Mira por donde. Dibujo de Esperanza d'Ors.  Serie Pandoras, 2020

Dedicado a Isabel Garrigues
y a la desaparecida Carmen Gamarra,
que con generosidad me abrieron la puerta.

Era el año 1974, en el escenario de un colegio mayor del campus universitario de Pamplona. Yo interpretaba el personaje de O´Brien, en una versión teatral de 1984, de Georg Orwell, cuya trama transcurre, como se sabe, en un país totalitario, donde los ciudadanos son mantenidos en constante vigilancia, incluso de sus pensamientos. Plasmación de los peligros de un estado policial en que la razón es monopolio de los que ostentan el poder.

Desde el escenario semicircular salía una red de cordones que cubría totalmente el patio de butacas, incordiando a los espectadores que accedían al recinto, obligándoles a saltar las cuerdas o a pasar por debajo de ellas para ocupar sus asientos. Los asistentes habían recibido al entrar al local una naranja envuelta en un papel en el que al desenvolverse se leía: “1974+10=1984”. La amenaza totalitaria estaba cerca. Un grupo de rock duro acompañó nuestra puesta en escena, subrayando con sus contundentes sonidos el discurso y la acción.

Entre los asistentes, en un ambiente mayoritariamente estudiantil, tres testigos de excepción, que visitaban, aleccionando, la universidad: el músico Cristóbal Halffter y los plásticos Lucio Muñoz y Eugenio Sempere. El artífice de la escenificación de la gran premonición orwelliana fue el dramaturgo Ignacio Amestoy.

Han pasado muchos años desde 1947, en que Orwell concibió la novela, y también desde el 1974 de nuestro montaje escénico, pero el tiempo ha evidenciado la amenaza, dado que hoy podemos decir que fue una certera intuición de la desalentadora realidad que oscurece nuestro horizonte. Un mundo conmocionado y fragmentado, que la universal pandemia no ha hecho más que precipitar, limitando libertades y acrecentando nuestro desaliento.

Desde esta cruda realidad, sin embargo, podemos decir, que todo el que se dispone, en cualquier orden de cosas, a “hacer una obra” es un hombre de fe. Y tener fe es mantener la esperanza. Kafka nos lo recuerda: “No puedes decir que nos falta la fe. Solamente el simple hecho de que estemos vivos está cargado de un valor de fe inagotable”. El ser humano sabe que las puertas son siempre prometedoras, y sus umbrales invisibles, desafiantes. El diagnóstico sobre una época es eficaz, si lo usamos para conocernos, regresando a nosotros mismos, y, si es posible, para intentar cambiarlo.

He defendido que los artistas crean siempre a partir de las huellas de otros y ese punto de partida es estimulante, porque nos hermana con los que antes transitaron el camino, aunque hoy nos haga formar parte de esa “hermandad de huérfanos” que, según John Berger, somos los trabajadores del espíritu.

Podríamos igualmente decir que, acto seguido, lo que hace un creador de forma consciente, o inconsciente, encontrado ese terreno, es construir su edificio que, con suerte culminará mejor si su vida es larga y fructífera, o podrá parecer sencillo o inacabado, no siendo por ello menos relevante para todos.

J’attendrai. Escenografía de la obra teatral de José Ramón Fernández. FOTO: LAURA ORTEGA

 

Comienza así la aventura de un descubrimiento cuyo recorrido desconocemos y ante el que solo podemos con enorme voluntad ponernos en disposición de escucha y empeño intelectual. Pero si este punto de partida tiene lugar en una época de confusión y oscuridad generalizada, como la actual, donde tantos valores son cuestionados, puede llevarnos a elegir las huellas erróneas de un camino hacia la nada.

Construir es el verbo. Puede ser desde diversas posiciones ideológicas, desde el dolor y la protesta, pero nunca desde la destrucción. Destruir es, según los diccionarios, “reducir a pedazos o cenizas algo material” o “malgastar la hacienda”. Los sinónimos son “demoler, deshacer, arruinar, asolar, aniquilar”. Cualquiera de ellos conlleva una carga siempre negativa para el que desea hacer una obra literaria, musical, plástica o teatral.

