores de escena más lúcidos de nuestro tiempo, Krystian Lupa, para montar Final de partida, de Beckett, el polaco, Premio Europa de ese año, dijo: “Hace falta un nuevo campo para que nazca un nuevo ser humano. Nosotros estamos demasiado aterrorizados. Y bajo esa oscuridad, bajo ese miedo, el ser humano ya no puede ver a otro ser humano. Solo vemos enemigos”.

Este terrible diagnóstico no ha hecho más que crecer en los años trascurridos desde entonces, obligándonos con ello, día a día, a repensar las cosas que ya sabemos. La humanidad, como Andrómeda, sigue, desnuda y encadenada, colgando de un acantilado entre dos abismos: por un lado, el fanatismo, y por el otro, el más absoluto escepticismo.

Pero si creemos como el poeta Miguel Hernández, que “nadie me salvará de este naufragio / si no es tu amor, la tabla que procuro…”, considerando nuestro amor el hermoso trabajo artístico que debemos seguir haciendo, no ya en la creencia, de Ernst Bloch, de que “el hombre es algo que debe ser descubierto todavía”, sino en la certeza de que ese “todavía”, debe de ser un “cada día”.

El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es el único medio que tenemos para espantarnos de la barbarie y compadecernos de sus efectos. Hay que creer con pasión en su poder redentor. Necesitamos de una conmoción estética que nos permita asumir la barbarie como parte de la naturaleza humana, sabiendo que la necesidad y la voluntad de expresión, a través de la belleza, es algo irreductible en el ser humano.

La invención de formas existe como una urgencia, unida al hecho mismo de sobrevivir. Ortega decía que “se vive siempre dentro de las formas “, que son “la casa del ser”, donde uno se pone a cubierto de la intemperie y del caos.

Siempre que hablo de la necesidad del arte suelo acudir a la imagen de un niño que camina perdido en la oscuridad. Está solo y le acechan las sombras… Lo que las tinieblas tienen de destructivo y amenazador es que no hay formas, ni figuras ni rostros… Pero, de pronto. el niño se pone a cantar y ese cantar se convierte en una estrategia defensiva, construyendo un principio de orden, una forma, un refugio en el que resguardarse. Esa frágil protección, un canto, un verso –¿quién no lo ha experimentado alguna vez?–, es la tabla sobre la que ponerse a salvo.

Todos los artistas saben de este poder, e intentan, con sus pequeñas o grandes obras, construir ese campo, esa esperanza compasiva, y ayudar con ello, no sé si a la creación de un hombre nuevo, pero sí un hombre mejor y menos solo.

Para ello seguimos el camino trazado por otros, “doblarse hacia dentro, a ese escuchar esforzado, a las profundidades de uno mismo”, que decía Rodin. Es cierto que el mundo, con todo lo que en él habita, nos encamina a la desesperanza; sin embargo, el creador debe vivir “como si” intentara evitar la descomposición, la muerte de la forma.

«Intersección II», Richard Serra

Hay que volver a recordar que el hombre no es solo naturaleza sino cultura también y que esta es nuestra tabla de salvación. Somos artífices de nuestra propia vida. Creyendo en este milagro podremos transformar la realidad, porque, además, hay que advertir que el ser humano nunca tiene bastante con un solo techo y busca otro, y otro, y otro… Como escribe la reciente Premio Nobel de Literatura, Louise Glück, necesitamos una “realidad alada”: “I am tired of having hand, she said. I want wings…” O Foucault, tantas veces citado por mí, a partir de mis Ícaros, que escribe: “Si hiciéramos una radiografía del hombre, encontraríamos en él la ilusión de tener alas y volar…”

Es una falacia afirmar desde la cultura que el refinamiento artístico no nos hace mejores. En la separación de las ciencias y las humanidades reside el mal que ha producido este naufragio al que debemos oponernos. En este final del año 2020, cuando las dificultades de la labor artística se han redoblado, haciéndonos sentir, si aún cabe más, la mayor de las orfandades, para que nada pase inadvertido, hay que saber responder, como lo hemos hecho siempre:

Apoyándonos en la verdad de que toda creación artística seria, realista o fantástica, constituye en sí misma un acto crítico, y es una “contradeclaración” al mundo, como dice el maestro Steiner. Con ello, estamos ya doblegando el caos y saliendo del desorden establecido. Sabiendo que, ayudando a configurar la mirada de los otros, la obra se completa y adquiere su sentido. Con la convicción de que incluso son los ojos de los demás los que nos señalan el camino.

Fue el profesor Francisco Calvo Serraller quién habló de mi gusto por la frontalidad egipcia en mis esculturas y me advirtió la conmoción que podía vivir, cuando elegida para representar a España en la XXV Bienal de Alejandría, conociera de cerca las creaciones de aquella cultura refinada y potentísima del Antiguo Egipto. Y así fue.

Puedo contar que en el templo Mereruka de Saqqara, al encontrar un pequeño relieve habitacional que se correspondía casi exactamente a mi pieza Escuela de Prometeos, que había dejado inacabada en la mesa de mi estudio, sufrí una incontenible y sonora crisis de llanto. Entonces descubrí la ley esencial del artista, que es su pertenencia a una tradición, y a saber, de ahí en adelante, que lo que intentaba expresar no era distinto a lo que otros, en otros siglos y otras lejanas culturas, habían expresado ya.

