Esta vez tendré que comenzar por el final. Primero, porque sin ese final no me hubiese animado a escribir esta tercera corónica. Segundo, porque lo inmediato e intenso de la experiencia no me deja empezar por ninguna otra parte. Y es que ayer miércoles, veintidós de abril de 2020, decidí sacar mi bicicleta del sótano y entrompar la calle por primera vez desde lo que me parecía un día remoto y sin nombre de 1989. Afuera en la calle, con la bici apuntando al norte entre las piernas, cerré el broche del casco en la barbilla, ajusté la parte metálica de la mascarilla al puente de la nariz y agarré el manubrio con firmeza. Ya preparado para el lanzamiento, apoyé el pie derecho en el pedal y con el mismo impulso que me elevó a la silla comencé a deslizarme sobre el asfalto. Aquello fue como reventar un diamante por dentro. Atrás quedaba el edificio, la seguridad del apartamento, el corazón de la gema que mi propia imaginación había cristalizado. Adelante se desplegaba la nueva realidad, fresca, recién lavada. Había vencido el miedo, que ahora volaba hecho añicos hacia el espacio azul. Al final resultó ser mucho más fácil de lo que había pensado: bajar, subir, salir y andar. Más nada. Así, en cuatro comandos, había dejado de ser un insecto atrapado en una burbuja de ámbar doméstico. Hace apenas cuatro días, con la cabeza envuelta en la mullida espuma de la cerveza, me había convencido de que ya no tendría que salir nunca más de mi apartamento. Asumía sin complejos que no me importaba depender de los viajes de mi mujer al mercado ni que la realidad fuese esa vastedad, ora brumosa, ora soleada, que solo podía verse desde las dos ventanas de mi cuarto o desde el portal del edificio. Porque lo que veo desde las ventanas de la cocina —las que dan al sur— no cuenta como realidad, o al menos no en el sentido pandémico. Los edificios de esta manzana forman un rectángulo fortificado de patios en los que la vida transcurre completamente divorciada del ritmo que encaran las fachadas de esos mismos edificios. Los barrios viejos de Brooklyn y Queens, que son la mayoría, están urbanizados de esa manera: fachadas contiguas, de distintas altura, que ocultan islas alargadas a las que solo acceden los vecinos de la cuadra, sus perros, los pájaros, los rabipelados y los gatos. Gracias a mi mujer y a esa configuración, a ese rectángulo de cielo, a sus ventanas a otras vidas, a sus árboles y a sus ropas mojadas, llegué a creer que era posible vivir sin tener que volver a pisar la calle y sus peligros.

Supongo que no soy el primero al que el miedo a morirse lo lleva a abrazar una situación de confinamiento con la misma ternura y convicción con que abrazaría a una muñeca inflable si la necesidad allí lo llevase. También supongo que muchos de ustedes tendrán razones muy específicas para estar un poco más o menos asustados que la mayoría. Sobran los motivos para que un porcentaje de la población esté particularmente cagado por este virus de ubiquidad planetaria. En mi caso el recuerdo traumático de una neumonía que se me complicó a los catorces años bastó para que la amenaza tuviese desde un principio unos contornos claramente definidos. Las fiebres altísimas y persistentes, los accesos de tos que degeneraban en vómitos, el notón compasivo de las inyecciones de algafán, la cara de sufrimiento de mis viejos, la voz de Billo Frómeta en la tele cantando “Epa, Isidoro” un millón de veces al día, la botella medio llena —en este caso decir medio vacía hubiese sido más optimista— de un líquido turbio que me salía de la pleura, el dolor punzante en el costado, los lentes oscuros de mi abuelo, todos esos recuerdos semienterrados y polvorientos se me vinieron encima como el contenido de un armario desordenado tan pronto supe que la palabra neumonía estaba asociada a la COVID-19. Más que miedo a morirme era miedo a morirme pasando la misma roncha que ya había pasado entonces. Por eso cuando la cantidad de muertos en Nueva York llegaba a los 10.000 yo ya había comenzado a acostumbrarme a la idea de que viviría el resto de mi vida entre el apartamento y el jardín de abajo, de espaldas a la calle, al otro lado de las fachadas: un par de ojos en la ventana, un señor que a veces aparece en el patio cuando hay sol, como ya lo hacían otros antes del virus y como hacen las blusas, vestidos y camisas que se lavan en el ciclo delicado. Mi oficio me lo permitiría: tildes, comas y mayúsculas se pueden quitar y poner desde cualquier parte, así que el cambio en mi vida no sería tan drástico. Al menos no tan drástico como para mi hija de diez años, que de un día para otro tuvo que dejar de ir al colegio, de jugar con sus primos y de ver a sus abuelos, o como para mi amigo en Barcelona, que ve cada nuevo día de confinamiento como un día menos para alcanzar la ruina económica, o como para mi cuñado y mi cuñada, que regresan abatidos a su casa después de ver morir a sus pacientes por los efectos de un virus para el que aún no se tiene un tratamiento efectivo.

