Fotograma de "Lenny", de Bob Fosse

Tras el gran impacto de los dinosaurios sólo sobrevivieron los alados, lee. Algo de tiempo le queda para ser feliz todavía, por los suyos, por todos los que cantan mientras caminan a tientas, los que pese a darles paso el semáforo no cruzan la calle por temor a que el color cambie y no hayan llegado aún al otro lado.
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No sabe aún si agradecer o maldecir la facilidad y es bienvenida la amapola ahora que se volvió el dolor una certeza y una mano el pensamiento.
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Quisiera concederle a su vida la oportunidad de contradecirse pero la disciplina es el recurso de los débiles y él, más débil que nadie, aún confía en ser simplemente frágil. El mal sueño cuenta una historia y no es la suya aunque él la protagonice. Qué sabrá él del tiempo. A no ser que este repliegue del espíritu sea un recordatorio último de lo difícil que fue desde el principio el asentamiento. Se horada porque se está insatisfecho. Concedámosle al reloj esa flaqueza para que el escritor sea con serenidad desbordado mientras emergen los insectos como se desenrosca una bombilla, se busca algo debajo de la cama, se colabora con el guante dando por supuesto que es él quien se adapta a nosotros. No contaba con la amargura cuando hizo sus planes. Ojalá sea otra la materia que le vulnere y prolongue así el ciclo, quién sabe hasta cuándo y al servicio de quién.
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No debería importarle lo anterior sino cómo lo anterior sigue actuando sobre él. Pero le importa. Porque en el pasado somos el otro. Y el otro parece siempre el mejor de los dos.
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Brebajes y ácidos se llevan la luz a cambio de mantener lejos la sombra. Es la suya hoy la amargura de las espinas, que hieren pero no disuaden.
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Se tuvo que cerrar su vida para que él pudiera adentrarse en algo.
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Tenemos un mosquito gigante asesino en esta casa, le dice Marta. Después, en la habitación de invitados algo sobrevuela al escritor. Alza la vista. En guardia, se hace a un lado. Entonces ve una mariposa ante la pared blanca, marrones y miel sus alas vibran y él, en el paso que va del horror a la belleza, comprende todo lo que, tal vez sin saberlo, necesitaba comprender.
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Sólo durante el paseo encuentra un alivio. Odia por eso el sol que puebla las calles o vuelve un suplicio la estancia. Porque amaba la intensidad, apuntaló el límite. Porque no tiene un sabor la nieve, le dio una encarnadura al pensamiento. Se le están mojando ya los tobillos
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Basta el zapato en la hierba para saber que más arriba hay una rama y un péndulo, pero ¿cuántas son las piedras por cada nido en lo alto?
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Porque sólo a través de la destrucción alcanza a ser la ocupación algo perfecto tiene ahora la distracción tanto de logro como de bálsamo.
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Si la luz hiere, dónde puede encontrar las imágenes; si a él, como a todos, sólo le interesa el cambio, de qué va a hablar en el borde y vacío; si no es para arrojar algo muy lejos, para qué el canto; si no es para traerlo todo hacia él de nuevo, para qué el ritmo. No cree posible ya ese consuelo y sin embargo sólo ahora es tan grande su angustia como para merecer reclamarlo.
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Implica el obstáculo una condición material, toda certeza una verdad que le lleve la contraria. No hay fábula sin voluntad de cese ni artefacto que no aspire a explicarse a sí mismo. Que la oscuridad llegue no quiere decir que sol haya terminado consumiéndose, simplemente se ha ido a otra parte, donde haya otros que aprovechen su calor, flores por las que merezca el jardín su nombre.
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Como un alud incorpora el camino. Si con eso espera estar a salvo cuando se detenga, alguien debería rogar por él.
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No estuvo solo en la clínica. Había a su alrededor santos y apariciones.
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Se fueron quedando sin plantas pero él no reaccionó. Como un símbolo frente al tedio, como un límite ante la saciedad o cualquier clase de orilla, fracasa. Por qué iba a bastar su miedo para que fuera inexacta la esfera, por qué habría él de ser ajeno al entrelazamiento.
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Abres los ojos y el gallo canta.
El desorden, esa dolencia
idéntica a su síntoma,
es lo que eres.
Demos gracias por ello.
Piezas
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Este dolor ¿a quién le importa? Se disuelve en el láudano y junto a él su corazón, la experiencia en la que logró encarnarse su nombre. No puede asimilar la carne lo que ha asumido ya el pensamiento por la misma razón que es imposible para la arista conciliar su forma y su significado.
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¿Qué es una cosa? Si se ha ido ya la orquesta, ¿por qué sigues bailando?
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Pretende, mediante la simultaneidad, ocuparlo todo, que no quede así espacio para el pensamiento, para su voz no encarnada.
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Frágil y mínimo, el hilo suelto no cae. Aguarda, hermano, deja que la intuición exhiba su condición de estadística, que el dolor indague y te haga saber que esto no ha terminado, que aún reclama su tiempo el
suplicio.
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Propaganda. Título.
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Porque nunca tuvo opción fue una buena pelea, porque jamás tuvo algo que contar necesitó estar siempre escribiendo.
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El tejido añora el riego, la luz y demás nutrientes pero sólo puedes registrar su demanda, esa es también tu lucha de hoy. Fue necesario el acontecimiento para anclar por fin en algún punto de la espiral. Recuérdalo, provócalo, ahora que la reflexión es un tanteo doloroso, algo parecido a arrancar uno a uno los ladrillos de un muro. ¿Supondrá tu final el final del asedio? Sólo hoy vislumbras el ciclo. Por muy próximas que lleguen a estar las células se pierden las señales en el espacio y, entre unas y otras, tú, asentado en la paciencia como en una rutina, lees para volver a leer, escuchas para que en ti se represente una vez más la misma obra.
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Abre las ventanas como quien pide clemencia. Dependemos del paisaje cuando permanecemos demasiado tiempo en un mismo sitio. Pero también cuando algo nos dice que no volveremos a contemplarlo.

Chus Fernández es escritor