Fotograma de de "Zama" de Lucrecia Martel

Me derrumbé por segunda vez tras el diagnóstico, es decir, fui por segunda vez insoportablemente consciente de mi estado, la noche que al aclarar los platos y cubiertos para meterlos en el lavavajillas, vi una taza con restos de café en el fregadero. Nunca la había lavado sin lavar también su pareja. En aquellas tazas mi mujer y yo solíamos tomar el café las tardes del fin de semana. Pero aquel día, según me dijo cuando le pregunté, había vuelto del trabajo a media mañana porque le dolía mucho la cabeza y después de comer se había tomado un café en aquella taza, sin mí.
Los hijos.
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Envejecer es ir convirtiéndote en tu propio cuerpo, pasar a ser tu único contexto.
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Qué espera sentir para sentirse capaz de volver a escribir.
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Primero serán las fresas, no es difícil aceptar esa ley, pero, ¿esta larga estación sin experiencia?
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Vanity Fair: ¿Cuál es su lema?
Brian Wilson: Tranquilo.
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El punto a partir del cual todo es ya compensación.
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Se añade a lo principal lo que debe hacer de contraste o reiteración. Eso quiere decir que el ritmo también es el significado.
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Después de todos los pasos atrás dados a lo largo de estos últimos tiempos, un paso adelante. No cambia nada, pero significa tanto.
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Así está mejor. Título.
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Encontraba oro en todas partes, ese fue el efecto de los corticoides. Habían aflojado por un día el cepo y él supo que en la excepción todo podía ser redefinido, que había llamado amargura a lo que en realidad era pérdida del entusiasmo.
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Puede parecer extraño, pero si ama tanto su voz es porque al hablar deja al fin de escucharse.
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Mejor de lo que se esperaba y peor de lo que le gustaría, en general.
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Las cosas que miramos están ahí, frente a nosotros; las que contemplamos nos ceden su lugar.
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“Pronto habrá una batalla. Le agradeceríamos cualquier ayuda espiritual.
¿Es usted el explorador?
Lo era.”
Z, la ciudad perdida. James Gray.
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El tenista golpeó con su raqueta la silla del juez. Uno de los periodistas dijo que se veía cómo intentaba pegarle. El escritor se ofendió: le parecía imposible que a aquella distancia el tenista le hubiese querido dar un raquetazo al juez y no lo hubiera hecho. De repente estaba ya fuera de la noticia, cerrado para cualquier información que pudiese llegarle del exterior, para todo lo que no fuera sentir la indignación que sentía: la acción del deportista era inaceptable, por supuesto, pero la intención del periodista aún lo era más.
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Fue un crimen el retorno a las dinámicas
y la palidez enfrentada a la noche de un viernes.
Fue un crimen y la sangre, mía,
lo había presagiado al extenderse
sobre mi ropa, la silla y la mano de la enfermera.
Es cierto. Creció en torno a mí el augurio.
pero en el dolor fui un ciego ante mi vida
como pierde el oído cualquiera al gritar.
Revienta la luz junto a los coágulos
y yo deliro en las anticipaciones.
Es nuevo para mí saber que mi cuerpo está ahí,
haciéndome daño.
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Subiste al coche y entró el frío, le dijo Marta la tarde que fue a buscarle a la puerta de urgencias. Ya en casa, él comenzó a enumerar en voz alta las cosas que iba sacando de los bolsillos de su plumas: las pastillas, el cargador, los auriculares de reserva, la goma del pelo. Mi kit del hospital, dijo cuando ya las había dejado todas sobre el mueble de la entrada, siempre lo llevo por si me quedo allí.
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Quinto día y no hay mejora. Los sonidos de la calle y los espacios de la casa se unen, alteran los límites pero no amplían el marco. Del padecimiento extremo de ayer resulta hoy este pánico previo al gesto o la postura, esta maduración de lo inminente, como si la precaución obsesionada fuera la única posibilidad para quien sabe insuficientes los remedios.
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Al juego de hoy no puede jugar y el de ayer no quiere seguir jugando.
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No tengo más que darte, le dijo su doctora el día que le llamó para preguntarle cómo se encontraba.
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Chus Fernández es escritor