Fotograma de la película "Dead Man" de Jim Jarmusch

Nos parecen elegantes las elipsis porque en el fondo son una muestra de respeto.
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La vieja que el domingo en la plaza del ayuntamiento le dijo a otra: ¿Y para qué necesitas plantas? Porque si me faltan las plantas me falta algo. Cómo, cuando habló en nombre de alguien que no era ella, dijo “plantas” mientras que, cuando lo hizo en el suyo propio, dijo “las plantas”; las vueltas que el escritor le dio a eso camino del bar, a las innumerables formas que los vínculos tienen de manifestarse.
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“Yo tenía una idea muy pintoresca sobre la búsqueda del oro, creía que todo consistía en encontrarlo.” El tesoro de Sierra Madre. John Huston.
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El dolor era siempre una interferencia que en el reposo, en el descanso que él mismo imponía, se intensificaba.
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Ningún autor podrá seguir siendo él mismo mientras siga escribiendo lo mismo.
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La insatisfacción mueve; la decepción detiene.
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Todos cantando al unísono / a un pasado que nunca existió / a una gloria que sólo fue tal / por comparación. Banda sonora.
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Nuestros propósitos y empeños deben responder a lo que tenemos y no a lo que nos piden.
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Imágenes: las cosas meditadas.
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“(…) los jóvenes mueren, las mujeres entonan canciones tristes…” Fort Apache. John Ford.
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Ya no sé cómo seguir / si lo supe me equivoqué / la pena nunca es pena / es alegría a medio hacer. Banda sonora.
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Para que en él se confundan la luz y el calor cierra los ojos.
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Te fuiste de vacaciones
y yo me pasé los primeros días sin ti
escribiendo
sin hablar con nadie más
que con mis padres por teléfono
cruzando mensajes contigo
a base de galletas leche yogures
embutidos fideos chinos y fruta
viendo películas del oeste
historias de hombres
que no eran nada
frente al desierto.
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No quiere saber hacer lo que aún no sabe hacer, quiere aprender a hacerlo, y que ese estar aprendiendo sea algo que dure, una acción que nunca llegue a su fin.
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Las palabras, se da cuenta ahora, nunca le sirvieron para representar a las cosas, sino para crear otra distancia entre las cosas y él.
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Carlos recordó que no había bajado la basura. Decidió hacerlo antes de que Ruth volviese de casa de sus padres. Tenían una papelera en su habitación, pero, en vez de vaciarla, prefería colgar bolsas en la manilla. Las anudó. Una era de una tienda de ropa; la otra, de un supermercado. Bajó en zapatillas con la parka por encima del pijama. En el portal, se encontró con la vecina del cuarto. Quieta, con gafas de sol y un chubasquero abierto sobre su chándal rosa, sujetaba a su perra. Se saludaron. Ella, con la mirada fija en el edificio de enfrente, dijo: Antes no había que ir tan lejos. Podías bajar la basura a cualquier hora. No tenías que esperar a que se hiciese de noche.
Carlos asintió y se acordó de los perros, los aullidos, las persecuciones, las protestas de Ruth al verse obligada a dejar atrás el sueño recién cogido. Se acordó de la respiración de los que esperaban por su perro, cómo brotaba, se extendía, trepaba sobre la nada y luego desaparecía, recordó los saludos, las conversaciones interrumpidas y más tarde reanudadas, el silencio cada vez que bajaba la basura. Recordó algo más: la mañana en que, al ir a comprar el pan, vio una alambrada alrededor del campo y un agujero enorme y él, en vez de imaginar lo que allí construirían sólo pudo ver lo que de repente faltaba. Le vinieron a la cabeza algunos nombres. No los de todos los perros ni los de sus razas y menos aún los de sus dueños, pero sí algunos nombres. La de su vecina intentaba irse, pero su dueña se lo impedía sujetando su correa. Cuando le preguntó a Ruth por los cambios frente al edificio, los que habían derivado en aquel agujero inmenso, Ruth le había dicho: Nunca te fijas. Empezaron ya la semana pasada.
La vecina se ajustó las gafas y dijo: No sé qué se cree, en qué mundo vive. Después de las fiestas ya no hay más fiestas. Para él una fiesta es un sitio al que ir; para mí, un sitio del que volver.
Incómodo, pensó absurdamente en disculparse, decirle que no sabía de qué le estaba hablando, que no tenía que darle ninguna explicación. En lugar de eso, arqueó las cejas y negó con la cabeza.
A ella le sigue gustando esto. Mucho más que el parque. Bueno, en realidad no sé si le gusta, pero me parece que lo prefiere. Es a lo que está acostumbrada. Se agachó y le pasó la mano por el lomo. Fijándose de nuevo en las bolsas de basura que Carlos todavía llevaba en cada mano, dijo: Antes los contenedores estaban aquí al lado. Todo estaba más cerca, ¿no te parece?