Sabemos que la historia de la cultura ha podido incluso “soportar” que se hicieran obras a partir de bases ya establecidas, aprovechando los cimientos de otras anteriores con éxito, u obras colectivas donde las manos de unos y otros se solapan orgánicamente, pero siempre en orden a buscar la conclusión armónica, para ponerlas finalmente en pie.

Lo que ahora percibimos, no sé si en una preponderancia del ingenio, a falta de genio, es la actitud despótica de aquellos que creen que, con la burla y manipulación de obras anteriores, se ejerce una fuerza revolucionaria, válida estéticamente, que conducirá a alguna reacción positiva, o simplemente necesaria, como espejo real de nuestro tiempo.

Lo que fue, a principios del pasado siglo, un signo de rechazo a un arte que se consideraba en vía muerta, ha terminado por ir contra del arte mismo, siendo vilipendiado por muchos que no solo no lo comprenden, sino que lo interpretan como un juego de élites, de las que ellos están excluidos, volviéndose a producir un abismo entre el arte y sus destinatarios necesarios. Un camino sin salida, un arte endogámico.

Aquel gesto primero de protesta pudo estar justificado como un acto de desesperación ante las incertidumbres por las terribles guerras que asolaban Europa, donde tantos perdían la vida. Pero aquellos transgresores han sido los responsables de lo que ha venido después en franca degeneración y que el neoliberalismo no ha hecho más que potenciar con bastardo interés, en un afán de marcar con descaro y ridiculizar la decadencia de todo lo que pertenezca al mundo del espíritu, cosificando y, finalmente, vendiendo dicho gesto.

Oleo de Miguel Ángel Campano

 

El urinario atribuido a Duchamp ha acabado por desembocar en la acción de la última representante española en la Bienal de Venecia, cuyo proyecto expositivo animaba a la performance Mea en diferentes espacios públicos del mundo, que su comisario consideró como “una metáfora importante y potente”. O en la acción de la londinense Sarah Lucas, estallando cien huevos contra una pared en un acto de protesta feminista de dudosa trascendencia artística.

“¿Hay algo más aburrido y estéril que sucumbir a la orden del superego e inventar constantemente nuevas transgresiones y provocaciones artísticas, como una artista masturbándose en escena o cortándose de manera masoquista, o el escultor que exhibe cadáveres de animales o excrementos?”, se pregunta el filósofo Slavoj Zizek, en su libro Como un ladrón en pleno día.

De estas anécdotas, a generalizar y llamar a los artistas “lacayos del poder”, solo ha habido un paso, como el que acaba de dar el ensayista Alberto Adsuara, en su libro Del arte y su obsolescencia, donde define el arte contemporáneo como un arte vacío de contenido y en un callejón sin salida; tiranizado por el mercado, los museos y la sagrada figura del comisario que dicta la excelencia de unos y otros. Adsuara, al cabo, anula toda esperanza de que cualquier trabajo sea memorable y tenga el más mínimo valor para la sociedad actual. O sea, no hay esperanza. Aunque el crítico tiene parte de razón en su denuncia, debería también dirigir sus ojos hacia el arte que logra florecer entre los escombros a pesar de todo. Que, sin duda, existe.

Los que llevamos un tiempo entregados a esta difícil labor sabemos cuánto interés hay en que circulen diversos conceptos más cercanos a la publicidad, o al “merchandising”, que al arte. Ya el filósofo francés Bernard Teyssèdre advirtió: “Cuidado cuando los roedores empíricos invaden el sótano”. Sabemos, de igual manera, que, tan pronto como aparece un “canon” en el horizonte, que encorseta o pretende guiar, la “rebeldía” de la creación artística se pone en marcha.

