Fotograma de “El contador de cartas” de Paul Schrader

Cómo sobreponerse a la pérdida de aquello que lo compensaba todo.
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Novela: Y unas cosas traían otras.
Inventario.
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Enciendo otra vez el microondas, quiero ver algo que dé vueltas bajo una luz. Lo apago a falta de cuatro segundos para el final de la cuenta atrás, para el sonido insoportable.
La casa Rohmer. Carlos.
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Nadie está solo cuando ataca.
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La doctora: Eres muy joven.
Él: No tanto.
Ella: Cómo que no.
Él: También es verdad.
Diálogos.
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Claro que puedes vivir sin escribir, lo que pasa es que no sabes cómo.
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Nunca en la brega fuiste colmado.
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La cosa no salió hoy como yo esperaba. Volveré mañana, que parezcan mis actos conformar una rutina. Volver luego, por la tarde, no tendría sentido o acabaría teniendo uno que sólo podría jugar en mi contra. A ver qué hago hasta entonces. Cómo lleno estas horas por delante para que no sean prácticamente nada, algo tan pequeño que dé paso a la noche sin ni siquiera habérselo propuesto. Encima, este calor, este llevar el mundo a la espalda. Soy lento al pasar delante de una frutería, siempre lo he sido. Compro una manzana. La froto contra mi camiseta y la voy comiendo mientras paseo. No es hora de recordar. No es hora de revivir. Es hora de estar aquí, donde estoy. Entro en un bar. Pido un café y voy al baño. En la terraza veo pasar a la gente, no miro cómo pasa la gente, ni nadie me mira a mí, sentado en la terraza esperando por mi café. ¿Existimos realmente los unos para los otros? De ser así, ¿en nombre de qué nos ignoramos? En caso contrario, ¿qué es lo que de nosotros prevalece?
Subo y bajo cuestas, recorro varias veces las mismas calles y desprecio otras caprichosamente. La indiferencia me ha proporcionado un ritmo y yo voy de un lado para otro, nunca ya al borde de algo. Veo gente a lo lejos haciendo cola. Me acerco con curiosidad. Alzo la vista y me fijo en los carteles, en los horarios. La última de Jarmusch empieza en diez minutos. Daría un salto de alegría si yo fuera la clase de persona que hace cosas como esa. Pero, bueno, algo en mí acaba de saltar, y eso debe de significar lo mismo, al menos para mí. He visto sus anteriores películas y, aunque no todas me gustaron de la misma manera, si me gustaron todas por las mismas razones y al fin y al cabo eso es lo que hace que para mí alguien sea un autor, alguien a quien seguir. Cuando el tipo de la taquilla me pregunta a qué altura quiero sentarme me encojo de hombros y le digo que lo único que no quiero es estar delante del todo. Se apagan las luces y soy feliz. En un cine no hay sitio para la guerra, no hay sitio para el miedo, no hay sitio para las deudas. Me gusta que en las películas de Jarmusch los personajes hablen a través de diálogos secos pero no ásperos, agudos pero no ingeniosos, bellos en su pertinencia específica. Me gusta que estén siempre caminando pero no siempre se dirijan a algún sitio. Me gusta que, de no estar caminando, estén tumbados, esperando, en un bar, esperando también, o hablando con alguien, que es otra forma de esperar. Me gusta que en sus películas no haya flashbcaks y así ellos y nosotros vayamos siempre a la par, acompañándonos mutuamente.
Pago, me voy. De nuevo en la calle recuerdo dónde estoy, en qué ciudad, qué me trajo hasta aquí. Me siento débil, cansado. Debo hacer algo que no quiero hacer, ahora sé qué es ser uno más. Camino del hotel, entro en un Carrefour express, compro una botella de agua de dos litros y tres paquetes de donuts. Tal vez sea larga la noche y, lo acabe siendo o no, tendré que intentarlo otra vez por la mañana.
La deuda.
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“Yo no construyo para poder tener clientes, quiero clientes para poder construir.” El manantial. King Vidor.
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Apiadémonos de quien no se quita el sombrero al entrar en casa.
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Se nos vende el mérito como un logro. Pero el logro no está en la dificultad ni tampoco en la exactitud. El logro está en la transformación. En alcanzar una clase de precisión que les permita a las imágenes provocar a partir de sus modelos los cambios necesarios para que entre ellas, sus modelos y el que habla se produzca la comunión, lo previo a la resultante, que lo incluye todo y ofrece aún más.
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La ira de ida y vuelta en los ojos de los enfermos.
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¿Cómo pueden haber cambiado las preguntas y seguir siendo las mismas las respuestas?
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La tristeza y el agotamiento propios de la discontinuidad.
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“Haces lo que puedes pero no estás en forma todavía.” El rey del juego. Norman Jewison.
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¿Que cualquier superficie sobre la que se apoya le provoque un dolor inmediato significa que el mundo material le repele? ¿El mundo material?, ¿acaso hay otro? De haberlo, ¿encontrará algún día él alguno en el que pueda acomodarse?
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Ya queda poco para que se acabe el invierno, se dijo el domingo en la cama, después de desayunar y tomar las pastillas. Y, al momento: Qué más me da a mí que el invierno se acabe ya pronto.
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Como si no engarzara.
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La enfermedad no tiene porqué ser siempre el centro de tu vida pero el dolor siempre lo es.
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Vio El padre de la novia y tuvo la sensación de estar viendo un episodio de Los Simpson. Con una salvedad: todo lo que en la serie animada era una crítica en la película era un elogio.
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Es mucho por un baile.
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“En el campo las cosas me salen solas, tengo esa suerte de no pensar.” Pedri.
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Dedícale el tiempo suficiente a algo para que algo nuevo en ti florezca.
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Las palabras que acaban en “itis” le dan pereza; las que acaban en “osis” le dan miedo. Es lo que se trajo, lo que sacó de su periplo por hospitales y ambulatorios.
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La chica del bus que llevaba el dni en la funda transparente de su móvil y cómo eso contrastaba con la raya de sus ojos, perfilada, o eso le pareció a él, con toda la fe del mundo y sin la más mínima confianza.
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Nadie cruza las puertas como los personajes de Ophüls, nadie va de una habitación a otra de una manera tan bella, tan armoniosa.
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Ojalá. Título.
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Chus Fernández es escritor