Carlos asintió de nuevo y dijo: Bueno, voy a tirar esto, que para eso bajé.
Te ayudo.
Caminaron juntos, en silencio. Luego, después de despedirse de ella, Carlos se volvió en dirección al parque. Pero, cuando sólo llevaba recorridos unos metros, cambió de opinión. Al llegar a su portal, pasó de largo, sin detenerse. Caminó por el arcén, las manos en los bolsillos. Se preguntó en qué dirección vendrían los coches y por dónde se suponía que tenía que ir. Los bramidos de los coches, camiones y furgonetas, le llevaron cerca del frío. A la entrada de una fábrica de muebles, un árbol conservaba todavía las luces de Navidad. Arriba, en la parte más alta, una estrella blanca. En su interior, una corona azul. Dejó atrás la estrella, y la corona. Al cruzar los túneles pasó miedo, pero en ninguno de ellos llegó a saber qué era exactamente lo que le asustaba. El agua entraba en sus zapatillas, que cada vez pesaban más y los bajos de sus finos pantalones, mojados, se pegaban a sus talones. Un hotel. Le sorprendió que en uno de los rótulos, el mayor, el rojo, se pudiese leer: “Hotel”, mientras que en el otro, en el azul, se leía: “Motel”. Algunas fábricas cerradas. Un cementerio. Un poco más allá se detuvo. Volvió a caminar. Los ladridos tampoco le hicieron ir más deprisa. Un taxi aparcó al lado de un bar. Dentro, en la barra, una rubia se echaba hacia delante y luego dejaba su cabeza sobre el hombro de un cliente. Pudo ver las patatas fritas colgadas y también la llamarada verde de la pantalla. Se preguntó cómo irían, quiénes estarían jugando. Siguió caminando. Agradeció unas cuestas. Maldijo otras. En cuanto vio la raya continua se acordó de Ruth, esa última semana, antes de irse, en el pasillo, con las manos muy juntas, igual que se unen para rezar. Dos días. Sólo te pido dos días. No puedo creer que me hayas hecho esto. Siguió caminando, sin dejar de recordar las palabras de Ruth: En lo que me das eres único, pero en lo que me quitas eres como todos, y por ahí no paso, eso no te lo permito Se detuvo. Miró al frente. Carlos y Ruth.
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La música hiere porque, al contrario que en la canción, no todo encaja en quien la escucha.
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¿Cómo sigues?
Por días.
Ya.
Diálogos.
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Me apetece pensar en otras cosas, se decía cada cierto tiempo el escritor, y cada vez que lo hacía comprendía que el proyecto en el que estaba trabajando llegaba ya a su fin, o su relación con él. Lo bueno: que seguía ahí la posibilidad de volver a entusiasmarse; lo malo: que nuevamente sentía que había dejado algo por hacer, que no había completado el recorrido.
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“¿Qué vamos a hacer?
Seguir cabalgando.”
Winchester 73. Anthony Mann.
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Añoro una ladera, una duna incluso, algo que me recoja, una superficie que sea también un suelo pero un suelo que no implique una caída. El centro y la llanura.
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Escribe cuando viaja, cuando se siente arrancado de su sitio y sólo así es capaz de crear una representación de ese sitio a su alrededor, en su cabeza.
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El amor para quien lo quiera, para sufrir me basto sola. Domingo. Irene.
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La vida nos sacude a veces como el viento sacude a la lona de la vela y, por extraño que parezca, sólo entonces, en la tensión dictada por nuestros límites puestos a prueba, nos sentimos del todo plenos.
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(…) de un viaje que hiciste tú sola me trajiste la sal de las aguas más claras, querías que flotara, en la bañera recuerdo la vez que me hablaste de los peores navegantes, los que se tatuaban en un pie un cerdo y en el otro una gallina porque después del naufragio eran estos animales los últimos en hundirse, son formas de resistencia la fe, el alivio, la tinta, es verdad, pero todo encuentra su límite porque no todo alguna vez termina, también yo tuve una casa y ahora mira, me quedo solo cuando callo, déjame ser tu ruido, la voz que oyes al subir la escalera, te habrías reído conmigo, estoy seguro, si hubieras oído a la vieja que el otro día, en la mesa de al lado, decía que no se puede levantar a una res caída en la carretera, que no está permitido, que debes esperar a que el animal se alce por sí solo y siga su camino, que tampoco se puede matar a los cuervos, te habrías reído, estoy seguro. La casa Rohmer. Carlos
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Chus Fernández es escritor