Fotograma de “Crímenes del futuro” de David Cronenberg

Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba
Juan Rulfo

He de ser yo quien habite las voces, no al revés. Pero no escribo y se alejan entre sí las orillas. Me bastaría ser testigo, contemplar la blancura encima de los objetos, la sustancia ajena a su carencia, algo que me hiciera creer que también para seguir puede haber un método. La mano aspira a la unión y al mismo tiempo a la danza, a la memoria y su carga imperceptible. Me queda la noche y otra cosa, idéntica, a la que llamaré la mañana.
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Entré en el hospital y todo cuanto veía se volvió borroso para mí. Confusión: añoranza brusca y sostenida de una nitidez que dimos por supuesta.
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Me sentía muy solo, como si estuviera cantando.
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Puse un pie en la carretera, creyendo que el semáforo me había dado ya paso, cuando un frenazo me hizo levantar la vista y comprender mi error. El coche, blanco, había reaccionado como había podido y, pese a que el semáforo aún no había cambiado a rojo para él, seguía ante mí detenido. Extrañado, me fijé en quién lo conducía: una chica, muy joven, seguramente acabe de sacarse el carné, supuse, y sonreí y deseé que mi sonrisa le hiciera saber que no pasaba nada porque se le hubiera calado el coche, que no había prisa, que no importaban las protestas de los demás conductores, que yo le agradecía su capacidad de reacción, su instintivo e involuntario sacrificio.
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“Hermosas obligaciones.” Érase una vez la vida.
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Se nos fue quedando la cara ahí atrás. Vimos a nuestros amigos morir, enloquecer, detenerse aterrorizados ante lo que habían abarcado sus brazos y no estaba ya frente a ellos. Como la suerte, cambiamos continuamente de bando pero no traicionamos a nadie.
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Quizá esta chica pretenda bajarse en la siguiente parada y haya preferido levantarse con mucha antelación pero todo apunta a que ha sido la primera en cederme su asiento en un transporte público. Si lo fue, ¿qué la empujó a ello?, ¿mi físico arrasado o mi expresión contraída?, es decir, ¿qué te convierte en un viejo para los demás, en alguien digno de compasión, el tiempo o el dolor?
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Un fantasma es una ausencia que nos suplanta.
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Los que te oyen decir: Bueno… y siguen hablando.
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“Sólo es una fiesta. Deja que termine.” Succession.
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Ahora sé cuál será mi tierra, mi cuerpo.
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Al igual que en las narraciones más terroríficas de Kafka, el protagonista se encuentra de repente en una especie de prensa que la ley, es decir, la lógica, va cerrando en torno a él, que intenta comprender pero no defenderse ni huir. El doble: tu existencia niega la mía. A propósito de El otro señor Klein de Joseph Losey.
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La escritura me permitió soportarlo todo excepto el dolor físico que me provocaba escribir.
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Y aun así, detenerme en el Tiger al ver de pasada los cuadernos negros de diferentes tamaños.
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Suspense: inminencia.
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Mientras Marta duerme, durante la noche filosa y reverberante como una infección, me descubro a veces hablando conmigo mismo, como si tratase así de obtener un retorno. Me he comprometido con algo, me digo, para no abandonar. Pero no me digo que esgrimo ese supuesto compromiso ante mí mismo para enmascarar el miedo que me da acabar con todo cuando acabar con todo es lo que necesito. Voy del salón a la cocina, de la cocina al baño y vuelta otra vez. Me esfuerzo, y mucho, en no hacer balance. Un balance es siempre un recuento. Y en el recuento mandan las pérdidas.
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Al final del camino los cómplices son más importantes que los maestros.
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A otra historia, ¿quién te obliga?
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Cuando me falta alguien, digo algo; cuando me pierdo, me quedo sin nada que decir.
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Los vencidos caemos siempre de uno en uno.
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Esta ciudad no tiene corazón.
¿Y nosotros sí?
Nosotros tampoco. Ya no. Por eso no podemos seguir viviendo aquí. Por eso tenemos que irnos.
Comienzo.
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Sin impulso ni propósito.
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“Hasta que no actúo o escribo, me siento como un recipiente vacío.” David Bowie.
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Necesitamos que el encantamiento se mantenga intacto aún más de lo que necesitamos ser seducidos por él. Hoy mismo, por ejemplo, mientras esperaba a que me atendiesen en la joyería en la que Marta se había probado unos pendientes esta mañana, vi un bote de Cristasol sobre una de las vitrinas y todo aquello, la idea de aquel lugar, su intención fundamental, se desvaneció.
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Alegoría: Lo hecho a mano alzada y con el trazo más profundo.
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Las historias, más que aliviar, consuelan. Y, puesto que lo hacen siempre a través de la identificación, no es descabellado pensar que en realidad simplemente ratifican.
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Cómo de inmenso ha de ser el poder de la enfermedad para que tenga en su contrario su eufemismo.
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Todo impedimento implica una premisa. Aférrate a ella.
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El apagón es siempre súbito. Hay que hacer algo con el cuerpo cuando el cuerpo no hace nada por ti. Sólo puedes ya dar lo mínimo y lo mínimo es menos cada vez.
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Marta: ¿Dónde quieres celebrar tu cumpleaños?
Yo: Cerca de casa.

Chus Fernández es escritor