Fotograma de “Ghost Dog” de Jim Jarmusch

“Además, lo que obviamente no sirve siempre me ha interesado mucho. Me gusta de una manera cariñosa lo inacabado, lo mal hecho, aquello que torpemente intenta un pequeño vuelo y cae sin gracia al suelo.” Clarice Lispector

Rumia su desconocimiento: gira alrededor de aquello que no deja de dar vueltas dentro de él. La ignorancia protege, pero el desconocimiento es siempre indefensión, y por tanto el escritor lleva ya unas cuantas horas más indefenso que nunca.
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(…) la fiebre es la recepción alterada de los hechos, pero los hechos son los hechos, lo que ya no tengo tan claro es que la fiebre no esté afectando a mi recepción de los hechos, y, si estoy en lo cierto, si, como creo, la percepción son los hechos revividos a partir de nuestras carencias, el mundo recreado a partir de nuestras emociones, o sea, de nuestras necesidades, si esto es así, entonces la fiebre podría estar jugando un papel a tener en cuenta en mi relación con lo que me rodea, en mi vivencia del entorno como algo inseparable de mi corazón,
La casa Rohmer. Isaac.
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Algo esencial y breve. La luz del rellano que asoma bajo la puerta y de repente se apaga.
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Lo quisimos todo. El prestigio era el reflejo de nuestras aspiraciones, o sea, de nuestras carencias; la imagen propia que idealizada nos mejoraba. Nos exigimos aquello de lo que nos sentíamos merecedores: una excelencia sin virtud. En el afán de notoriedad hay implícito un deseo de cambio: se confunde la atención aumentada con un puente hacia alguna clase de reconocimiento que contradiga la propia valoración que uno ha hecho de sí mismo.
La casa Rohmer. Isaac.
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“Y lo que está más fresco en nuestro recuerdo, el virus, la plaga, el desfilar por las terminales de aeropuertos, las mascarillas, las calles de las ciudades vacías.” Con estas líneas DeLillo parece sugerirnos que sólo mediante la mirada forense se puede abordar el trauma universal. Para que tanto la experiencia común como la individual reverberen y vuelvan trascendente la escritura.
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Quisiera ir puerta por puerta devolviéndole a la gente el amor que se dejó en los andenes, que el final le llegara haciendo eso.
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A veces miro mis manos y olvido los nombres,
La casa Rohmer. Ruth.
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Nunca llegué a quedarme sin voz. Tuve suerte en eso.
Como si fuéramos dioses.
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Quizá simplemente sienta lo que está seguro de saber, pero ¿no es siempre lo que se siente la forma más intensa de conocimiento?
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Mi edad es ya la edad de la repetición:
la edad de la segunda vez, la tercera, la cuarta
con lo que toda repetición tiene de súplica.
El canto sigue siendo el reflejo
que no asienta, el agua alterada por una piedra.
Qué equivocado estaba.
Guardaba en mi pensamiento las cuentas de un collar,
a la espera de un hilo.
Sin saber que ese hilo era el pensamiento.
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El entusiasmo: siempre que empieza un trabajo nuevo juega el partido de su vida. ¿Por qué podría ser el último? Porque es cada vez el primero. Una oportunidad para el ímpetu y el recogimiento, eso es para él su tarea.
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Tendríamos que haber vuelto cuando aún era de día. Título.
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Sólo quieren seguir con su vida, pero no lo saben.
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Al final la construcción se reduce a constantes y variables, equivalencias y disonancias.
¿Y te aburre?
Me decepciona.
¿Y quién tiene la culpa de eso?
Yo. Por supuesto. ¿Quién la iba a tener?
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La distorsión es un ejercicio de respeto hacia uno mismo, el simultáneo impulso de irrumpir y permanecer.
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En las escenas finales del segundo episodio de The Investigation la fotografía de los exteriores comparte crudeza con la de la comisaría mientras que aquella con la que se nos muestra al protagonista en el salón de su casa nos transmite una gran calidez. Las escenas se suceden consecutivamente y, por tanto, la estructura (mediante la equivalencia del primer y segundo elemento y la disonancia entre el tercero y los dos anteriores) se vuelve una vez más significado. El cliché es evidente: el policía que para hacer su trabajo debe desatender a su familia. Pero aquí al menos, gracias a la fotografía y la imagen, se nos presenta de otra manera, lo que nos lleva a pensar que se nos ofrece siempre otro ángulo, la encantadora idea de algo más, cuando lo mostrado, el contenido, no da ya más de sí. Este algo más es la correspondencia entre el exterior, donde reina el caos, y el interior de la comisaría, donde se pretende restaurar y mantener el orden. Las tres escenas en conjunto logran que damos por bueno ese artefacto mínimo que culmina con la imagen del protagonista en el salón de su casa frente a la ventana, en lo acogedor, pero solo. La insistencia en una idea impide que el artefacto funcione a nivel emocional y, sin embargo, es la manera en que esa idea es presentada y ejecutada lo que nos provoca una fuerte impresión. Quizá la futura vigencia de los clichés no pase por la imposible ampliación de su resonancia semántica, sino por su reformulación estética.
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Feliz, qué palabra.
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Ha de partir del límite para que tenga lugar el hallazgo. Pero esto sólo sucede cuando el escritor es empujado por algo contra ese límite y no cuando el escritor busca algo más allá de él. La forma aparece en nombre de la resistencia y no de la conquista.
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Estar al margen sin sentirse orillado.
Quizá ese haya sido su único logro.
O su gran error.
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Chus Fernández es escritor