Puedo pecar de ingenua, y vivo momentos de desesperanza, pero sé dónde acudir y las huellas que, con seguridad, pueden guiarme. En junio de 2021 se van cumplir cuarenta años de mi primera exposición. No solo comencé con la que iba a ser la galería número uno de mi ciudad, Madrid, la prestigiosa Gamarra-Garrigues, sino que conté con apoyos emocionantes por su gran peso intelectual. Pero, para algunos, yo era “una chica que hacía figuritas”, y cuando estas aumentaron su tamaño, en calles o en plazas, “una escultora empeñada en un trabajo anacrónico”. Tengo asumido, para bien y para mal, que soy una “outsider”, pero aquí sigo en el empeño de escuchar esa voz que me ha sido impuesta, como gustaba decir a Joan Miró.

“En tiempos de miseria moral”, subrayó Picasso, “lo esencial es crear entusiasmo”. Para los griegos, entusiasmo significaba “tener un dios dentro de sí”. En esa línea, yo pienso que entusiasmarnos es dejarnos empujar por la fuerza que conduce a la luz.

Arte es construir algo memorable, porque nos explica y nos dimensiona como seres humanos. En esa disyuntiva de “construir /destruir”, los museos deberían mantenerse fieles a su deber de señalar el patrimonio espiritual que nos conforma, aunque suponga un esfuerzo titánico custodiar la memoria colectiva, manteniéndose al margen de vaivenes políticos, lejos de la confusión de los tiempos. Si no, como gustaba decir mi amigo Eduardo Arroyo, los museos serán “contenedores de la nada”. Es tan fácil dejarse deslizar por la banalidad, por la presión de las modas y del espectáculo, y terminar convirtiéndose en parques de atracciones por esas últimas erróneas obsesiones tan en boga de democratización del arte o interacciones en los museos…

Serie «Pequeño hombre en el pódium». Terracotas de Esperanza d’Ors, 1981

 

No despreciemos el sentido de la contemplación en los museos, que, silenciosa, puede ser cien veces más reflexiva, y llevarnos a una conmoción efectiva. Herbert Read ya escribía: “Las artes auténticas se ven comprometidas en un combate heroico contra la mediocridad, lo que está de moda o quiere ponerse de moda”. Y nuestro gran poeta César Antonio Molina, en su libro de poemas Para el tiempo que reste, en una insistente letanía, se pregunta:

“…y todas estas obras de arte
que no ayudan a ver lo que no vemos
para qué sirven…”

Construir es habitar, y habitar es la manera cómo los mortales son en la tierra, su dimensión superior y trascendente, el verdadero sentido de nuestra presencia en el mundo, que apuntaría Heidegger. Construir, por tanto, sabiendo, además, que las obras no se bastan a sí mismas, que no nos pertenecen, que son creaciones que cobran vida y significado ante los ojos de los demás.

Ejemplos prodigiosos tenemos muchos a los que volver la mirada, y son, en esta hora, el mejor antídoto, la verdad más contundente de que la belleza existe en nuestra contemporaneidad. Me viene ahora el nombre de Miguel Ángel Campano, con su antológica “D’après”, en el Reina Sofia, en nuestro difícil año recién traspasado. Campano es el mejor ejemplo de “seguidor de huellas”, pues operaba siempre a partir de obras que habían dejado otros artistas en la historia de la pintura.

En el teatro, otro arte que sufre atropellos sin compasión en algunos de sus gloriosos y eternos textos, hemos podido ver, en el Matadero de Madrid, la poderosa obra de José Ramón Fernández, J’attendrai, donde el autor se introduce en la escena para acompañar a sus personajes en su camino de dolor; en este caso, el de un superviviente entre los ocho mil deportados españoles al campo de Mathausen. Con el “leitmotiv” de la canción popular francesa de los años 30: “J’attendrai le jour et la nuit, j’attendrai toujours”, consigue el milagro de sumarnos a un acto de conmoción artística, obteniendo como resultado nuestra gratitud infinita como espectadores.

Porque sí, esperamos los días, esperamos las noches, esperamos siempre… Porque siempre hay una fuerza, una voz, una imagen, que nos convoca a esa alegría…

¿Cómo, si no, vivir?

Proyecto «Homenaje al  constructor» de Esperanza d’Ors

 

Esperanza d’Ors es artista