Una gran lección de humildad que ya no he olvidado nunca. Y estoy segura que fue ese hermanamiento estilístico, ese perfume, lo que pesó en aquel jurado que me concedería la Medalla de Oro en Escultura de aquella Bienal del año 1991. Como también del enorme peso y significado que a partir de entonces ha tenido para mí.

Fueron también los ojos de los demás los que advirtieron que mis esculturas poseían un carácter similar a los míticos “kuroi” griegos –esas estatuas de varones jóvenes del arte arcaico–, al advertir que, como estos, nunca están paradas ni andando, que están a la vez en movimiento y en reposo, más allá del tiempo en términos humanos. Sus cuerpos no tienen edad, y son bellos. Por ello son presente continuo y eterno y se integran plenamente en la naturaleza, adquiriendo un carácter que los aleja del realismo.

El crítico sevillano José Ramón Dánvila acuñaría para mí la definición de artista “neoclásica y posmoderna” al observar en mis criaturas un semejante espíritu, al ser emplazadas con nuevos elementos en nuevos escenarios de la contemporaneidad.

«Foto Batey», Carmen Ballve

Desde un punto de partida estético lejos de mi elección formal, está un Richard Serra que tras la concesión del Premio Príncipe de Asturias, en 2010, afirmaba: “Pertenezco a una generación que quiso bajar definitivamente la escultura del pedestal y tratar con las inmensas posibilidades del espacio y del tiempo. La escultura es ante todo la experiencia y creo que ese postulado sigue siendo válido. Me interesa meter a la gente en el contexto, hacerlo del todo partícipe de esa ecuación espacio/tiempo.”

La posmodernidad la habita el ruido y el cambio continuos. La creación artística debe luchar por ser claramente atemporal, para ser espejo viviente. Desde hace casi ya medio siglo vivimos bajo el signo de una crisis social y política. Muchos de los movimientos surgidos a finales del siglo XX, como el Arte Povera, el Land Art, el Body Art o el arte conceptual, intentaron radicalmente oponerse a ello, buscando un retorno a la naturaleza y rechazando la feroz tecnología que comenzaba a tener una presencia omnipresente y avasalladora en las creaciones artísticas.

Otros muchos movimientos intentaron alinearse con lo tecnológico, utilizando la reproducción fotográfica, el vídeo, el sonido y el 3D, invadiendo el mercado con una auténtica inflación de objetos e instalaciones. Era lógica la enorme fascinación que iba a producir la tecnología, con su universo de experimentación infinita.

El peligro radica sin embargo en que se termine produciendo una profunda alteración entre forma y significado, cuando no un deterioro de sus cualidades formales intrínsecas al arte, teniendo como resultado un vaciamiento. Que prevalezca el ingenio sobre el genio, para pertenecer finalmente más al mundo del espectáculo que al del arte.

Para mí, a estos riesgos se unen, además, dos querencias peligrosas en nuestro tiempo: el desprecio por el oficio y un desinterés por el sentido de trascendencia. Ambas negaciones expresadas, a veces, sin pudor por los artistas. Muchos de los cuales, basándose en la creación de esa otra “naturaleza”, conseguida por la inteligencia del hombre, consideran definitivamente muerto lo artesanal. No olvidemos que Palas Atenea no es solamente la diosa de los artesanos, sino la diosa de la sabiduría, como nos recordaba la arquitecta Ana Fernando Magarzo en una reciente conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, bajo el título “La melancolía del círculo”. Por algo será.

Apuesto por el renacimiento del oficio, hoy más que nunca; por el renacimiento de esa desprestigiada mano que lleva el sello único. ¿Por qué sentimos una mayor emoción ante el arte primitivo o antiguo?, nos preguntamos. Porque en él percibimos de una forma clara, cálida y directa el hálito humano de aquel ser que la creó, encerrando en ella todos los desvelos, y por la admiración de algunos de sus resultados prodigiosos, que nos conducen al milagroso hermanamiento solidario, por encima de los tiempos. Porque la mano encierra la belleza de la verdad y su función anticonsumística.

Con pasión y compasión.

Y, a la postre, lo fundamental es el compromiso moral que todo artista contrae con su tiempo cuando se dispone a realizar una obra. Cuando la gran fotógrafa Carmen Ballvé se decide a realizar un trabajo sobre la recogida de la caña de azúcar en los Batey, se traslada a la República Dominicana y convive con aquellos seres humanos durante varios años, en sus duras e interminables jornadas, trayéndonos como resultado un conmovedor   registro de esa humanidad. Con ello no solo está construyendo una obra, sino que es partícipe, estética y moralmente, en la conformación del rostro de nuestro tiempo.

Hace años una lectura depositó ante mis ojos como regalo un fragmento de Pessoa que ha conseguido siempre despertar en mí el entusiasmo necesario para afrontar el trabajo y que quiero compartir.

“De todo quedaron tres cosas: la certeza de que estaba siempre comenzando, la certeza de que había que seguir y la certeza de que sería interrumpido antes de comenzar…”

Su lúcida conclusión, es mi regalo ante tanta incertidumbre, y ante la llegada del nuevo año:

“… y hacer de la interrupción un camino nuevo; hacer de la caída, un paso de danza; del miedo, una escalera; del sueño, un puente; de la búsqueda, un encuentro”.

A por los nuevos campos de Krystian Lupa, porque están ahí, y por los hombres nuevos, porque nacen cada día.

(Dedicado a los críticos de arte desaparecidos: Francisco Calvo Serraller y José Ramón Dánvila, porque con el ejercicio de su labor, supieron ser luz y guía para mí).

Kuroi y Korai

Esperanza d’Ors es artista