Fotograma de “Dónde está mi cuerpo” de Jérémy Clapin

Intuición: Coincidencia exacta entre la imagen y el sentimiento. Inventario.
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Alguien lee el periódico mientras desayuna en el salón y se encuentra una esquela que parece ser la suya. Cómo, después de leerla varias veces, repasa mentalmente lo que hizo ese día desde el momento en que se despertó. Relato.
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Se detuvo en medio de la calle para subirse la cremallera de su plumas pero en cuanto empezó a hacerlo percibió una presencia amenazadora a sus pies. Sus ojos fueron de la cremallera hasta aquello que le inquietaba y entonces vio los guantes de trabajo que alguien había dejado en el suelo, a la entrada de la discoteca.
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“Los mundiales son así, tienes que entregarte a ellos o pierden el sentido.” Juan Tallón.
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Quien nombra el dolor ensancha su herida
como huyen los pájaros cuando alguien los llama.
Por tanto calla y contempla el crudo lecho de las fuentes:
cerradas las puertas, perdura la luz en los rellanos.
El asedio.
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Ni un solo día pasa sin que se acuerde de ella, si eso no es haber perdido a alguien, ¿qué otra cosa puede ser?
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Los jugadores que se llevan las manos a la cabeza al celebrar su clasificación para la ronda siguiente. Afectos.
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“Si estuvieras bien, no estarías aquí.” Entre valles.  Radu Muntean. Título.
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No encuentra un sitio para él en las otras voces. Concentrado en el dolor, en esto que siente para dejar de sentirlo, enumera una por una las carencias de su propia obra. Es que yo soy así, se dice, y al momento lo comprende: esa equivalencia tal vez las explique, pero no las justifica.
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Se me olvida que existen las cosas y por eso no puedo volver a ellas, le dijo a Marta después de contarle que esa mañana había estado escuchando a los Shins.
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El cliente: ¿No está bastante limpia ya esa nevera?
Carlos, sin volverse hacia él: Siempre puede brillar un poco más.
Como todo.
Como todo, sí, pero no como todos.
Carlos y el bar.
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Aferrado, esa es la palabra.
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Después de una discusión, un desencuentro violento o cualquier clase de crisis, la escritura le volvía otra vez permeable, receptivo, permitiéndole disfrutar de una atención tan intensa como íntima y convirtiéndolo en el juez, en el que dice quién y el que dice dónde, no en el que dice cuándo, nadie podría decir eso, ni siquiera imaginarlo. Cuándo, nos queda tan grande esa palabra.
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Las pulseras en los tobillos. Recelos.
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Necesito un plan c.
Un plan b.
¿Cómo?
Un plan b. Se dice un plan b. No un plan c.
Ya lo sé.
Diálogos.
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Por qué todo lo que no es uno tiene que ser lo otro.
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Habla. Localiza un centro. Después, sigue hablando, hasta el final, hasta que el aire te falte, hasta que no puedas ya decir nada más. Luego, vuelve atrás, al centro, y en torno a él construye.
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Si todo lo que tiene un artista a lo largo de su vida es la ilusión de hacer cada día mejor su trabajo, entonces tú qué tienes, dime, a ti qué te queda.
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“Se está haciendo de noche. A la gente le da miedo la oscuridad, entonces es cuando hablan.” El largo viernes santo. John MacKenzie.
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Rutina de quirófanos, sábanas oscurecidas en la pesadez y tu nombre en otro sitio, al que ir. Morirás sin tantas cosas. Tal vez se deba a esta certeza tu constante sensación de despilfarro. Queda mientras tanto la opción de resistir sin esperanza. Aunque una sola opción nunca sea una verdadera opción y sin esperanza la resistencia sólo pueda ser padecimiento. Piensa en cosas agradables.
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Todo en la memoria, Ruth, acaba adquiriendo la forma del presagio o, peor aún, de la invocación. Recuerdo la vez que, después de comentarte lo cómodos que eran los pantalones que me habías regalado por mi cumpleaños, me dijiste: Habría que conseguirte otros, pero grises, no negros, que vas siempre de luto, como si me hubiera muerto. Recuerdo también el día que, asomada a la ventana y de espaldas a mí, preguntaste: ¿Qué pasa con la paloma? Mi silencio te obligó a continuar hablando, a ofrecerme algo más. Hay una niña ahí abajo, intenta atrapar una paloma, a lo mejor sólo quiere asustarla, la niña la persigue y la paloma se aleja, la niña vuelve a acercarse y la paloma se aleja otra vez, ¿por qué corre la paloma?, ¿por qué no echa a volar?, dijiste volviéndote hacia mí. Con el dedo entre las páginas del libro que estaba leyendo y en silencio me quedé mirándote, sin más. Te diste nuevamente la vuelta y, tras cerrar la ventana y correr la cortina, dijiste: No querrá marcharse, querrá que la dejen tranquila, que no la atrapen, que no le hagan daño, pero no querrá marcharse. La casa Rohmer. Carlos.

Chus Fernández es escritor