Como quiso la fortuna que nadie me necesitara afuera ni que yo necesitara salir durante estos días de plaga, no me pareció ni drástico ni imposible no volver a participar de la vida urbana por el tiempo que fuese necesario más allá del portal y, quizá, del trozo de acera que abarca el edificio. Así que yo fui el primer sorprendido cuando un golpe de piñón bastó para romper el sortilegio. Ahora que rodaba con naturalidad por el mismo puente que cruzan las ambulancias, los trabajadores de la salud, los carteros, los transportistas, los esenciales, descubría que los barrotes de mi cárcel estaban forjados en una aleación de sumisión ciudadana, sentido común y, sobre todo, miedo, pero también de otra materia: la de la imaginación, o la del subterfugio, como ustedes prefieran; aunque se trate de una preferencia de consecuencias más profundas que la preferencia entre cambur y plátano, la verdad es que me da igual. La percepción, a veces se nos olvida, es un proceso activo. A mi izquierda el sol destellaba sobre la superficie del East River. Un remolcador, evocador y fotogénico como suelen ser los remolcadores, empujaba una barcaza negra por la popa. Sí había poca gente y muchos menos carros en la calle, pero de ninguna manera parecía una ciudad suspendida. Solo las mascarillas en las caras de otros ciclistas y peatones desmentían la ilusión de normalidad y me recordaban que sí, se trataba de otro domingo primaveral que se desenvolvía en pleno miércoles de pandemia, pero así como la mascarilla que llevaba puesta no dejaba entrar al virus a mis pulmones —la fe mueve montañas—, la felicidad de ver otros cuerpos en la calle, sanamente distantes entre sí, ociosos, vivos, moviéndose como yo sin otro propósito que el movimiento mismo, impedía la entrada a mi cabeza de las imágenes abominables que se fermentan en los dígitos inquietos de las cifra de desempleados, fallecidos y contagiados. Rápidamente la química del ejercicio se apoderó de mis sentidos y el optimismo (conformista, adaptativo, escapista, agradecido: encierren la mejor respuesta en un círculo) me ganó las piernas. Ya al otro lado de la raya oscura del estuario se veía el perfil de Manhattan, y el sonido de la cadena mientras me dejaba arrastrar por la inercia me parecía el de una quebrada que baja por las piedras. Fue entonces cuando escuche su canto justo por encima de mi cabeza.

