Fotograma de “La Quimera” de Alice Rohrwacher

Guardabas las agendas antiguas. Las releías cuando dudabas de tu existencia. Revivías tu pasado hojeándolas al azar, como si sobrevolaras una crónica de ti mismo. A veces te encontrabas citas que no recordabas y personas cuyos nombres, escritos de tu puño y letra, no te decían nada. Con todo, la mayoría de los hechos sí te venían a la memoria. Te inquietaba entonces no acordarte de lo que había entre las cosas escritas. También habías vivido esos momentos. ¿Dónde habían tenido lugar?
Édouard Levé

Tantos años creyendo que el fantasma era la imagen y resultó ser el pensamiento.
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¿Qué añoro en mi escritura de hoy? La viveza. ¿Nada más? La viveza y la continuidad, la silenciosa integración de cuanto va apareciendo.
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“Día a día preparo el cuerpo para el sufrimiento de la previa del partido.” Carlo Ancelotti.
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La alegría inesperada al leer en la parte superior del documento un título que nunca se me había ocurrido hasta hoy y que implícitamente me dice: Aquello se acabó por fin, ya no tendrás que seguir con aquello, queda sitio en ti para lo nuevo.
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Cuando pidas otra oportunidad, porque pedirás otra oportunidad, ¿cuál será tu ofrenda?
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Anhela el trigo la cuchilla porque no pudo retener el fuego.
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Empiezo la semana escuchando a Can tras enterarme de la muerte de Damo Suzuki. Estas cosas pasan, se muere alguien y vuelves a su obra sin saber muy bien si hacerlo supone un homenaje o un recordatorio del olvido al que sin darte cuenta le habías condenado.
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¿Pero qué es la venganza más que un sentimiento de deuda exacerbado? ¿Y qué es la traición sino la antesala de una deuda inasumible?
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Intento hoy también mantener quietos los hombros pero llevo unos cuantos días sin escribir nada y las cosas que me hubiera gustado anotar se me han olvidado ya o están apunto de hacerlo. Así que dicto, estoy dictando. Pero no.
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Irse es confiar en la promesa de un desconocido.
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Cuerpo a tierra. Título.
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Debo recuperar mi escritorio. Debo recuperar mi puesto frente al ordenador. Tengo, pues, un objetivo. Pero no es posible lograr un objetivo sin un plan al que ceñirnos como nos ceñimos en la angustia al fármaco o al repetido rezo. Mi plan, como la mayoría de los planes, es sencillo: aguantar, aguantar sentado, mirando al frente. Mi plan es sencillo, sí, pero su ejecución está fuera de mi alcance. Debo ser fiel al ritual. Y confiar. Lo tengo claro. Pero, mermado y sin empuje, ¿en qué voy a basar mi confianza?, ¿en la ayuda que necesito y ni siquiera sé si alguien podrá prestarme?, ¿en lo que una vez hice sin esfuerzo y hoy no consigo hacer por mucho que lo intente?
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De momento, media hora diaria. Para recuperar las sensaciones y tratar de encontrar un ritmo, proporcionarme un espacio donde convivan el hábito y la incertidumbre.
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“Una especie de presencia.” Lo escrito, ¿lo que se está escribiendo?, según Jon Fosse. Título.
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Suplicas por cosas cada vez más nimias: que haya algún asiento libre en el tren.
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Me extraña tanto que sea la memoria lo que se va y yo lo que se queda.
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La zapatería cerrada de cuyo oscuro interior brotaba la música de lo que me pareció un piano.
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Bruma en descenso es el nombre; los años, tablas apiladas para encender una hoguera. La primera fue el corazón. Soportó desde el comienzo el peso de todas las demás y será la última en arder.
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Argumento: ¿Lo que pasa? Ya pasó. O irá pasando.
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A pinceladas. Rematar así La casa Rohmer. A pinceladas.
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La obviedad favorece las licencias.
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Me fue imposible describir el dolor físico. Intentaba distinguir un tipo de dolor de otro, llegar a saber cuántos estaba padeciendo al mismo tiempo pero, empeñado en comprender qué eran en conjunto, no alcancé más que a apreciar qué hacían por separado, cómo actuaban de uno en uno sobre mí.
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“Todo lo que contribuye al estancamiento es malo. Cuando tiene familiaridad, ya no es rock ‘n’ roll. Es ruido blanco.” David Bowie.
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La aplicación: Título, tema, metáfora y mecanismo.
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El dolor llevó ayer mi cabeza a sitios donde nunca antes había estado y yo reaccioné como jamás lo había hecho hasta entonces: ya con el hielo en el centro de mi espalda, entré en la cocina a beber agua y frente a Marta me descubrí enfadado y avergonzado, sometido por la humillación que siente quien acaba de recibir una paliza, la humillación de alguien con cuyo cuerpo otro ha hecho algo aunque hubiera sido su cuerpo quien acabase de hacer algo con él. Mediante esa despersonalización, mediante ese desvalimiento externalizado, traté de procesar tal ensañamiento, supuse. También pensé: Mi única prioridad ahora es no volver a pasar por algo así. Y nunca había pensado eso hasta ese momento. Al menos no de esa manera, con semejante rotundidad, con una claridad que aunara la prioridad y la urgencia.
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“No más medicamentos / Que nos convierten / En fantasmas / En pijama / No se detenga el tiempo /  Ni se congelen los fantasmas / Que deambulan por su propia casa” Fernando Alfaro.
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Todo parece más difícil sin ti, P., me arrancó las tripas tu pérdida y ahí, en ese hueco, es precisamente donde te siento.
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Si no fuera dulce y llegase de pronto, ¿me alcanzaría antes un viento nuevo que en su arrastre me guiara?
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Nada, por el momento, de sentarme al escritorio. Un dolor inmediato e insoportable en los hombros y el trapecio en cuanto estoy con las manos en el teclado y la vista en la pantalla. Vuelta a la cama y al iPad. Dictar, definitivamente, no es lo mismo. El dictado impide tanto la simultaneidad de la voz y el pensamiento como la intimidad entre las imágenes y yo.
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¿Fluir implica avanzar o simplemente ir sin detenerse ni ser interrumpido?
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Testigo: alguien suplantado, y no sólo determinado, por lo que ha visto.
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No encontró la voz algo en lo que encarnarse y fueron imposibles ya el paso y el recogimiento. Luego, pasillos, batas blancas y mis muertos dirigiéndose a mí como si desconocieran su nueva condición o fuera yo quien ignorase la mía. Luego, este dolor circular, cerrado y esquivo a los procedimientos. Siguieron a las equivalencias los reflejos y nunca hasta hoy estuve tan a merced de los hechos. Jugué con fuego y el fuego era yo.
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¿Necesario? Más bien inevitable.
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No por imposible deja de ser hermosa una idea. De hecho, es precisamente esa imposibilidad lo que le proporciona a la belleza la emoción que de una forma u otra siempre reclama porque lo imposible entraña en su misma concepción un sentimiento de disconformidad.
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Es la luz del faro una luz macabra.
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¿Qué puedo hacer hoy en la noche anticipada? Aprender a caminar de nuevo, morir por si acaso.

Chus Fernández es escritor