Que no es un ruiseñor lo que se mata en el título original de la novela de Harpers Lee ya lo sabía. Son muchos años viviendo en las tierras del Mimus polyglottos, demasiados como para no saber que es la misma especie del título de la novela y la responsable de esos trinos de combinaciones infinitas que se escuchan por estos predios a cualquier hora del día y de la noche, especialmente en la primavera. Por eso sabía también que es una especie única de este continente, a diferencia del ruiseñor, que es una especie eurasiática. Lo que no sabía, y que me enteré en estos días de confinamiento mientras confirmaba esos datos, era que el pájaro convertido en ruiseñor por las distintas traducciones de To Kill a Mockingbird era también una paraulata. Mimus gilvus es el nombre científico de la variedad tropical de la especie, conocida también como sinsonte, y a la que yo, por venezolano, solo puedo llamar paraulata, que debe ser una las poquísimas palabras del castellano en la que la u comparte su espacio con cuatro as. (La otra que se me ocurre, la adivinanza del día, es también venezolana y nombre de un ave). Ustedes, por supuesto, pueden llamarla lo que mejor les parezca. El caso es que muchas de estas paraulatas norteñas compiten para conseguir amante las veinticuatro horas del día en los árboles que se ven desde las ventanas de la cocina, y sus cantos, que a veces me sorprenden con su elocuente estridencia mientras vacío la vejiga a la tres de la mañana, eran otra razón importante para que tener casa por cárcel no me pareciese algo tan terrible. Perdón: era más bien otra de las razones por las que tener casa por cárcel —un sitio donde seguir respirando— me pareciese una bendición, y más aún ahora que caía en cuenta de que la paraulata —o mockingbird o sinsonte— era una especie panamericana, y que con distintos nombres podía aparecer tanto en la letra de una tonada llanera venezolana como en un son cubano o el título de una novela emblemática estadounidense del siglo xx. Al igual que el rabipelado —zarigüeya, oposum: otra criatura que visita estos patios, aunque con menor frecuencia— o el cardenal —menos común y elocuente, pero mucho más vistoso y eclesiástico—, la paraulata encarna una continuidad zoológica, una unidad continental mucho más sólida y antigua que cualquier idea humana de panamericanismo. No sé por qué estas cosas me reconfortan, pero supongo que será por ser inmigrante, por querer buscar una coherencia geográfica en mi historia personal, o por convencerme de que mi presencia en Nueva York es tan natural como la de un rabipelado. Supongo que también fue por eso que cuando al fin llegué a la orilla del East River, en Long Island City, lo primero que hice fue buscar el edificio de las Naciones Unidas, al otro lado del agua. No por las Naciones Unidas, sino por el edificio en sí, cuya línea arquitectónica me remite al diseño de la Universidad Central de Venezuela, un lugar donde pasé cinco años tan felices que en el recuerdo me parecen veinte. En el conjunto del combo Niemeyer-Le Corbussier, mucho más pequeño y pensado para un clima templado, las rectas, los espacios y las curvas se combinan con el mismo swing entrañable que se aprecia en la Ciudad Universitaria de Villanueva: un asunto de estilos e influencias, de hilos difusos que ensartan algunos de los delirios más bellos y optimistas de la mitad de siglo xx. Así como la paraulata era evidencia de una continuidad biológica en las Américas, el edificio de las Naciones Unidas era la ilusión, también reconfortante, de una continuidad arquitectónica en el planeta. Pero volvamos a la paraulata, que era de lo que quería hablar antes de decidirme a comenzar por el final y llegar en bicicleta a la orilla opuesta de la ONU. Igual que otras aves, la paraulata imita su entorno con la garganta, así como las sepias y los camaleones lo hacen con la piel y nosotros lo hacemos con cuadros, ropas, películas y novelas. En el encierro la paraulata es un ancla con el mundo exterior, un espía independiente: va por ahí recogiendo alarmas, maullidos, sirenas y otros trinos para después reproducirlos en sus cantos. Su cerebro, más pequeño que cualquier sampler, graba ciertos registros del paisaje acústico para luego reorganizarlos en su garganta, y de la belleza con que reorganiza esos sonidos depende que sus genes pasen a otra generación. ¿Cuántas veces no he perdido la concentración esperando escuchar una canción repetida en esas largas series de trinos que llenan las noches de luna llena? Quizá por eso creí que de no volver a salir nunca más me bastaría con el relato calidoscópico y críptico de las paraulatas. Hubo incluso días en los que llegó a ser verdad. Razón tenía Atticus: matar a una paraulata es pecado.

Sin bajarme de la bici, antes de emprender el regreso a casa, miraba a Manhattan en la distancia. De repente me pareció que estaba tan lejos como Caracas, como Oviedo, como Boston, como Barcelona. Quizá debería cruzar el puente y acercarla, ponerla en su lugar, donde siempre estuvo. Pero todavía no me atrevo. La ciudad, como le decimos todos a la isla, tiene un perfil mucho más incierto, quizá porque Manhattan siempre se ha parecido más al futuro que cualquiera de los otros condados. Pero esto lo pienso ahora que escribo, no mientras miraba el perfil de la ciudad bajo el cielo limpio. Allí en el parque lo que sentía era una alegría inmensa. Era raro no ver las caras, pero divertido descubrir que había como más licencia para fijarse en los cuerpos, o al menos la había en mi mente. Cuando llevamos mascarilla el culo se convierte en una marca de individualidad mucho más discernible que la cara. Me pregunto ahora —mientras paseaba era apenas un murmullo, pero ahora que la escribo la pregunta suena alto y claro—, ¿soy una rata egoísta por sentirme tan bien bajo el sol con mi mascarilla? Yo creo que no. Creo que el agradecimiento se expresa de muchas maneras y que estar vivo no es poca cosa. Y que mientras más indignado, preocupado y ansioso esté, más tiempo me pasaré con la cara metida en el teléfono, mientras las paraulatas machos buscan novia en el cerezo, mi mujer da vueltas corriendo en el patio y mi hija graba videos de Tic-Toc. El miedo es un reptil insaciable: mientras más le das más te pide, y aunque fue el miedo el que me hizo plantearme no volver a salir de casa, fue otra cosa la que me hizo ver esta situación no solo como una posibilidad, sino como una bendición. Hoy me quedo con esa otra cosa y les dejo a ustedes la tarea de nombrarla. Me conformo con saber que es la misma cosa que me impulsa a descifrar a las paraulatas mientras meo de madrugada y me pregunto si ya será la hora de poner el café.

José Miguel López es escritor y editor